Los Hijos Del Olvido

Hermanos bajo el mismo cielo

El problema de sentirse acompañado otra vez era que todo dolía menos y eso asustaba. Adrián lo descubrió cuando despertó y, por primera vez en días, no sintió ese peso opresivo en el pecho. Abrió los ojos y vio a Elías dormido en el sillón, con una manta mal puesta y el ceño fruncido, como si incluso durmiendo estuviera discutiendo con el universo.

—Ronca —murmuró Adrián.

Niega rotundamente que lo haga — comentó Eryom. — Pero sí. Ronca.

Adrián sonrió. Esa sonrisa bastó para que el celular vibrara solo y mostrara una notificación absurda:

Actualización completada con éxito.

—¿Actualización de qué?

El celular apagó la pantalla.

—Ajá. Misterioso y pasivo-agresivo. Muy acorde a mi estado emocional.

Se levantó con cuidado y fue a la cocina. Apenas apoyó la pava sobre la hornalla, esta se encendió sola demasiado fuerte.

—No —dijo Adrián— Tranquilo. Solo agua caliente. No un volcán.

La llama bajó obediente.

—Gracias.

Elías apareció detrás de él, despeinado.

—¿Estás hablando con el gas?

—Sí.

—Ok. Entonces todo sigue normal.

Elías se apoyó en la mesada y bostezó.

—Soñé que peleaba con un demonio y perdía porque me daba hambre.

—Eso es 100% humano —respondió Adrián— Felicitaciones.

Bienvenido al club de las necesidades básicas — añadió Eryom.

Elías frunció el ceño.

—Sigo sin acostumbrarme a que haya alguien más escuchando.

—Yo tampoco me acostumbré a tener hermanos —admitió Adrián— Pero miranos. Improvisando.

Elías lo miró de reojo, serio un segundo y luego le dio un empujón suave con el hombro.

—No te pongas sentimental antes del desayuno. Es peligroso.

La tostadora lanzó pan.

—¡NO AYUDÁS! —gritó Adrián.

La llamada llegó cuando salían del edificio. No a un celular. A todos. Las pantallas cercanas se encendieron al mismo tiempo: kioscos, paradas de colectivo, relojes digitales. Una imagen distorsionada apareció.

—Bueno —dijo Elías— Eso nunca es buena señal.

—Hola, Gabriel —susurró la voz de Asmodeo— Hola, Uriel versión económica.

—¿Versión económica? —repitió Elías—. ¡SOY UNA EDICIÓN LIMITADA!

La imagen se fragmentó mostrando escenas del barrio: posesiones aisladas, sombras moviéndose bajo la piel de algunos humanos, peleas que estallaban sin razón.

—Están probando otra vez —dijo Adrián— Menor escala. Más precisión.

Y están buscando una reacción emocional fuerte agregó Eryom. — Ira. Culpa. Miedo.

Elías se giró hacia Adrián.

—Entonces no se la damos.

—Exacto.

Caminaron hacia el foco más cercano. Un demonio oculto había tomado el cuerpo de un hombre en una ferretería. El tipo gritaba incoherencias mientras herramientas flotaban a su alrededor.

—¡ESTO ES UN DESASTRE! —gritó el ferretero—. ¡TODO SE ME CAE!

—Tranquilo —dijo Adrián— Eso pasa cuando alguien tiene un demonio interno.

—¿QUÉ?

Elías suspiró.

—Gabriel, menos honestidad.

Entraron. El demonio los reconoció al instante.

—Hermanos —se burló— Qué tierno.

—Sí, bueno —respondió Elías— No tenemos tiempo para traumas infernales.

El demonio atacó. Adrián levantó un escudo pero esta vez Elías se adelantó. No con fuego. Con cuerpo. Recibió el golpe de lleno, chocando contra una estantería.

—¡ELÍAS! —gritó Adrián.

—¡Estoy bien! —respondió desde el piso— ¡Pero odio admitirlo eso dolió!

Adrián sintió el impulso de desatar todo su poder. Y lo detuvo.

—Eryom —susurró— Ahora.

Con gusto.

La energía del Nefilim fluyó, profunda, estable. No violenta. El demonio fue arrancado del cuerpo humano con una precisión quirúrgica, sin dañar carne ni mente. El hombre cayó inconsciente. Elías se levantó, sacudiéndose.

—¿Viste eso? —dijo—. Trabajo en equipo.

Adrián lo abrazó de golpe.

—¡NO VUELVAS A HACER ESO!

Elías quedó rígido y luego le devolvió el abrazo, torpe pero firme.

—Tranquilo —murmuró—. No me voy a ir.

La ferretería se quedó en silencio. Una lámpara se encendió sola.

—Esto fue… raro —dijo el ferretero cuando despertó—. Pero gracias.

Adrián sonrió. Más tarde, en una azotea, observaron la ciudad.

—Asmodeo está inquieto —dijo Adrián—. Sus ataques son más erráticos.

Porque algo no está saliendo como planeó explicó Eryom. — Sariel.

Elías se tensó.

—¿Tu padre?

Adrián asintió.

Lo siente —continuó Eryom— Siente nuestra presencia y la de Asmodeo.

Muy abajo, en las profundidades olvidadas, Sariel forcejeaba contra sus cadenas. No para liberarse. Para prepararse.

—Mis hijos están creciendo —susurró— Y el infierno se acerca…

Una vibración recorrió la prisión.

—Que venga —murmuró Sariel — Esta vez no estará solo.

En la ciudad, Adrián apoyó el codo en la baranda.

—¿Tenés miedo? —le preguntó Elías.

Adrián pensó un momento.

—Sí.

—Yo también.

Se miraron.

—Pero no estoy solo —agregó Adrián.

Elías sonrió, cansado pero sincero.

—Eso cambia todo.

El viento sopló. Las luces de la ciudad brillaron un poco más. Y aunque el peligro se acercaba, por primera vez no lo harían separados.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.