Porque todos hasta el viento, sabían que: El cielo ya no ayudaría. Miguel y Rafael observaban. El Padre había decidido no interferir. Y si la humanidad iba a ser salvada solo sería por: un arcángel otro arcángel
un nefilim y un padre caído. La ecuación más improbable de la historia.
Adrián estaba sentado, rodillas al pecho, mirando las luces lejanas de la ciudad.
Elías se acercó con dos tazas.
—Té —anunció— Con azúcar. Me costó entender cómo funciona la bolsita, pero sobreviví.
Adrián sonrió apenas.
—Deberíamos descansar. Pero no puedo.
Elías se sentó a su lado.
—Porque sabes que si fallamos todo lo que existe se apaga.
El silencio no fue incómodo. Fue dolor compartido. Adrián habló sin mirar.
—Cuando yo era solo Adrián, el mundo ya era demasiado grande. Imagina ahora siendo responsable de él.
Elías respiró hondo.
—No estás solo.
—A veces me siento solo —respondió Adrián, desnudo de defensa.
Elías lo miró con una ternura que no se veía en el cielo desde antes del Edén.
—Yo estoy aquí. Incluso si tú no sabes qué somos todavía.
Adrián bajó la mirada.
—No tengo respuestas. Tengo miedo de querer algo que no debería.
Elías sonrió.
—Ser arcángel nunca nos enseñó a amar. Pero tal vez, ser humano… sí.
Eryom, incómodo, murmuró dentro:
Prometo no interrumpir. Pero si se besan me tapo la esencia.
Adrián soltó una carcajada involuntaria. Y el cielo produjo dos estrellas fugaces.
Interludio — Sariel intentando ser humanoEn la sala, Sariel estaba sentado frente a un espejo..Se observaba. No su rostro, sino su forma. Su voz fue un susurro sin magia:
—Ser padre ¿significa ser pequeño?
Tomó una tijera. Miró su cabello eterno..Y pensó en cortarlo..No por vanidad..Sino por pertenencia..El papel con la lista seguía en la mesa:
“Cosas para ser padre” — proteger — no vigilar tanto — aprender a sonreír — dejar que respiren — ser… suficiente
Sus manos temblaron.
—¿Y si no estoy hecho para esto?
Nadie respondió..Pero el silencio dolió.
Tecnología sinceraDe repente, la radio empezó a hablar sola:
El amor duele porque se queda.
Sariel levantó la cabeza.
—¿Amor es dolor?
El televisor respondió sin encenderse:
Es quedarse aunque duela.
Sariel cerró los ojos.y algo dentro de él que no era ángel, ni guardián, ni sello.se quebró suave.como hielo derritiéndose. En el balcón, Adrián abrazó sus propias manos.
—El Padre eligió no mover un dedo.
Elías apretó la taza.
—Porque Él sabe que no somos niños.
—¿Y si fallamos? — la voz de Adrián era un susurro roto—.¿y si pierdo a todos otra vez?
Elías lo miró..Y esta vez habló como Uriel.
Arcángel. Guardián del Fuego Puro.
—Gabriel tú eres el mensajero. Eres la voz del cielo..Pero nadie te enseñó a hablar cuando se trata de tus propios deseos.
Adrián lo miró, temblando.
—¿Y qué deseas tú, Elías?
Elías respondió sin huir:
—Deseo que no lleves el peso solo.
Deseo ser tu hogar, si el cielo nos lo niega.
Deseo que si el mundo se acaba tú no lo enfrentes sin una mano sosteniendo la tuya.
El viento los envolvió. Una farola explotó de emoción..Tres personas en balcones cercanos comenzaron a llorar sin saber por qué..Adrián extendió su mano. Dudó. Elías la tomó con seguridad. Y entonces…
no hubo explosiones
ni televisor bailando
ni miel cayendo del cielo
Solo silencio..Y un corazón que aprendía a existir.
La noticia que rompe la calmaSariel entró al balcón..Su voz estaba firme
pero su mirada herida.
—Debemos hablar.
Ambos lo miraron.
—Asmodeo y Astaroth han cambiado de plan.
Elías frunció el ceño.
—¿Liberar vigilantes ya no es la meta?
Sariel negó.
—Su meta ahora es destruir la humanidad antes de que Gabriel tenga oportunidad de salvarla.
Adrián se incorporó.
—¿Por qué ese cambio?
Sariel respiró hondo.
—Porque saben que si la humanidad muere
no habrá razón para que luches..Y tú serás un ángel sin propósito.
Elías palideció.
—Y un arcángel sin propósito…
—…se apaga —completó Sariel.
El frío ya no venía de la noche. Venía del miedo.
El silencio fue interrumpido por un grito del vecino:
—¡MI MICROONDAS ESTÁ CANTANDO VILLANCICOS, AYUDA!
Elías suspiró.
—Eso debe ser tu ansiedad, Gabriel.
—Estoy tratando de controlarla —dijo Adrián, frustrado.
—Pues tu ansiedad tiene un repertorio navideño excelente —murmuró Uriel.
Sariel miró confundido.
—¿Villancico es un arma?
—En cierto modo sí — dijo Adrián con media sonrisa.
Y por un instante el dolor fue soportable. Esa noche, cuando todos dormían en el cielo
Miguel habló al fin.
—¿Dejaremos que mueran…?
Rafael bajó la cabeza.
—La orden no es salvar. La orden es observar.
Miguel apretó el puño.
—¿Y si elegimos desobedecer?
El cielo tembló. El Padre abrió los ojos. Una sola palabra resonó en los cuatro reinos:
NO.