Síganme si creen que aún quieren vivir.
Gabriel cayó primero. Elías lo siguió justo detrás, como una sombra protectora. Miguel y Rafael descendieron últimos sus auras tensas, respiración contenida. Eryom habló dentro de Adrián pero esta vez la voz tenía miedo.
Este nivel fue construido para matar.
El suelo si podía llamarse suelo era carne negra, húmeda. Y cada paso hacía sonar un latido.
Dum.
Dum.
Dum.
El cielo no existía. En su lugar, una boca gigantesca y circular, suspendida en la nada, esperaba abierta, respirando. Una voz femenina, antigua, trémula dijo:
Los que aman sangran.
Adrián tragó saliva. Elías tomó su mano, apretándola. Miguel habló sin emoción:
—Este reino absorbe energía. Si dudan, si temen, si recuerdan algo que los dolió… el lugar lo devorará.
Rafael confirmó:
—Y no los matará rápido. Los mantendrá aquí eternamente hambrientos
Las paredes, si eran paredes, se abrieron en grietas. De ellas surgieron serpientes hechas de vacío con dientes de hambre. Y no atacaron el cuerpo. Sino el alma. La primera serpiente se lanzó sobre Gabriel. Sus dientes atravesaron su pecho pero no su piel.
A través del cuerpo, buscando su amor. Gabriel gritó no de dolor físico: sino porque sintió cómo el nivel intentaba arrancarle el sentimiento más fuerte que tenía. Elías gritó su nombre y se arrojó sobre él. La serpiente mordió a Elías también. Pero esta vez quemó. Porque dentro de Elías ardía algo más fuerte que miedo. Miguel intervino. Con un gesto abrió el vacío y aplastó la criatura con pura voluntad.
—No dejen de sentir. Pero tampoco se rindan a sentir.
Miles, sí, miles, de criaturas surgieron ahora. Todas iguales. Bocas sin rostro.nLenguas como agujas. Y todas gritando:
QUIERO LO QUE AMAS.
Gabriel sintió un estremecimiento profundo. Y ahí supo cuál era su prueba: Si amar a Elías era su fuerza este lugar usaría ese amor como arma. Eryom habló con urgencia:
¡No pienses en él ahora! ¡El reino puede oírlo!
Gabriel lo ignoró. Avanzó.
—No dejaré de amar —dijo— ni aunque el infierno me arranque la piel.
Las criaturas se lanzaron a él como enjambre. Y Gabriel abrió sus alas materiales ahora, blancas y doradas y con un solo golpe las convirtió en polvo luminoso. Elías exhaló con alivio pero justo entonces algo peor sucedió. El suelo se abrió. Y una figura surgió. No demonio. No monstruo. Sariel. Pero no el verdadero. Una ilusión alimentada por el hambre. Su voz temblaba como culpa hecha carne.
—No merezco ser salvado —susurró— Si vienen aquí ustedes también caerán. Gabriel ¿por qué fuiste tan tonto para creer que valgo algo?
Gabriel cayó de rodillas. Su corazón dolió como nunca. Elías lo sostuvo de la espalda.
—¡No lo escuches!
Sariel-Ilusión tomó forma más clara. Ojos como pozos. Cuerpo marcado por cadenas. Su expresión: abandono eterno.
—No soy tu padre. Soy tu condena.
Las criaturas del hambre rodearon al grupo. Esperando que las palabras abrieran heridas. Miguel fue quien habló esta vez.
—He aquí la verdad: Salvamos no a los que lo merecen.
Sino a los que amamos.
Elías apretó más fuerte la mano de Adrián. Gabriel se puso en pie.
—No vinimos a evaluarte. Vinimos a traerte a casa.
La ilusión chilló piernas quebrándose y se desintegró al instante. Un agujero redondo se abrió en el vacío. Oscuro como muerte. Silencioso como aceptación. Rafael respiró hondo.
—Este nivel no quería matarnos. Quería quitarnos razón.
Miguel asintió.
—El siguiente será peor. Intentará quitarles fe.
Gabriel miró la oscuridad.
—Entonces sigamos antes de pensar demasiado.
Elías tocó su mejilla.
—No importa lo que pase. No te suelto.
Gabriel sonrió débilmente. Y ambos saltaron dentro.
Mientras descendían una voz ,la verdadera, la rota, la viva Sariel.
—Hijo no hay… más tiempo.
Y luego silencio.