—Hijo no lo hagas —susurró Sariel, su voz una grieta llena de culpa y amor.
Gabriel levantó la cabeza..Sus ojos celestes ardían..Eryom temblaba dentro de él, y ElíasUriel apareció a su lado, materializado al fin, con el fuego del cielo en los ojos. Y los tres pensaron la misma cosa.
No nos importa. No importa quién más esté encadenado. No importa qué advertencia exista. Solo importa él.
Gabriel se puso de pie. Su espalda sangraba luz..Y con voz que no era humana ni angelical sino algo intermedio, dijo:
—No volveré a perder a mi padre. No perderé a nadie más.
Elías tocó su hombro.
—Si el mundo cae morirá habiendo visto amor. Eso es suficiente.
Eryom habló dentro con gravedad nunca antes escuchada:
Yo acepto el riesgo. Ella puede despertarse.
Puede destruir todo. Pero yo no perderé a mi padre otra vez.
Gabriel extendió las manos. Y por primera vez el cielo tembló en respuesta..Sus alas se manifestaron completas: blancas, doradas, gigantescas..Elías desplegó las suyas también:.alas de fuego, de purificación, de promesa. Eryom aunque sin cuerpo suyo.se convirtió en luz dentro del pecho de Gabriel y su energía se mezcló con la de él.
Padre.
Hijo.
Hermano.
Tres fuerzas distintas.unidas por un único verbo:.Amar.
Gabriel gritó:
—¡ABRE!
Y la prisión estalló. No lentamente..No trágicamente..Sino con un sonido que partió la dimensión.
Sariel cayó hacia adelante.y Gabriel lo sostuvo como cuando un hijo sostiene a un padre débil..Elías cubrió ambos con su fuego,.sellando heridas,.purificando lo que la culpa había podrido..Sariel abrió los ojos.y vio al niño que dejó llorando una vez.hecho dios.
—Adrián…
—No —Gabriel murmuró— soy Gabriel porque tú mereces llamarme hijo.
Sariel lloró por primera vez desde que el cielo lo olvidó..Y así Sariel fue libre.
Pero la ruptura de la prisión.no solo liberó a Sariel. Liberó ella. Un sonido salió desde el abismo..No rugido..No palabra..No lamento.
Hambre.
Una sombra femenina antigua más vieja que los Vigilantes más vieja que el pecado se movió entre la luz negra. Su voz fue un susurro que recorrió todas las dimensiones:
—Hijos míos ¿están listos para volver a casa?
Y como una ola oscura,.su esencia se lanzó hacia la Tierra..Gabriel sintió el aire helarse..Elías lo sostuvo del brazo.
—La decisión ya fue tomada. Enfrentaremos lo que venga..Mientras tengamos padre no perderemos el corazón.
Mientras el amor liberaba a Sariel,
otra historia explotaba en el infierno. Rafael llegó primero..Su armadura radiante contrastaba con la tierra negra ardiente del inframundo..Astaroth lo esperaba.sentado en un trono hecho de huesos humanos masticando un alma como si fuera fruta.
—El sanador del cielo viene ¿a curar mi infierno? —rió Astaroth.
Rafael no habló..Solo bajó su espada de luz
y el infierno tembló.
—No curo monstruos —dijo con calma— solo corto lo que infecta.
Astaroth sonrió.
—Entonces corta..Veamos si tu fe es más fuerte que mi furia.
Ambos desaparecieron en un estallido de llamas y luz. Golpes que rompían espacio..Choque de divinidad y odio..Cada impacto hacía temblar miles de almas condenadas. Rafael gritó:
—¡Por Gabriel! ¡Por Uriel! ¡Por Sariel libre!
Astaroth respondió:
—¡Por el fin del cielo! ¡Y por la madre que pronto despertará!
Y en el centro del infierno dos fuerzas se enfrentaron como si cada golpe cambiara la balanza del universo. Sariel, apoyado en Gabriel, respiró con dificultad.
—¿Qué harás ahora?
Gabriel miró la grieta dimensional.por donde la madre oscura había escapado y respondió con una dureza nueva, afilada como profecía:
—Ir a la tierra. Y defenderla. Con ustedes a mi lado.
Elías tomó su mano..Sariel, temblando, asintió. Y así empezó:
La marcha de tres seres celestes.hacia un mundo que ahora estaba condenado por su amor.