Los Hijos Del Olvido

La Casa del Ángel sin Alas

La ciudad despertó con nieve… aunque era pleno verano.

—¿Otra vez? —murmuró Elías, mirando por la ventana— Adrián, ¿estás deprimido o extrañás una góndola de Venecia? Porque esto ya es mucho.

Adrián, sentado en el sofá, solo respondió:

—No sé, creo que me siento normal.

Elías parpadeó.

—¿Normal? Entonces ¿por qué hay un muñeco de nieve en la cocina mirándome mal?

Sariel — Padre sin manual de instrucciones

Sariel había descubierto una nueva actividad favorita: observar a sus hijos respirar. Se quedaba quieto como un guardián de mármol detrás del sofá, manos cruzadas, mirada seria.

—¿Por qué estás ahí, papá? —preguntó Adrián, incómodo.

Sariel respondió con solemnidad infinita:

—Porque soy tu padre. Los padres vigilan.
Y no dejan de mirar. Nunca.

Elías tragó saliva.

—Bueno si vas a observar, por lo menos parpadeá. Estás inquietando al router.

El router titilaba nervioso, como si quisiera esconderse debajo de la alfombra. Sariel lo miró y dijo:

—Esto… también debo vigilarlo. Parece importante.

—Lo es —asintió Adrián— Si se corta el wifi, Elías muere.

—No moriré —frunció el ceño Elías—, solo colapsaré emocionalmente y me tiraré de este balcón con dignidad.

Desayuno celestial ¿o algo parecido?

Sariel quiso cocinar. No sabía cocinar. No sabía qué era cocinar. Pero trató.

La sartén explotó. La tostadora rugió. Una botella de aceite flotó sobre la mesa y se autoinmoló. Eryom habló dentro de Adrián:

Dile que no toque más el fuego. Por favor.

—Papá, no tenés que hacer nada para cuidarnos. Sentate. — dijo Adrián.

Sariel obedeció. Como un soldado ante una orden divina. Pero nadie contó que la silla no resistiría la energía celestial contenida en su cuerpo.

CRACK

La silla se rompió y Sariel cayó al piso, expresión aún seria, como si el universo entero acabara de faltarle el respeto. Elías, muerto de risa, apenas respiraba.

—¡Sariel! Disculpame, pero sos el primer ángel que conozco que pierde una batalla contra una silla.

El Comité Celestial (Observación Pasiva y Mal Humor)

En el cielo, Rafael se apoyaba sobre una nube. Miguel estaba de brazos cruzados, cara de esto es una pésima idea, y la barba perfectamente estresada.

—No puedo creerlo —murmuró Miguel— Gabriel, Uriel, Sariel, un nefilim viviendo juntos en un departamento. ¡Eso no está en la Ley!

Rafael sonrió.

—Miguel, tampoco la Ley dice que Gabriel no pueda reír. O tener familia. O ser feliz.

Miguel apretó los dientes.

—¡La felicidad conduce al caos!

—De hecho —replicó Rafael— es la única razón por la que los humanos siguen existiendo.

Silencio.

El Padre solo observaba. No decía una sola palabra. Pero cuando Sariel rompió la silla en la tierra, una ligera vibración sonó en el cielo ¿Risa? ¿O tos divina?

Imposible saberlo.

La Familia Improvisada — unido por amor, sostenido por caos

Esa noche, la casa estaba rara. No por peligro, no por demonios sino porque era la primera noche en siglos que Sariel dormía.

Adrián lo vio acurrucado en el sillón, envuelto en la manta (la misma que antes lo rechazó, pero ahora lo aceptaba). Eryom habló suave dentro de él:

¿Está soñando?

—Creo que sí —susurró Adrián— Debe estar recordando cuando tenía alas.

Elías apareció detrás, tomando agua a las tres de la mañana.

—¿Sabés qué le pasa a la gente cuando duerme? —dijo— Sueñan lo que más añoran.
Y Sariel nunca dejó de querer ser padre.

Adrián miró a su propio pecho.

—Yo nunca dejé de querer tener uno.

El apartamento se silenció. Las luces se volvieron tibias, como si abrazaran esa frase.

Intervención celestial — inesperada conferencia familiar

Miguel no aguantó más. Apareció en un destello frente a Adrián y Elías mientras ambos armaban un árbol de navidad… en febrero.

—¡BASTA! —tronó—. ¡Ningún ángel debe tener hogar humano!

Elías levantó una estrella navideña y se la puso en la cabeza.

—Ya somos dos, así que ahora tenés que aguantar el doble.

Miguel lo ignoró y miró fijamente a Adrián.

—¿Sabes que Sariel será destruido si se queda? El Edicto prohíbe su existencia libre.

Adrián respiró hondo.

—Lo sé.

—¿Y aun así lo elijes?

—Sí.

Miguel se quedó quieto. Confundido. Porque por primera vez, la respuesta no fue pelea sino amor tan simple que parecía un arma.

Rafael apareció a su lado, colocando una mano en su hombro.

—Tal vez debemos dejar que el amor haga lo que nosotros no podemos.

El Padre no habló. Pero una luz cayó sobre Sariel dormido. Como si le diera permiso.

El Padre — silencio que decide

Desde el cielo se escuchó nada. Pero esa nada era aceptación. Miguel exhaló.

—Entonces no intervendremos hasta que él rompa la Ley por voluntad propia.

Elías se cruzó de brazos.

—Y si no la rompe ¿qué harán?

Rafael sonrió muy leve.

—Entonces escribiremos una nueva.

Y ambos se desvanecieron. De madrugada, Sariel abrió los ojos. Miró a Adrián dormido. Miró al departamento que ahora era su universo. Y murmuró:

—Quizás puedo aprender a ser padre antes de aprender a ser libre.

Pero desde la oscuridad del cielo, una sombra desconocida susurró:

Cuando un ángel aprende a amar el mundo siempre tiembla.

Y las luces de la ciudad parpadearon como si presintieran que la próxima noche no traerá sueño sino guerra.




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