Los Hijos Del Olvido

Miguel, la espada que no duda

El silencio antes del fin

El mundo contuvo el aliento. La Madre permanecía inmóvil, con los brazos aún abiertos, como si esperara que el universo mismo la abrazara. A su alrededor, los humanos temblaban entre lágrimas dulces y sonrisas vacías. El llamado del vientre, del origen, de la protección sin límites, seguía vibrando en sus corazones.

Gabriel estaba de rodillas, sosteniendo su pecho. Elías lo protegía con su cuerpo.
Rafael extendía su luz para que la ciudad no colapsara del todo. Sariel observaba, rígido, sabiendo que aquel ser no podía ser contenido… solo detenido.

Y entonces Miguel avanzó. No desplegó las alas de inmediato. No gritó. No invocó relámpagos ni fuego. Simplemente caminó. Cada paso que daba hacía que el suelo se estabilizara, que las mentes humanas recuperaran claridad, que la nostalgia impuesta se quebrara como un hechizo mal sostenido. Donde Miguel pasaba, la influencia de la Madre se apagaba. Ella lo miró, por primera vez sin ternura.

—Así que tú eres el que siempre llega cuando todo debe terminar —dijo— El ejecutor.

Miguel se detuvo a unos metros de ella. Sus ojos no brillaban. No ardían. No suplicaban. Eran absolutos.

—No —respondió con voz serena— Soy el que decide cuándo algo no debe seguir existiendo.

Por qué Miguel es el más poderoso

Miguel alzó una mano. Y el cielo se alineó. No descendió poder desde lo alto:
el poder reconoció a Miguel y acudió por voluntad propia. Las nubes se abrieron en círculos perfectos. El viento dejó de soplar. El tiempo se ralentizó apenas lo suficiente para que los arcángeles lo sintieran. La Madre dio un paso atrás.

—No puedes destruirme —advirtió— Soy origen. Soy vientre. Soy memoria.

Miguel inclinó la cabeza.

—Y por eso mismo… eres peligrosa.

Por primera vez, Miguel desplegó sus alas. No eran solo alas. Eran sentencias. Cada pluma contenía un decreto antiguo, una ley escrita antes de que existiera el miedo. No eran hermosas. Eran necesarias. Gabriel sintió el impacto como un golpe en el alma.

—Miguel —susurró— no.....

Miguel no lo miró.

—No interfieras —dijo con suavidad fraterna— Esto es lo que yo hago para que ustedes no tengan que hacerlo.

La desintegración

La Madre gritó. No con rabia. Con pánico. Intentó extender su influencia, llamar a sus hijos, envolver la ciudad con su nostalgia corrupta.

Miguel dio un solo paso más. Y existió juicio. No hubo explosión. No hubo grito prolongado. La luz surgió desde Miguel como una expansión silenciosa, perfecta, absoluta. No quemó edificios. No hirió humanos. No dañó el mundo.

Solo tocó a ella. La Madre se quedó inmóvil. Su cuerpo comenzó a fragmentarse en partículas de sombra que no caían al suelo, porque ya no existía gravedad para ella. Su voz se deshizo en un murmullo:

—Yo… solo… quería que no estuvieran solos…

Miguel cerró los ojos un segundo.

—El amor que obliga no es amor.

Y entonces no quedó nada. Ni polvo. Ni eco.
Ni recuerdo. La Madre fue desintegrada de la realidad misma. Gabriel sintió el vacío y luego alivio. Eryom dejó de temblar. Los humanos se desplomaron, exhaustos, pero vivos. Sariel exhaló un suspiro que llevaba siglos reteniendo. Rafael miró a Miguel con mezcla de respeto y tristeza.

—Cada vez que haces eso el universo pierde algo —dijo.

Miguel respondió sin mirarlo:

—Pero sigue existiendo. Y eso es lo más importante.

Cuando el infierno responde

El mar fue el primero en gritar. Las aguas comenzaron a hervir. No por calor, sino por presencia. Desde las profundidades, cantos antiguos emergieron, armonías bellísimas y atroces que atravesaban continentes. Asmodeo había llegado. Su risa resonó desde todas partes a la vez:

—Qué escena tan conmovedora el cielo limpiando su propio desastre.

El océano se abrió en grietas gigantescas. Y de las profundidades surgieron ellas.

Sirenas.

No las criaturas románticas de los mitos, sino depredadoras antiguas, con ojos de abismo y voces diseñadas para romper la voluntad. Sus cantos atravesaban puertos, costas, barcos.

Hombres se arrojaban al mar sonriendo.
Pescadores soltaron redes y familias para caminar hacia el agua. Soldados dejaban caer las armas, hipnotizados. Y bajo la superficie los cuerpos eran devorados. Gabriel se puso de pie de golpe.

—¡Miguel! ¡Es Asmodeo!

El cielo se oscureció sobre los océanos. Desde el horizonte, una figura colosal emergió sobre las aguas negras:.Asmodeo, con alas de sombra y corona de huesos marinos, alzaba los brazos.

—La tierra ya no es suficiente —rugió— El mar siempre fue mío.

El inicio de la guerra total

Miguel giró lentamente hacia el océano. Sus alas se plegaron.

—Rafael —ordenó— Contén las costas.

—Gabriel, Uriel —continuó— Protejan a los humanos.

Miguel dio un paso hacia el borde de la ciudad. Y por primera vez en toda la noche sonrió.

—Asmodeo —dijo— ahora sí puedes llamarlo guerra.

El mar rugió en respuesta..Las sirenas cantaron más fuerte. Y el mundo comprendió, demasiado tarde,.que el infierno había decidido reclamarlo todo.




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