Los Hijos Del Olvido

La Caída de uno de los Príncipes del Abismo

El infierno vibraba como si fuese un corazón gigante al borde del colapso. Rafael, con su espada de curación convertida ahora en cuchilla de juicio, se plantaba sobre roca volcánica, mientras torrentes de lava ascendían con cada golpe de sus alas.

Astaroth príncipe de la oscuridad, el estratega del infierno,.el demonio que había manipulado reyes, guerras, religiones y eras completas.sonreía con la confianza del que jamás ha perdido.

—Estás solo, curandero —escupió con burla— Y aquí nadie sana.

Rafael levantó la mirada calma mortal, mirada firme, como si hubiese aceptado su papel hace mil vidas.

—Te equivocas, demonio —respondió— En este lugar yo soy la cura.

Astaroth se lanzó primero. No como sombra ni espectro sino como un meteorito de odio puro. Su garra demoníaca chocó contra la espada de Rafael y la presión del impacto abrió brechas dimensionales por donde miles de almas gritaban en silencio.

—Si mueres —jadeó Astaroth— el cielo pierde un pilar y tus hermanos caerán.

Rafael respondió con solo un movimiento: Un giro sobre sí mismo, alas desplegadas,
luz esmeralda cortando la oscuridad.

La lava se congeló. Los cielos del infierno se abrieron como un telón. Y Astaroth, sorprendido, retrocedió tres pasos.

—No estoy aquí por el cielo —dijo Rafael.
—Estoy aquí por mi familia.

Y en ese instante, Rafael dejó de ser el sanador..Se convirtió en la espada.

Astaroth invocó criaturas:.Bestias de cien ojos, demonios de humo, espectros hechos del miedo de la humanidad. Rafael no retrocedió. Cada vez que cortaba, sus alas brillaban más y más fuerte. Cada golpe no solo dañaba curaba. El mismo infierno comenzó a debilitarse. Sus grietas ardían con luz divina. Pilares de oscuridad se evaporaban ante su presencia. Astaroth rugió, por primera vez no con rabia
sino con miedo.

—¿Qué eres?

Rafael bajó la espada, respiró y respondió:

—Soy quien decide quién vuelve a levantarse.

Astaroth se transformó en su forma final. Un titán de sombra con cuernos como montañas,.ojos como agujeros negros, alas hechas de almas condenadas. Sus pasos quebraban continentes del infierno.

—¡SI PIENSAS QUE PUEDES GANAR ERES MÁS ESTÚPIDO QUE EL CIELO ENTERO! —atronó.

Rafael juntó sus manos. La luz en su pecho se volvió verde esmeralda, luego blanca,.luego dorada.

—No vine a ganar —susurró.

Entonces abrió los brazos.y toda la energía curativa del cielo salió de él como un sol explosivo. Astaroth gritó.mientras su propio cuerpo de oscuridad se derretía como cera expuesta al amanecer..Rafael entonces golpeó el suelo con su espada. Y con voz que no parecía humana ni angelical, sino absoluta, ordenó:

—¡CIÉRRENSE!

Sellos antiguos escrituras del primer lenguaje aparecieron alrededor del demonio,
envolviéndolo como cadenas líquidas. Cada letra era una sentencia. Cada cadena era una década. Las últimas palabras de Astaroth fueron:

—Volveré…

Rafael respondió:

—No en mi tiempo.

Y el sello final cayó sobre él como una estrella muerta.

Astaroth desapareció.

Encerrado. En el núcleo del infierno más profundo. Sin voz. Sin influencia. Sin escape.
Por siglos. Cuando todo terminó el infierno quedó quieto. Sin rugidos. Sin viento. Sin demonios gritando. Rafael estaba solo en una planicie de obsidiana tapizada por su propio sudor y luz. Se arrodilló, agotado, sangrando luz de sus alas.

—Uno menos….uno… menos — susurró entre jadeos.

Su espada cayó al suelo. Pero antes de perder la conciencia sonrió.

—Gabriel tendrás una oportunidad más.

Y al soltar su aliento el infierno entero
se inclinó..Una voz lejana, familiar lo llamó desde el cielo:

—Hermano. Levántate. Aún no ha terminado.

Rafael abrió los ojos. Y vio a Miguel, esperándolo en el borde de una fisura dimensional,.con expresión grave.

—El mundo acaba de perder equilibrio —dijo Miguel— Sariel está libre y algo más también.

Rafael intentó ponerse de pie. Miguel le ofreció la mano.

—No descanses aún. Los que amas te necesitarán.




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