Los Hijos Del Olvido

El cuarto nivel: donde el alma se desnuda

Apenas Gabriel dio el primer paso, la dimensión se estremeció como una bestia hambrienta.

—¿Qué está pasando? —Elías intentó tomar su mano.

No hubo tiempo. No hubo elección.

Un torbellino de oscuridad estalló y los arrancó violentamente unos de otros.

Miguel desapareció primero, tragado por un vacío silencioso. Rafael gritó el nombre de su hermano mientras era arrastrado por cadenas de luz enferma. Elías fue arrancado de los brazos de Adrián como si el mundo lo reclamara para sí.

—¡¡ADRIÁN!! —fue su último aliento antes de desaparecer.

Y entonces…

Gabriel quedó solo.

Solo.

Y ese era exactamente el precio que la dimensión quería cobrar. El suelo no era suelo. Era un mar de vidrio roto pero los fragmentos eran recuerdos. Cada trozo mostraba una imagen imposible de ignorar:

Adrián niño, llorando en una cama fría. Elías, desmayado, solo, antes de conocerlo. Sariel, suspendido en la oscuridad, pidiendo perdón. Eryom llorando, una criatura eterna que nunca fue abrazada. Gabriel intentó mirar hacia otro lado, pero la dimensión no lo permitía. Una voz vieja, burlona y quebrada habló desde todos los ángulos:

—Bienvenido, arcángel. Aquí no peleas con demonios. Aquí peleas con la verdad que evitas.

Gabriel respiró hondo.

—Soy de los que enfrentan la verdad —respondió.

La dimensión rió.

—Entonces mírala.

Los fragmentos empezaron a clavarse en sus pies mientras avanzaba..Cada paso era un recuerdo desgarrando su carne humana. Pero no gritó. No retrocedió. No se permitió romperse. El aire se volvió pesado. Y de pronto apareció “ÉL”.

Adrián.

Pero no el Adrián arcángel. Sino el niño de ocho años que dormía abrazando una chaqueta vieja porque no tenía a quién abrazar.

Sus ojos celestes —tan puros— lo miraron.

—¿Por qué llegaste tan tarde? —preguntó con voz pequeñísima.

Gabriel sintió el alma quebrarse.

—No…. no tenía memoria humana aún —susurró.

El niño ladeó la cabeza.

—¿Y eso justifica que me doliera?

Gabriel dio un paso hacia él y el niño retrocedió.

—¿Y ahora dices que me amas? ¿Dónde estabas cuando lloré? ¿Dónde estabas cuando me golpearon?.¿Dónde estabas cuando aprendí a odiar dormir?

Gabriel no encontró respuesta. Solo arrodilló su gigantesco corazón y dijo:

—Tienes razón.

El silencio fue brutal. Pero entonces agregó:

—Por eso nunca voy a volver a fallarte.

El niño sonrió. Y se desvaneció como polvo hecho de luna. De pronto, la dimensión cambió. Las paredes se transformaron en pantallas gigantes y un narrador con voz burlona, estilo documental barato, anunció:

Arcángel Gabriel: 1 — Trauma infantil: 999…

Gabriel apretó los dientes.

—¿Realmente esto es necesario…?

La voz respondió:

—Es necesario porque si no lloras, TE MATAMOS. Si lloras, NOS DIVERTIMOS.

Gabriel respiró muy hondo.

—Deben ser demonios millennials —murmuró.

Un letrero apareció flotando:

Sarcasmo detectado: +10 puntos

Gabriel rompió a reír a pesar de sí mismo. Porque el dolor, cuando se ríe, ya no tiene dientes. El escenario cambió otra vez sin aviso, sin piedad. Gabriel apareció frente a un espejo inmenso pero en el reflejo no estaba él. Estaba Eryom. Encadenado. Con los ojos dorados apagados. Su voz era un hilo:

—No me dejes. No otra vez…

La dimensión habló como un juez sin alma:

—Salvarlo o salvarte. Solo uno puede salir completo.

Gabriel cerró los ojos.

—Sabes mi elección —susurró.

La dimensión se estremeció.

—Siempre eliges perder por eso siempre duele.

Gabriel abrió los ojos y sonrió.

—No. Por eso siempre gano.

Se lanzó contra el espejo y el mundo entero estalló..El vidrio se rompió y del impacto surgió un grito no suyo sino de la dimensión. Gabriel cayó arrodillado jadeando sangre en los labios luz en los ojos.

—No podrás seguir —dijo la voz.

Gabriel levantó la cabeza.

—Mírame —susurró.

Su sombra creció detrás de él, alas gigantescas como una tempestad blanca, ocupando todo el horizonte de la dimensión.

—Voy a buscar a los tres —prometió— Elías.
Miguel. Rafael. Y a Sariel, aunque tenga que quemar este infierno con mis manos.

En ese instante, un susurro llegó desde alguna parte:

—Hermano ¿esa es una amenaza? —Era Elías. Lejano. Vivo.

Gabriel sonrió.

—No. Es una profecía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.