Los Hijos Del Olvido

Cuarentena a medianoche

La sirena empezó a sonar a las 00:00. No una alarma de auto, no un patrullero, no una ambulancia. Era un aullido mecánico, continuo, como si la ciudad entera hubiera quedado atrapada dentro de un pulmón metálico incapaz de exhalar. Y no se detuvo. Adrián se incorporó de golpe en la cama, con el corazón golpeándole las costillas.

—Decime que eso es un simulacro —murmuró, despeinado, con la voz todavía a medio camino entre sueño y realidad.

En el living, Elías ya estaba de pie. No parecía despierto: parecía activado. Sus ojos dorados tenían esa calma de fuego que no pertenece a los humanos.

—No es un simulacro.

El aire vibró. Eryom, dentro de Adrián, se tensó con un escalofrío que no era corporal, sino esencial.

Asmodeo… cambió de ritmo.

Adrián se levantó, caminó hasta la ventana y corrió apenas la cortina. Afuera, el barrio era un tablero de luces blancas, rojas y azules. Camiones militares. Vallas. Hombres con cascos. Drones sobrevolando. Reflectores barriendo calles como si buscaran ratas en un depósito. Y personas..Personas corriendo. Gritando. Golpeando las barreras.

—¡Déjenos salir! —gritaba una mujer, con un bebé en brazos—. ¡POR FAVOR!

Un soldado le apuntaba con el arma y, aunque su voz temblaba, repetía lo mismo:

—¡RETROCEDA! ¡NO SE PUEDE CRUZAR!

—Pero… ¡nos van a matar acá!

Adrián apretó los dientes. La tecnología lo sintió. El televisor apagado del living se encendió solo, mostrando estática y luego una transmisión de emergencia.

Por orden del gobierno, el sector ha sido declarado en cuarentena total. Nadie entra. Nadie sale.

—Perfecto —murmuró Adrián—. La humanidad siempre elige la peor frase posible para el peor momento posible.

Elías no apartó la mirada de la ventana.

—Mirá bien.

Adrián miró. Al fondo de la calle, alguien caminaba lento. No corría. No pedía ayuda. Y estaba mal. Su piel tenía manchas oscuras, como si se estuviera pudriendo desde adentro. Los ojos vidriosos. La boca abierta, estirándose en una mueca que parecía sonrisa pero no lo era. El hombre se acercó a otro..Lo abrazó. Y el otro gritó.

Los dos cayeron al suelo, convulsionando. El primero se levantó, y el segundo también… pero ya no eran personas. Eran muñecos rotos con algo adentro moviéndolos.

—Posesión masiva —dijo Elías con voz baja— Pero no solo posesión.

Eryom susurró, helado:

Los están descomponiendo.

Adrián tragó saliva.

No es solo un ejército de humanos controlados. Es una plaga.

La sirena seguía sonando..Y entonces, como si el infierno hubiera esperado el momento exacto, la ciudad se quebró.

Las farolas parpadearon con violencia. Las luces del edificio titilaron. Un semáforo explotó en chispas. Los celulares en manos de quienes golpeaban las barreras comenzaron a vibrar sin parar, como si recibieran una misma llamada. Un mismo número.

SIN NOMBRE.

Algunos atendieron. Y empezaron a llorar. Otros atendieron y se rieron con una risa que no era suya. Adrián sintió la rabia subirle por la garganta.

—¡No… no… no…!

Su emoción golpeó la tecnología como un martillo. Las luces de la calle se encendieron todas a la vez, como si el barrio respirara con él, y durante un segundo las sombras se proyectaron gigantes, deformes..Un niño, abajo, miró hacia el cielo y gritó:

—¡Mamá, mirá! ¡Están flotando!

Adrián parpadeó. Dos personas, presas del pánico, se habían elevado del suelo unos centímetros. Luego un metro. Luego dos. Pataleaban como si el aire fuera agua.

—¡ADRIÁN! —Elías lo sacudió del hombro—. ¡Controlá!

—¡No lo estoy haciendo a propósito!

Pero estás despierto completo — dijo Eryom. — Y tu compasión está desbordando.

Adrián cerró los ojos con fuerza, respiró profundo, apretó los puños.

—Bajen —susurró.

La gravedad obedeció, suave, como si alguien bajara el volumen del mundo. Los flotantes cayeron sin golpearse, como plumas.

—Gracias… —sollozó una chica, abrazándose las rodillas, sin saber a quién agradecía.

Elías lo miró de reojo.

—Eso fue… bueno.

—Me lo guardo para cuando no estemos en apocalipsis.

La puerta del departamento tembló. No por golpe humano..Por algo detrás de la madera..Eryom se tensó.

Vienen.

Elías alzó una mano y la cerradura se derritió con un chasquido mínimo.

—Abrimos nosotros —dijo, con una serenidad peligrosa— No ellos.

Abrió. En el pasillo había tres vecinos. O lo que quedaba de ellos. La piel moteada. El olor a hierro. Las articulaciones moviéndose mal. Pero lo peor eran los ojos: no había nadie dentro. Solo una sombra, pegada a la carne.

—Adrián… —dijo uno con voz quebrada, como si imitara una voz humana— Ayudame.

Adrián dio un paso adelante por reflejo. Elías lo frenó con un brazo.

—No es él.

—Lo sé —susurró Adrián, con la voz rota—. Pero su boca… su boca está pidiendo.

La criatura sonrió.

—Ayudame… Gabriel.

Y atacó. El pasillo se llenó de velocidad y dientes..Adrián levantó el escudo de golpe. Un domo invisible explotó hacia afuera, empujándolos contra las paredes sin romper huesos humanos… pero sí arrancando la sombra demoníaca de la superficie, como alquitrán desprendido.

Elías extendió la palma. Fuego purificador. No rojo. No naranja. Blanco-dorado, como una verdad que quema sin odio. Las sombras chillaron. Salieron expulsadas de los cuerpos, retorciéndose como gusanos en sal..Los vecinos cayeron al suelo..Humanos otra vez. Vivos por ahora. Adrián se arrodilló, con las manos temblándole.

—Respiren —susurró— Respiren… ya pasó… ya pasó…

Uno de ellos lo miró, llorando.

—Yo… yo vi mi cuerpo pudriéndose… yo… yo…




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