Los Hijos Del Olvido

Cuando Astaroth descendió a la tierra

Elías descubrió una nueva tragedia humana a las siete y doce de la mañana.

—¿Por qué el café sabe distinto cada vez? —preguntó, mirando la taza como si lo hubiera traicionado.

—Porque sos humano —respondió Adrián— Y porque usaste sal.

Elías bajó la mirada hacia el frasco.

—¿No era azúcar?

La cafetera se apagó sola, ofendida.

La tecnología te está juzgando— comentó Eryom con un deje de diversión — Yo también.

Adrián se rió, y el microondas empezó a girar sin nada adentro.

—¡BASTA! —protestó— ¡Estoy de buen humor, no eufórico!

—El sistema no distingue —dijo Elías, serio— Para él, emociones fuertes son emociones fuertes.

Elías se sentó mal. La silla chirrió de forma dramática y estuvo a punto de ceder.

—Este cuerpo es frágil —dictaminó— ¿Quién diseñó las rodillas?

—Vos —respondió Adrián.

— Entonces me debo una disculpa.

El primer temblor no vino del suelo..Vino del aire. Las ventanas vibraron. El cielo se oscureció como si alguien hubiera derramado tinta desde lo alto. Un remolino de nubes negras comenzó a girar sobre la ciudad, lento, elegante, aterrador.

—Eso no es Asmodeo —dijo Adrián, serio.

Eryom se tensó dentro de él.

No. Esto es más antiguo.

Una risa profunda, envolvente, resonó en todos los rincones al mismo tiempo.

—Gabriel… Uriel… —dijo la voz— Qué conmovedor reencuentro.

Elías levantó la vista.

—Ah —murmuró—.Ese tono. Lo conozco.

—Astaroth —dijo Adrián.

El nombre pesó..Rayos carmesí rasgaron el cielo. La electricidad falló en media ciudad. Sirenas comenzaron a sonar sin coordinación, creando una cacofonía desesperada. Las sombras de los edificios se alargaron y algunas se movieron solas.

—Vine a ayudar a Asmodeo —continuó Astaroth— Él siembra caos. Yo lo cosecho.

La avenida principal explotó en gritos cuando una grieta se abrió en el asfalto. Demonios comenzaron a emerger, usando cuerpos humanos como máscaras que se descomponían lentamente.

—¡Evacúen! —gritó Adrián.

Su angustia recorrió la red eléctrica. Las luces se encendieron formando caminos luminosos que guiaban a las personas. Semáforos se pusieron todos en verde. Puertas automáticas se abrieron a la vez.

—Ok —dijo Elías—. Eso fue impresionante.

—Estoy nervioso —respondió Adrián— No cuenta.

Un demonio se lanzó hacia ellos. Elías reaccionó y resbaló.

—¡MALDITA GRAVEDAD!

Adrián levantó un escudo justo a tiempo. El impacto fue brutal. Vidrios estallaron. Un colectivo volcó.

—¡ELÍAS! —gritó Adrián.

—¡Estoy bien! —respondió desde el piso— ¡Pero necesito renegociar mi contrato corporal!

El demonio atacó de nuevo..Y algo cedió. No en el cuerpo de Elías. En el límite que lo contenía. El fuego despertó. No como explosión, sino como orden absoluto. La luz dorada envolvió su figura. La toalla detalle lamentable se desintegró.

—¡NO MIRES! —gritó Elías—. ¡ESTO ES UN MOMENTO SOLEMNE!

Su sombra se proyectó gigantesca sobre la ciudad: alas colosales, fuego purificador contenido. Uriel había despertado completo.

—Astaroth —dijo, su voz resonando como un incendio controlado— Llegaste tarde.

El edificio que comenzaba a caer se detuvo en el aire. La gente miró hacia arriba, sin comprender.

—¿Eso es un ángel? —preguntó una mujer, llorando.

—Sí —respondió Adrián— Y tiene mal carácter cuando se levanta temprano.

Uriel bajó la mano despacio. El edificio descendió intacto..Astaroth rió, complacido.

—Oh, esto mejora.

El cielo se abrió..No como portal. Como atención..La voz del Padre resonó en las mentes de ambos, firme y serena:

—Hijos míos protejan a mi creación.

Adrián cerró los ojos.

—Siempre.

Elías apretó los puños.

—Aunque duela.

La voz se retiró. Los demonios avanzaron. Adrián sintió a Eryom brillar dentro de él, estable, poderoso.

No estás solo dijo el Nefilim. — Nunca lo estuviste.

—Entonces vamos —respondió Adrián, desplegando su luz— Juntos.

Uriel sonrió, fuego en los ojos.

—Como hermanos.

Y mientras Astaroth descendía con el infierno a cuestas, dos arcángeles humanos por elecciónse lanzaron a la batalla,
con humor torpe, amor fraternal y una ciudad entera como promesa que no pensaban romper.




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