Adrián despertó en el sillón, con una manta mal puesta y el cuello torcido. El televisor seguía encendido en un canal que no transmitía nada: solo un cartel fijo que decía “Señal interrumpida”. No había música, no había voces, no había ruido de ciudad. Era como si el mundo hubiera decidido hablar en susurros para no hacerlo llorar más.
—Buen día — murmuró, sin ganas.
La cafetera no respondió. Literalmente: no encendió.
—Traición —dijo con voz ronca— Absoluta traición.
— Está respetando tu duelo — comentó Eryom con falsa solemnidad.— La tecnología ahora tiene empatía.
Adrián se incorporó despacio. Cada movimiento era pesado, como si llevara alas invisibles incluso cuando no las desplegaba.
—Anoche soñé que volvía —dijo de pronto— Que Elías estaba en la cocina quejándose del café.
— Eso no fue un sueño — respondió Eryom con suavidad—. Fue un recuerdo pidiendo permiso para doler.
Adrián apretó los labios. Caminó hasta la ventana. La ciudad seguía extrañamente calmada. Las personas iban a trabajar, a la escuela, al hospital pero más lento. Como si el ánimo colectivo estuviera sincronizado con el suyo. Un colectivo frenó de golpe. Un semáforo quedó en amarillo demasiado tiempo. Un celular cayó y nadie se enojó.
—Lo sienten —susurró Adrián— Mi tristeza les pesa.
— No es tristeza, — corrigió Eryom. — Es amor sin dónde ir.
Adrián apoyó la frente contra el vidrio.
—No fui fuerte —dijo— Un arcángel no debería....
— No empieces,— interrumpió Eryom—. Si empezás con “debería”, te apago el Wi-Fi emocional.
—No podés hacer eso.
Puedo intentarlo.
El microondas pitó dos veces, sin razón.
—Traidor —repitió Adrián, pero sonrió apenas.
Muy lejos de la Tierra, donde el tiempo no se mide en horas sino en decisiones, Uriel estaba de pie frente a una luz que no hería los ojos. Rafael permanecía a su lado, silencioso.
—¿Estás seguro? —preguntó finalmente.
Uriel asintió.
—Nunca lo estuve tanto.
La presencia del Padre no tenía forma, pero pesaba. No como amenaza, sino como gravedad.
—Pedís una excepción —dijo la Voz— Y las excepciones alteran el orden.
Uriel no bajó la mirada.
—El orden no se rompió cuando Gabriel eligió amar —respondió— Se volvió más verdadero.
Silencio. Rafael contuvo el aliento.
—Él ya pagó el precio —continuó Uriel— No le pido que borres su dolor. Solo que no lo atraviese solo.
La luz se intensificó un instante.
—Regresarás sin rango —dijo el Padre—.Sin fuego pleno. Sin autoridad sobre otros.
Uriel sonrió.
—Nunca fue por eso.
Hubo una pausa larga. Definitiva.
—Ve —dijo la Voz— Pero recuerda: el amor no te protege del sufrimiento.
Uriel inclinó la cabeza.
—Lo sé.
Y desapareció. En la Tierra, Adrián estaba sentado en el piso del living, rodeado de papeles que no sabía por qué había sacado de un cajón. Facturas viejas. Notas sin importancia. Cosas humanas.
—Estoy revisando cosas inútiles —dijo— Definitivamente estoy mal.
— Sí — coincidió Eryom.— Pero de forma entrañable.
Adrián suspiró.
—Ojalá estuviera acá —susurró— Solo para decirme que exagero.
El reloj de pared se detuvo.
—¿Qué?
El timbre sonó. Una sola vez..Adrián se quedó inmóvil.
—No —dijo, casi con miedo— No hagas esto. No hoy.
— Adrián— dijo Eryom, con una vibración distinta — Algo cambió.
El timbre sonó otra vez. La luz del living parpadeó y luego se encendió toda, como si alguien hubiera subido el ánimo del departamento de golpe. El televisor cambió de canal solo y empezó a reproducir una música absurda, demasiado alegre para el momento.
—Eso es ilegal —murmuró Adrián, levantándose despacio— Emocionalmente ilegal.
Caminó hasta la puerta. Cada paso le temblaba. Apoyó la mano en la cerradura.
—Si esto es una broma cruel del universo —susurró—. Juro que....
Abrió. Elías estaba ahí. Humano. Despeinado. Con una campera demasiado fina para el frío. Vivo.
—Hola —dijo— ¿Tenés café?
Adrián no respondió. Lo miró como si el mundo hubiera vuelto a encajar demasiado rápido.
—¿Elías?
—Sí —respondió—. Aunque ahora oficialmente estoy en “licencia celestial indefinida”.
Adrián emitió un sonido extraño, mitad risa, mitad sollozo y se lanzó contra él sin aviso. Lo abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su pecho como un niño perdido que al fin encontró a alguien conocido.
—¡NO TE VAYAS! —lloró abiertamente— ¡NO OTRA VEZ!
Elías lo sostuvo sin decir nada, apretándolo con cuidado, con una mano en la espalda, la otra en su cabello deteniéndose un segundo al sentir los mechones rubios.
—Estoy acá —dijo al fin—Tranquilo. No me fui. Solo tardé.
La tecnología enloqueció. La cafetera empezó a funcionar sola. El microondas reprodujo una canción ridícula. El televisor cambió a un programa de comedia antigua.
Las luces parpadearon como si aplaudieran.
—¡BASTA! —gritó Adrián entre lágrimas— ¡NO ES UNA FIESTA!
La tostadora lanzó pan.
—Definitivamente es una fiesta —dijo Elías, mirando alrededor— Muy desorganizada.
Adrián se rió y volvió a llorar al mismo tiempo.
—Pensé… pensé que iba a quedarme solo para siempre.
Elías apoyó la frente contra la suya.
—No hoy.
Eryom, silencioso hasta entonces, habló con una calidez nueva:
Bienvenido de vuelta a la familia, arcángel.
Elías sonrió.