Los Hijos Del Olvido

Cuando la ciudad se enamoró primero

El cumpleaños diecisiete de Adrián llegó sin anuncios celestiales, sin trompetas y sin portales abiertos en el cielo. Llegó con lluvia.

No una lluvia normal. Una lluvia tibia, suave, que caía despacio como si el clima hubiera decidido tomarse su tiempo.

—Está lloviendo raro —murmuró Adrián desde la ventana del departamento, apoyando la frente en el vidrio— No parece lluvia de verdad.

Elías, sentado en el sillón con una bolsa de papas fritas abierta, alzó la vista.

—¿Raro cómo?

—No moja —respondió Adrián— O sea, sí, pero no incomoda.

Elías se levantó y se acercó a la ventana. Se quedaron uno al lado del otro, hombro con hombro, sin tocarse del todo.

—Es romántica —dictaminó Elías— Definitivamente romántica.

—No existe la lluvia romántica.

—Claro que sí. Esta es de película. Falta la música y alguien corriendo bajo ella.

Como si lo hubieran escuchado, una radio vieja en el edificio de enfrente empezó a sonar sola. Una melodía lenta, antigua, nostálgica. Adrián abrió los ojos.

—No…. no fui yo. Lo juro.

—No te miré —respondió Elías— Pero sí. Fuiste vos.

O tal vez no, intervino Eryom, con un tono sospechosamente complacido — Tal vez es el ambiente.

Adrián tragó saliva.

—¿El ambiente o nosotros?

Elías no respondió enseguida. Miró la lluvia, luego la ciudad. Las luces de la calle parecían más cálidas. Los semáforos tardaban un poco más en cambiar, como si nadie tuviera apuro.

—Cumplís diecisiete —dijo finalmente— Eso es mucho.

—Para un humano, sí.

—Y para un arcángel que decidió quedarse —añadió Elías en voz baja.

Adrián sonrió, tímido.

—Gracias por quedarte vos también.

Elías se rascó la nuca, incómodo.

—Bueno alguien tenía que enseñarte a sobrevivir al cuerpo humano. Y a no incendiar electrodomésticos cuando te pones nervioso.

La cafetera, en la cocina, empezó a burbujear feliz.

—¡NO ESTOY NERVIOSO! —protestó Adrián.

La lluvia afuera se intensificó solo un poco. Elías lo miró de reojo.

—Ajá.

Salieron a caminar sin ponerse de acuerdo. Ninguno tomó un paraguas. La lluvia seguía cayendo tibia, como si los reconociera.

—Esto es ilegal —dijo Elías— El clima no debería cooperar así.

—Tal vez le caemos bien.

—O está reaccionando a vos.

—O a vos.

Se miraron. Las luces de una farola parpadearon y luego se encendieron con más fuerza. Una pareja que pasaba cerca se tomó de la mano sin darse cuenta.

—Ok —dijo Elías— Eso sí es sospechoso.

—:Confirmodijo Eryom. —Esto no es solo Gabriel.

Adrián sintió el corazón latirle fuerte.

—Elías…

—Sí.

—¿Vos sentís?

Elías se detuvo. La lluvia siguió cayendo alrededor, pero no sobre ellos. Era como si el espacio mismo les diera privacidad.

—Sí —dijo—. Lo siento desde hace tiempo.

Adrián respiró hondo.

—Tengo miedo de que… — empezó.

—Yo también —lo interrumpió Elías— Pero no del mismo modo.

—¿Cómo entonces?

Elías sonrió, suave, sincero.

—Tengo miedo de que te des cuenta de cuánto me importás y no quieras cargar con eso también.

Adrián lo miró, sorprendido.

—Elías yo ya cargo con vos.

La ciudad respondió..Un trueno sonó a lo lejos, no violento, sino profundo, como un aplauso lejano. Las luces de los edificios se reflejaron en los charcos formando destellos dorados y azules.

—Eso fue exagerado —murmuró Elías.

—Perdón —dijo Adrián— Me emocioné.

Nos emocionamos — corrigió Eryom, divertido.— Y el clima también.

Elías rió, y esa risa fue suficiente para que un colectivo frenara suavemente, permitiendo que una anciana cruzara la calle sin apuro.

—Esto se nos está yendo de las manos —dijo Elías— O de los corazones.

Caminaron un poco más hasta una plaza pequeña. Se sentaron en un banco mojado que, misteriosamente, no estaba mojado.

—Trampa —acusó Elías.

—No sé de qué hablas.

Se quedaron en silencio, cómodo, compartido. Adrián rompió el silencio primero.

—No sé amar como humano —confesó— Ni como arcángel. No tengo referencias.

Elías lo miró con ternura.

—Entonces hacemos lo que siempre hicimos.

—¿Qué cosa?

—Aprender juntos.

Adrián sintió que algo dentro de él se acomodaba. No como poder. Como hogar. La lluvia empezó a disminuir. El cielo se aclaró apenas, dejando ver estrellas tímidas.

—¿Eso es una luna? —preguntó Adrián.

—Sí —respondió Elías— Y creo que nos está juzgando.

—Que espere su turno.

Rieron. Elías apoyó el brazo en el respaldo del banco. No tocó a Adrián, pero estuvo cerca. Lo suficiente.

—Adrián…

—¿Sí?

—No quiero apurarte. Ni confundirte. Ni que esto se vuelva una carga más.

Adrián lo miró. Sus ojos celestes reflejaban la luz de la ciudad y algo más profundo.

—No es una carga —dijo— Es calma.

Las luces de la plaza se suavizaron. No brillaban más fuerte. Brillaban mejor. Eryom habló, con una calidez nueva:

Esto… es bueno.

Elías tragó saliva.

—Entonces… ¿estamos bien?

Adrián asintió.

—Estamos empezando.

Un viento leve recorrió la ciudad. Las nubes se apartaron del todo. La lluvia se detuvo. Y en ese instante exacto, un arcoíris nocturno, imposible, sutil, breve, apareció reflejado en una fuente cercana, arrancando exclamaciones sorprendidas de quienes pasaban.

—Ok —dijo Elías— Eso sí fue demasiado.

Adrián rió, con el corazón ligero.

—Lo siento.

—No —respondió Elías, mirándolo con una sonrisa que decía todo— No lo sientas.

Se quedaron ahí, sin besos, sin promesas explícitas. Pero la ciudad lo supo. Las luces, el clima, la gente. Porque cuando dos almas que eligieron quedarse empiezan a amarse,. el mundo entero aprende a respirar distinto.




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