La noche había caído con una calma sospechosa. Demasiado silenciosa. Demasiado normal. Adrián caminaba junto a Elías por la vereda, las manos en los bolsillos, intentando disfrutar del aire fresco como una persona corriente y no como un receptáculo celestial con tendencia a alterar semáforos.
—Si algo pasa —dijo Elías— corrés.
—Siempre decís eso.
—Porque nunca corrés.
—Porque siempre pasan cosas raras.
Gabriel estaba inquieto. No nervioso: afilado. Como una electricidad contenida.
—Esto no es una noche tranquila —dijo— Esto es una pausa dramática.
—Coincido —agregó el Nefilim— Las pausas dramáticas suelen terminar con explosiones.
Uriel apareció como un peso sereno en el pecho de Adrián.
—Atención —advirtió— No intervención directa. Solo evasión y contención.
—¿Eso es un entrenamiento? —susurró Adrián.
—Exacto —respondió Uriel— Entrenamiento urbano.
—¿Por qué siempre entrenamos cuando salgo a caminar?
—Porque los demonios también salen a caminar.
Como si el comentario fuera una invitación, una farola explotó dos cuadras más adelante.
—Ajá —murmuró Adrián— Ahí está.
Entrenamiento urbano improvisado
—Primera regla —dijo Uriel— parecés normal.
Adrián intentó caminar relajado..La baldosa bajo su pie se quebró.
—Menos energía —ordenó Uriel.
—Estoy tranquilo —respondió Adrián, tenso como una cuerda.
—No —corrigió el Nefilim—Estás reprimiendo.
Una sombra se deslizó por la pared de un edificio. Luego otra. Luego tres más.
—Demonios exploradores —susurró Gabriel—.Nivel medio. Provocadores.
—¿Provocadores cómo? —preguntó Adrián.
Una bolsa de basura explotó sola, desparramando todo por la calle.
—Ah —dijo Elías—. De esos.
—Segunda regla —continuó Uriel— no mires directamente.
Adrián miró.
—¡Adrián!
—Fue reflejo.
Las sombras se solidificaron. Formas humanas, mal hechas, con sonrisas demasiado grandes.
—Hola, recipiente —dijo una de ellas— Asmodeo manda saludos.
—Decile que no estoy interesado —respondió Adrián— Estoy ocupado sobreviviendo.
El Nefilim actuó primero: un empujón de energía mínima desvió a una sombra justo cuando intentaba tocar a Elías. Nadie lo notó. Pareció un tropiezo.
—Bien —aprobó Uriel— Eso fue elegante.
—Gracias, practico los martes —respondió el Nefilim.
Las sombras avanzaron..Gabriel se tensó.
—No puedo… no puedo quedarme quieto.
—Sí podés —dijo Uriel, firme— Respirá conmigo.
Adrián inhaló. Exhaló. Las ventanas vibraron.
—Más suave —corrigió Uriel.
—¡Estoy respirando! —protestó Adrián.
Una sombra se lanzó. Adrián giró casualmente y un auto estacionado arrancó solo, avanzando medio metro y bloqueando el paso.
—Eso fue demasiado —dijo el Nefilim.
—¡No lo hice a propósito!
—Nunca lo hacen.
Asmodeo se divierteDesde lo alto de un edificio, una figura observaba, aplaudiendo lentamente.
—Qué adorable —dijo Asmodeo— Tan frágiles. Tan contenidos.
Las sombras se detuvieron.
—Retírense —ordenó— Esto es solo una prueba.
Las criaturas se deshicieron como humo. La calle quedó en silencio otra vez. Adrián se apoyó contra una pared, jadeando.
—Odio los entrenamientos sorpresa.
Elías lo abrazó de inmediato.
—Lo hiciste bien.
—Casi aplasto a alguien con un auto.
—Pero no lo hiciste.
Gabriel estaba en silencio.
—¿Gabriel? —preguntó Adrián.
—Estoy frustrado —admitió— Asmodeo se burla. Nos mide.
Uriel respondió con calma férrea:
—Y eso significa que tiene miedo.
El Nefilim rió por lo bajo.
—Nunca confíes en un demonio que juega.
Adrián levantó la vista al cielo.
—La próxima vez ¿podemos entrenar en un lugar vacío?
Asmodeo, desde las sombras, sonrió.
—No —susurró— Porque lo que quiero ver es qué hacés cuando no podés esconderte.
Una nueva presencia se activó en la ciudad. Más oscura.
Más antigua. Gabriel la sintió y esta vez no pudo ocultar el temblor.
—Adrián —dijo— No es un explorador.
Uriel habló con una gravedad que no usaba nunca:
—Nos encontraron.