—Aquí no torturamos tu cuerpo..Aquí torturamos tu verdad:
Te crees necesario, pero siempre fuiste reemplazable.
Elías apretó los dientes.
—Soy arcángel del fuego purificador —gruñó— No soy fuego para quemar al mundo soy fuego para salvarlo.
El reflejo humano levantó la cabeza y gritó:
—¡¡¿Y quién te salvó a ti cuando estabas solo?!!
La palabra solo se multiplicó en las paredes
como una plaga.
Solo.
Solo.
Solo.
Y cada repetición pesaba en su pecho
como un kilo más de culpa. Elías se llevó la mano al corazón.
—Gabriel —susurró—.Siempre pensé que tenía que ser fuerte para ti.. Pero quizá… yo también necesito que alguien me sostenga.
Una lágrima cayó de sus pestañas. Y al tocar el suelo, el piso empezó a arder. Porque cuando Uriel acepta su dolor su fuego se enciende.
Mientras Elías se enfrentaba a sí mismo,
Miguel y Rafael despertaron juntos en algo que parecía un templo abandonado. Pero no había columnas. No había techo..No había salida. Solo un pasillo que se movía según sus pensamientos. Un letrero flotó en el aire:
Aquí nadie pelea. Aquí se confiesa.
Miguel frunció el ceño.
—No tengo nada que confesar.
El pasillo no se movió. Rafael lo miró con suave tristeza.
—Hermano si no dices lo que sientes, nunca saldremos.
Miguel evitó su mirada. Pero la dimensión habló en su lugar:
—Miguel, tú sabes cuál es tu pecado: crees que si sientes fallas.
El arcángel del juicio tembló un instante. Rafael dio un paso.
—Siempre cargaste con el peso del cielo.
Siempre nos protegiste incluso de nosotros mismos. Pero ahora, eres tú quien está roto.
Miguel respiró despacio y dijo la verdad:
—Tengo miedo de perderlos.
Al instante, una puerta de luz se abrió al fondo. Rafael sonrió.
—Ese miedo es amor, Miguel.
Y por primera vez en eones, Miguel no discutió. Mientras ellos enfrentaban sus prisiones,.Gabriel caminaba un suelo de sangre y memoria. Cada paso lo llevaba más lejos de sí mismo.y más cerca de quien había jurado salvar.
—Elías… Rafael… Miguel… aguanten —susurró.
Eryom habló dentro de él, con voz tensa:
Sus almas están dispersas. Si uno cae todos caemos.
Gabriel respondió:
—Entonces ninguno caerá..No mientras yo respire.
Sus alas ,las verdaderas, se materializaron un segundo, blancas como invierno, doradas como sol. Luego desaparecieron al instante.
— El cuerpo humano no soporta tanta divinidad aún — murmuró Eryom.
—No importa —Gabriel sonrió— aunque tenga que caminar hecho pedazos llegaré.
Su fuego seguía creciendo. El piso estaba ahora cubierto de lava emocional, pero Elías caminó sobre ella como si fuera agua.
—Uno no salva por ser fuerte —dijo—.uno salva porque no puede evitar amar.
Y al decirlo la versión humana arrodillada frente a él se convirtió en ceniza. La prisión gritó:
—¡Te atreviste a perdonarte!
Elías levantó el rostro lleno de lágrimas y orgullo.
—Sí. Porque Gabriel me enseñó que hasta la culpa merece redención.
Una puerta se abrió detrás de él. Un portal negro. Un paso al siguiente nivel. Pero antes de cruzar sus labios dijeron apenas un susurro:
—Espérame, Adrián.
En su templo psicótico, la puerta también se abrió, pero no liberó a ambos. Solo a uno. Rafael empujó a Miguel.
—Ve. Tú lo necesitas más.
Miguel lo miró horrorizado.
—¿Y tú?
Rafael sonrió, triste, pero firme.
—Alguien debe quedarse para recordarte quién eres cuando olvides.
El portal negro se tragó a Miguel.y la dimensión se cerró detrás..Rafael quedó solo. Y murmuró:
—Yo soy el sanador. Puedo esperar.
Gabriel llegó a un precipicio, y del otro lado vio al fin: Elías. Ambos se encontraron con la mirada separados solo por un abismo oscuro.
—Pensé que te había perdido — dijo Gabriel.
Elías sonrió, cansado, vencido, pero vivo.
—Para perderme tendrías que dejar de amarme..Y tú no sabes cómo hacer eso.
Gabriel alzó la mano su piel brilló. Elías hizo lo mismo..Un puente de luz se formó entre ambos nacido no del cielo sino de su vínculo..Cuando por fin se tocaron, la dimensión tembló de miedo. Un rugido atravesó la realidad:
SI SUPERARON LA CULPA AHORA CONOCERÁN EL DOLOR.
El suelo se rompió. El abismo se tragó a ambos. Y el mundo se volvió negro.