Los Hijos Del Olvido

Cuando incluso la luz hace silencio

La nieve seguía cayendo cuando Adrián llegó al departamento vacío. No había olor a café. No había discusiones absurdas. No había fuego dorado marcando presencia.

Solo silencio. Un silencio tan denso que parecía observarlo. Adrián dejó el abrigo en una silla y se quedó de pie en el centro del living, sin saber qué hacer con sus manos. El reflejo del vidrio le devolvió una imagen distinta: mechones rubios entre el negro de su cabello, ojos demasiado antiguos para un rostro tan joven.

—Bien —murmuró— Genial. Arcángel completo y solo.

Objecióndijo Eryom con un tono inesperadamente animado — No estás solo. Estoy yo.

Adrián soltó una risa breve, rota.

—Claro. Perdón. Olvido que llevo un Nefilim milenario en el pecho.

Y muy ofendido si lo llamás “llevar” como si fuera equipaje, — añadió Eryom. — Soy más bien un compañero de cuarto interno.

Adrián se dejó caer en el sillón.

—Elías odiaría ese chiste.

Exacto. Por eso funciona.

El televisor se encendió solo. No noticias. No imágenes. Solo estática lenta, como una respiración cansada.

—Ni siquiera la tecnología sabe qué hacer conmigo —susurró Adrián.

Está reflejándote — respondió Eryom con suavidad. — La ciudad entera lo hace.

Como si confirmara esas palabras, afuera una farola parpadeó y luego bajó su intensidad, volviéndose apenas un halo opaco. En el edificio de enfrente, una ventana se cerró lentamente. En otra, alguien suspiró sin saber por qué. La tristeza de Gabriel se estaba filtrando. No como tormenta..Como invierno prolongado.

—No quería esto —dijo Adrián en voz baja— No quería que me miraran así. Como si.... como si algo se hubiera roto.

Algo se rompió — admitió Eryom. — Pero no vos.

Adrián cerró los ojos.

—Se fue —susurró— Y yo lo dejé ir.

El microondas pitó desde la cocina..Una sola vez.

—¿Viste? —dijo Eryom— Eso fue él. Definitivamente él. Si no, el microondas no se metería.

Adrián abrió un ojo.

—¿Estás diciendo que el microondas está embrujado por recuerdos?

Estoy diciendo que si no reímos un poco, me voy a poner solemne, y ninguno quiere eso.

Adrián se levantó despacio y fue a la cocina. Abrió la heladera. Estaba casi vacía.

—Genial —dijo— Arcángel de la luz y no tengo comida.

La heladera apagó la luz interna.

—¿Ves? —dijo Adrián— Hasta ella me juzga.

No te juzga, — corrigió Eryom. — Está de luto.

Adrián apoyó la frente contra la puerta de la heladera.

—¿Así se siente para siempre?

Eryom tardó en responder.

No.Pero se siente así hasta que algo vuelve a entrar en la vida.

Adrián no contestó. Salió al balcón. La ciudad estaba extrañamente quieta. La nieve cubría autos, techos, veredas. Algunas personas caminaban despacio, mirando al cielo de vez en cuando, como esperando algo. Una mujer se detuvo en la calle, cerró los ojos y juntó las manos.

—Gracias —susurró, sin saber a quién.

Adrián sintió el peso de esa palabra como una piedra en el pecho.

—No deberían agradecerme —murmuró— No cuando me siento así.

Eso es lo más Gabriel que podrías decir— comentó Eryom con ironía suave.

Las luces del barrio bajaron otro punto más. Los semáforos tardaron en cambiar. Los celulares de algunas personas se quedaron sin señal por unos segundos y nadie se enojó. Solo suspiraron. Como si compartieran un cansancio común.

—Me están sintiendo —dijo Adrián.

.

—No quiero que sufran conmigo.

Entonces vas a tener que aprender algo difícil,respondió Eryom— Sentirte triste sin desaparecer.

Adrián se abrazó a sí mismo.

—Elías siempre decía que exageraba.

Y siempre te quedabas callado,— añadió Eryom. — Tal vez ahora es tu turno de hablar.

El ascensor del edificio se detuvo en seco. Luego siguió funcionando.

—Ok —dijo Adrián— Definitivamente tengo que aprender a regular esto.

Podemos practicar propuso Eryom. — Yo hago chistes malos y vos intentás no convertirlos en apagones emocionales.

Adrián sonrió apenas.

—Eso es cruel.

Soy un Nefilim. Está en el contrato.

Adrián apoyó los brazos en la baranda del balcón. La nieve se acumulaba en sus mangas. Su sombra, enorme, alada, se proyectó tenue sobre la calle blanca. No era amenazante. Era triste. Una niña desde una ventana lo miró fijamente. No con miedo. Con preocupación.

—Mamá —dijo— El ángel está triste.

La madre la abrazó sin responder. Adrián cerró los ojos.

—Lo siento —susurró— No era mi intención.

No te disculpes por sentir dijo Eryom con firmeza— Eso es lo que te hace distinto. Eso es lo que nos salvó.

Adrián respiró hondo. Y por primera vez desde que Elías se había ido, permitió que una lágrima cayera. La farola de la calle volvió a encenderse un poco más fuerte. No del todo. Pero suficiente.

—¿Ves? —dijo Eryom, satisfecho—. Pequeños pasos. Como humanos. Aunque seas un arcángel dramático.

Adrián soltó una risa real esta vez.

—Gracias —dijo— Por quedarte.

Siempre.— respondió Eryom. — Además alguien tiene que evitar que conviertas la ciudad en una balada triste.

La nieve siguió cayendo. Y aunque la ciudad sentía la tristeza de su protector, también sentía algo más: Que, incluso herido, Gabriel seguía ahí.




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