Los Hijos Del Olvido

La elección que deja cicatrices

Adrián lo supo antes de aceptarlo. No fue una revelación gloriosa ni un mandato celestial. Fue un pensamiento pequeño, cruel, que apareció en medio del caos como una astilla imposible de ignorar:

Si Uriel seguía allí, iba a morir. La prisión de Asmodeo no estaba hecha solo para encerrar. Estaba diseñada para erosionar, para desgastar incluso a un arcángel a base de aislamiento, de culpa, de tiempo detenido. El fuego purificador de Uriel resistía pero resistir no era lo mismo que sobrevivir.

—No —susurró Adrián, de rodillas, con la respiración rota— Tiene que haber otra forma.

No la hay — dijo Eryom con una tristeza profunda, distinta a todo lo que había sentido antes. — Si se queda, Asmodeo lo va a quebrar. No hoy. No mañana. Pero lo hará.

Adrián cerró los ojos. Vio el departamento.
Las discusiones absurdas. El café flotando.
La risa inesperada. Vio algo que nunca había tenido..Familia.

—Otra vez no —murmuró— No quiero volver a estar solo.

No lo estarás respondió Eryom con firmeza. — Pero perder duele igual. Incluso cuando elegís perder.

Adrián apoyó la frente contra el suelo. Sus manos temblaban.

—Si lo envío al cielo —dijo— Si lo libero ya no va a poder volver.

Lo sabes.

—Y yo —tragó saliva— Yo me quedo acá. En la tierra. Solo.

El silencio se volvió insoportable. Entonces, Adrián se puso de pie. Y eligió. La esencia de Gabriel dejó de contenerse..No fue explosión. No fue violencia. Fue revelación.

La espalda de Adrián ardió con un dolor antiguo y majestuoso. El aire se abrió detrás de él como si el mundo reconociera lo que estaba despertando. De su cuerpo humano brotaron alas inmensas, imposibles, formadas de luz y estructura, pluma por pluma afirmándose en la realidad. Las alas del arcángel Gabriel.

Su sombra se alargó por la calle, cubriendo edificios enteros, proyectando una figura gigantesca que no pedía permiso para existir. A lo lejos, la prisión de Asmodeo tembló.

—No —rugió el príncipe de la oscuridad— No te atrevas.

Adrián levantó la mirada. Sus ojos celestes ya no eran solo humanos. En ellos había una profundidad antigua, inquebrantable.

—Es tarde —dijo Gabriel, con voz doble, humana y eterna— Ya elegí.

Desde la distancia, alzó una mano. El cielo respondió. Un círculo de luz se abrió sobre la ciudad, rompiendo las nubes como una herida luminosa. Un portal celestial, puro, estable, irresistible para aquello que pertenecía al cielo. Uriel lo sintió.

—No —susurró, comprendiendo— Gabriel, no hagas esto.

La prisión se resquebrajó..El fuego purificador fue arrastrado hacia arriba, envuelto por la luz del portal. Uriel apareció suspendido un instante, mirándolo, con una expresión que mezclaba gratitud, dolor y amor fraternal.

—Gracias —dijo— Por elegirme incluso cuando te rompe.

Gabriel no respondió. No podía. El portal absorbió a Uriel. Y el cielo lo recibió. Allí, entre nubes doradas y columnas de luz, Rafael apareció de inmediato. No dijo una palabra: abrazó a Uriel con fuerza, con alivio, y su poder sanador se desplegó al instante, cerrando heridas visibles e invisibles.

—Estás a salvo —dijo Rafael— Ya pasó.

Uriel cerró los ojos. En la tierra, Asmodeo gritó. No de dolor. De furia.

ME LO ARREBATAS TODO —rugió— ¡CREES QUE ESTO TERMINA AQUÍ!

La mente de Gabriel se abrió como un filo.

—Escúchame bien, Asmodeo —dijo, su voz resonando dentro de la oscuridad— No vas a ganar. Ni hoy. Ni mañana. Ni nunca.

—Te quedarás solo —se burló el príncipe— Eso siempre te destruye.

Gabriel fue implacable.

—La soledad no me rompe. Me define.

El vínculo mental se cerró como una puerta sellada. Asmodeo quedó gritando en la oscuridad. El portal se disipó.

Las alas de Gabriel se plegaron lentamente, pero no desaparecieron del todo. La esencia había marcado el cuerpo humano para siempre. En el cabello negro de Adrián, mechones rubios brillaron bajo la luz de la ciudad. No se desvanecieron. Habían llegado para quedarse. Adrián cayó de rodillas. No por debilidad. Por duelo.

La nieve comenzó a caer, espesa, silenciosa, cubriendo la ciudad herida. Los sonidos del caos se apagaron poco a poco, como si el mundo respetara ese momento.

Adrián se puso de pie y caminó solo por la calle vacía. Su sombra gigante se proyectaba sobre el pavimento: un arcángel con alas desplegadas, inmensas, solemnes. La figura no transmitía victoria.

Transmitía pérdida. El rostro de Adrián estaba duro, frío y devastado. Los ojos bajos. La boca firme, conteniendo un dolor que no pedía consuelo.

—Adiós, Elías —susurró— Gracias por quedarte el tiempo que pudiste.

La nieve siguió cayendo. Y bajo ella, el arcángel Gabriel permaneció de pie, guardián de un mundo que acababa de exigirle el precio más alto.




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