Los Hijos Del Olvido

La risa que desarma al abismo

El problema de haber sobrevivido a un ataque demoníaco nocturno era que, al día siguiente, la vida seguía.

—¿Por qué nadie nos avisa que después del apocalipsis viene el desayuno? —se quejó Elías, mirando la heladera abierta— Esto está vacío como la fe de un demonio menor.

—Comé pan —dijo Adrián, medio dormido— El pan siempre salva.

La tostadora escupió dos rebanadas perfectamente doradas.

—No fui yo —aclaró Adrián automáticamente.

—Ya sé —respondió Elías— Fuiste vos sin querer.

Están de buen humor — comentó Eryom con satisfacción — Eso incomoda al infierno.

—Excelente —dijo Elías—.Hoy molestamos entidades ancestrales con risas. ¿Qué puede salir mal?

El celular vibró..No sonó..Vibró enojado..Adrián lo miró.

—Eso nunca es buena señal.

La pantalla se encendió sola y mostró una transmisión en vivo. No de un canal humano. Una plaza..Sombras alargándose..Gente corriendo.

—Ah —dijo Elías— El infierno eligió horario familiar.

—Vamos —respondió Adrián, ya de pie.

La puerta del departamento se abrió sola.

—Gracias —murmuró Adrián.

La cerradura hizo un clic orgulloso. La plaza parecía una película mal iluminada..Farolas parpadeando, bancos volcados, hojas girando en espirales antinaturales. Tres demonios mayores habían tomado cuerpos humanos y los estiraban como si fueran disfraces incómodos.

—Eso es grotesco —dijo Elías— Cero estética.

Uno de los demonios giró la cabeza ciento ochenta grados.

—Uriel… Gabriel… —escupió— Qué decepción verlos jugando a ser.....

Elías le lanzó una piedra.

—¡NO! —gritó Adrián— ¡No improvises!

La piedra se incendió en pleno vuelo y explotó contra el demonio, arrancándolo del cuerpo humano como una sombra arrancada de la pared.

—Ups —dijo Elías— Fue reflejo.

—Eso fue fuego purificador —corrigió Adrián— Muy preciso.

—¿Viste? Aprendo.

Los otros demonios atacaron al mismo tiempo. La batalla fue caótica y gloriosa. Adrián levantó escudos de luz que rebotaban ataques como si fueran pelotas mal pateadas. Elías avanzó envuelto en fuego dorado, saltando bancos, resbalando una vez (dos, si Eryom era honesto), pero siempre levantándose.

—¡NO ME MIRES! —gritó Elías mientras se reincorporaba—. ¡ESTO NO CUENTA!

Un demonio intentó flanquearlos por atrás. Eryom emergió dentro de Adrián, su energía dorada mezclándose con la luz azul.

—Ahora —dijo Adrián.

La sombra de Gabriel se proyectó gigantesca sobre la plaza. Alas enormes, definidas, protectoras, no amenazantes..El demonio chilló.

—¡ES IMPOSIBLE!

—Sí —respondió Adrián, sereno— Eso nos dicen siempre.

La luz descendió como una ola contenida. No destruyó. Separó. Los cuerpos humanos cayeron intactos, respirando. Elías se acercó al último demonio, que intentaba huir.

—Ey —dijo, tocándole el hombro— Regla número uno.

El demonio lo miró, aterrorizado.

—¿Cuál?

—Nunca subestimes a alguien que se ríe mientras pelea.

Uriel desató el fuego. El demonio desapareció sin dejar rastro. Silencio. Luego aplausos. Un grupo de personas, escondidas detrás de un kiosco, empezó a aplaudir sin entender del todo.

—¿Acaban de aplaudirnos? —susurró Adrián.

—Sí —respondió Elías— Me siento incómodamente famoso.

Las luces de la plaza se estabilizaron. Una fuente volvió a funcionar. Un perro ladró, feliz.

—¿Eso fue divertido? —preguntó Adrián, sorprendido.

—No lo repitas —dijo Elías— Arruina mi imagen solemne.

Asmodeo y Astaroth están furiosos — comentó Eryom, casi satisfecho. — No entienden cómo siguen riendo.

Adrián miró a Elías.

—Gracias por no dejar que me pierda ahí.

Elías se encogió de hombros.

—Gracias por no dejar que me queme de más.

Se chocaron los puños. Muy lejos, donde la piedra sangra luz antigua, Sariel abrió los ojos por completo. La plaza..La risa. La unión.

—Mis hijos —susurró— Están desafiando al infierno riendo.

Las cadenas temblaron con violencia..Y por primera vez, una grieta apareció en la prisión. Sariel sonrió.

—Eso no lo vieron venir.

En la ciudad, Adrián bostezó.

—Necesito una siesta.

—Yo necesito rodillas nuevas.

Rieron. El cielo permaneció en silencio. Pero no indiferente. Porque mientras ángeles y demonios chocaban con furia, la risa se había vuelto un arma, y el infierno recién empezaba a entenderlo.




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