El portal dimensional se abrió con un sonido imposible:
no tronó, no rugió latió. Como un corazón que volvía a despertar. Gabriel salió primero, recuperando su cuerpo humano Adrián, de cabello negro con mechones dorados, ojos celestes que ardían como luces de faro. Elías (Uriel) emergió detrás, descendiendo con su paso ligero y sonrisa tranquila, aunque las sombras bajo sus ojos delataban el precio espiritual que había pagado.
Entre ambos, apoyado sobre sus hombros, salió Sariel.
El vigilante libre. Sus pies tocaron suelo terrestre una ciudad humana común por primera vez desde la antigüedad. La noche se calmó. El viento dejó de soplar. El tiempo mismo pareció inclinarse ante él. Los tres se quedaron inmóviles..No porque no pudieran avanzar. Sino porque por primera vez desde que comenzaron esta historia estaban juntos.
Padre.
Hijo.
Aliado.
Y durante un instante eterno el mundo se sintió correcto.
Cómo reacciona la TierraA diferencia de las veces anteriores, esta llegada sí dejó huella. La ciudad no explotó en caos. La tecnología no falló aún. Pero algo profundo algo instintivo sacudió los corazones humanos esa noche. Mujeres lloraron sin saber por qué. Niños despertaron de sus camas sonriendo. Los perros levantaron la cabeza y aullaron a la luna. Y los ancianos los que llevan siglos de recuerdos en arrugas susurraron:
—Los ángeles están caminando entre nosotros.
Pero nadie podía haber esperado.lo que pasaría cuando el cuarto llegara.
El cielo respiraEl piso crujió. El aire chispeó. Y apareció Miguel. Serio.
Perfecto. Terriblemente, profundamente hermano. Detrás de él surgió un resplandor verde y Rafael emergió del portal aún con vendajes de luz en sus manos,
pero vivo. Elías levantó la ceja y murmuró:
—Bueno ahora sí parecemos una boyband divina.
Gabriel empujó su hombro, tratando de disimular una sonrisa. Rafael suspiró, agotado. Miguel no sonrió..Pero sus ojos sí hablaron.
—Gabriel.
—Uriel.
—Sariel.
—Hermano mío —Gabriel dijo con un nudo en la garganta.
Miguel apoyó una mano en su pecho.
—Creí que habíamos perdido demasiado.
Sariel levantó el rostro. El mismo rostro que un día el cielo condenó.
—No estoy aquí como enemigo —declaró— ni como penitente.
—Estoy aquí como padre.
Miguel bajó la mirada. Y en voz casi imperceptible respondió:
—Entonces bienvenido.
La amenaza invisiblePero mientras los cuatro se reunían debajo de la superficie
bajo cemento más allá de los sótanos del mundo algo se movió. Negro. Antiguo. Femenino.
La Madre.
La energía liberada al romper la prisión había cruzado la Tierra como un virus silencioso. Se infiltraba en sueños. En pensamientos. En decisiones humanas. No se mostraba. Porque destruir no era su plan. Convertir. Ese era su don.
La ciudad a su alrededor se extendía llena de luces
como si el cielo hubiese caído a la tierra y los humanos hubieran aprendido a fabricar estrellas. Sariel observó con ojos de milenio.
—Han cambiado… —dijo— pero no han aprendido.
Gabriel respiró hondo.
—Por eso necesitan que estemos aquí.
Sariel lo miró y en sus ojos hubo dolor viejo y una chispa de esperanza.
—No merecen perder esta oportunidad.
Rafael apoyó una mano en su hombro.
—Ni tú, hermano.
Miguel terminó:
—Entonces luchemos. Pero esta vez como familia.
Mientras los cuatro se daban un instante de quietud un televisor en una tienda cercana. encendió sin que nadie lo tocara. La pantalla mostró una frase:
LAS MADRES SIEMPRE VIENEN A BUSCAR A SUS HIJOS.
Luego la imagen cambió y toda la ciudad vio en vivo simultáneamente una mujer envuelta en sombras
caminando en el centro de una cuna de ruinas..La Madre había llegado. Y su voz dijo, dirigida a los cuatro:
—VENGAN A SALUDARME.