Los Hijos Del Olvido

Lo que llega cuando nadie huye

La palabra PRONTO se deshizo en el vidrio como si nunca hubiera estado ahí. Adrián soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Bien —dijo— Eso fue educadamente aterrador.

—Yo diría groseramente ominoso —respondió Elías— ¿Por qué siempre avisan?

Porque quieren que te prepares — dijo Eryom.— O que te quiebres antes.

Elías chasqueó la lengua.

—Pues hoy no estamos para quebrarnos. ¿Plan?

Adrián miró alrededor del departamento. La lámpara vibraba apenas; el router parpadeaba como si dudara entre funcionar o ponerse a llorar.

—Plan A: salir a patrullar.
—Plan B: comer algo primero.
—Plan C: improvisar con dignidad.

—Acepto el B —dijo Elías— La dignidad la vemos después.

La pizzería del barrio estaba abierta “hasta nuevo aviso”, lo que, dadas las circunstancias, era una promesa heroica. Al entrar, el horno rugía como una bestia cansada y el pizzero los miró con ojeras épicas.

—Si vinieron por la margarita se acabó —anunció.

—Dos porciones de lo que quede —dijo Adrián— Y agua.

El horno se apagó.

—No fui yo —dijo Adrián de inmediato.

—Claro que no —respondió Elías— Fue tu aura existencial.

Relajá,— murmuró Eryom. — Respirá como humano.

Adrián cerró los ojos, contó hasta tres. El horno volvió a encenderse. El pizzero parpadeó.

—¿Vieron eso?

—Nueva tecnología —dijo Elías—. Se llama “ánimo estable”.

El pizzero no preguntó más. Nadie lo hacía últimamente. Mientras comían de pie, una mujer se acercó con su nena. La chica miró a Adrián con curiosidad, no miedo.

—Mamá —susurró— Él brilla poquito.

Adrián se quedó helado.

—Debe ser la luz —dijo la madre, sonriendo sin saber por qué— Gracias por estar.

Se fueron. Adrián bajó la vista.

—No quiero que me vean así.

Elías apoyó el codo en el mostrador.

—No te ven como un dios. Te ven como alguien que se queda.

Adrián asintió, con un nudo dulce y doloroso en la garganta. El aviso llegó sin pantallas. Llegó en el aire..Una presión baja, como antes de una tormenta. El murmullo de la calle se apagó. Un semáforo quedó fijo en rojo. Un colectivo frenó sin razón.

—Ahora —dijo Elías.

Salieron..En la esquina, una sombra se separó de un hombre. Luego otra. Luego cinco. No demonios completos: mensajeros, veloces, silenciosos, con ojos como brasas apagadas.

—Astaroth no vino —dijo Adrián— Mandó avanzada.

—Clásico —respondió Elías— Nunca trae snacks.

El primero atacó. Adrián levantó un escudo… y Elías se adelantó con una risa nerviosa.

—¡Esta vez no me caigo!

Se cayó.

—¡MENTIRA! —gritó, rodando—. ¡MENTÍ!

Adrián contuvo la explosión de poder y, en su lugar, afinó. La energía se volvió precisa. Un mensajero fue atrapado, desarmado como humo mal anudado.

—Bien —dijo Elías, incorporándose— Me toca.

Alzó la mano. El fuego de Uriel apareció delgado, controlado. No arrasó. Purificó. Dos sombras se disiparon sin dañar al humano que las alojaba.

—¿Viste eso? —dijo Elías—. Aprendí a no incendiar edificios.

—Estoy orgulloso —respondió Adrián.

Concéntrense –, advirtió Eryom. — Esto es distracción.

Demasiado tarde. El asfalto se abrió con un chasquido seco. De la grieta emergió algo más denso, más antiguo. No habló. Cantó. Un sonido que hacía temblar recuerdos. Adrián sintió el golpe en el pecho.

—No —susurró— Eso no.

Elías dio un paso al frente, instinto puro.

—Adrián, mirame.

—Elías, es— es un eco de pérdida. Quiere—

—Mirame.

Adrián levantó la vista. Elías estaba ahí, firme, humano y arcángel a la vez.

—No te vas —dijo—. No hoy.

El canto se quebró. Eryom avanzó dentro de Adrián, sosteniéndolo desde adentro, como una columna. La fusión no dolió. Sostuvo..Adrián respiró. La ciudad respiró con él. Las luces dejaron de parpadear. El semáforo cambió a verde.

—Gracias —dijo Adrián, al Nefilim.

Siempre, — respondió Eryom.

El eco retrocedió, furioso.

—Se van —dijo Elías.

—Sí —respondió Adrián— Pero dejaron algo.

En el centro de la grieta, una marca oscura palpitaba como un corazón cansado.

—Señal —murmuró Elías— Para alguien.

Para Sariel — dijo Eryom, grave.— O para atraerlo.

Adrián cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la marca se apagó pero no desapareció. De vuelta en casa, el departamento los recibió con una sinfonía absurda: la cafetera goteó, la tostadora lanzó pan inexistente, el televisor puso un reality.

—Esto es demasiado —dijo Elías— Estoy cansado.

Adrián se dejó caer en el sillón.

—Yo también.

Se quedaron en silencio, compartido, cómodo. Entonces, desde muy lejos, desde un lugar donde la piedra recuerda y las cadenas escuchan, Sariel sintió el llamado. No como orden. Como desafío.

—Vienen por mí —susurró— Y por ustedes.

Las cadenas vibraron. No cedieron. Pero respondieron. En la ciudad, Adrián abrió los ojos de golpe.

—Elías.

—¿Sí?

—Creo que el “pronto” ya empezó.

Elías sonrió, cansado y decidido.

—Entonces no nos movemos.

Eryom brilló, estable.

Juntos.

La luz del departamento se sostuvo. Y en algún punto entre el cielo y el abismo,
alguien había marcado el lugar.




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