Los Hijos Del Olvido

La ciudad que el infierno quiso borrar

La orden de Asmodeo fue clara, precisa y brutal:

No la conquisten..No la corrompan.
BÓRRENLA.

Y el infierno obedeció.

Cuando la ciudad se volvió un campo de guerra

El cielo sobre la ciudad de Adrián se quebró como un vidrio maldito.

No fue una metáfora. Las nubes se partieron en grietas rojas, y de ellas comenzaron a caer demonios inferiores: criaturas deformes, grotescas, sin identidad propia. Eran soldados descartables del infierno: garras, colmillos, alas malformadas, cuerpos cosidos con odio..La gente gritó..Esta vez no huyeron solo por instinto.

Veían.

Veían a los demonios caer sobre calles, edificios, plazas. Veían a criaturas arrancar autos del suelo, destrozar fachadas, incendiar el aire.

Y entonces los vieron a ellos.

Gabriel se alza

Adrián dio un paso al frente. Y dejó de ser solo Adrián. Su sombra se agigantó sobre los edificios, proyectando alas inmensas contra los muros. El viento se detuvo. Las luces parpadearon al ritmo de su corazón.

—Bueno —murmuró, respirando hondo—
parece que se quedaron sin sutileza.

Elías, a su lado, sonrió con nerviosismo.

—Me encanta cuando el infierno pierde la compostura.

Las alas de Gabriel se desplegaron por completo: blancas, doradas, imposibles. Un murmullo recorrió a la multitud.

—Es… un ángel…
—¿Estamos soñando?
—No… mirá… eso no lo soñás…

Gabriel alzó la voz, y resonó como un trueno suave:

—¡NO CRUCEN ESTA CIUDAD!

Los demonios respondieron con risas guturales. Y atacaron.

Uriel entra en juego

Elías dio un salto y en el aire ya no era humano. Uriel emergió envuelto en fuego purificador, un fuego que no quemaba edificios ni personas, solo demonios.

—¡ALTO! —gritó mientras descendía como un meteoro dorado.

Cayó sobre un grupo de demonios y el impacto formó un cráter luminoso. Tres criaturas se desintegraron al instante. Uno de los demonios chilló:

—¡ES EL DEL FUEGO!

Uriel sonrió.

—Gracias por notarlo.

Con un movimiento de mano lanzó una ola de llamas que barrió la calle, limpiándola como si nunca hubiese sido tocada por el infierno. Desde una ventana, una señora gritó:

—¡NENE, CUIDADO DETRÁS TUYO!

Uriel giró justo a tiempo para ver a un demonio saltarle encima.

—¡Gracias, señora!

Lo evaporó de una patada.

Rafael, el ángel que pelea sanando

Rafael aterrizó en medio de una avenida destruida. A su alrededor, humanos heridos, asustados, paralizados.

—Tranquilos —dijo con una sonrisa cansada— nadie se muere hoy.

Extendió las manos. Una ola verde recorrió la calle: huesos se soldaron, heridas cerraron, pulmones volvieron a llenarse de aire. Un chico lo miró boquiabierto.

—¿Sos un médico?

Rafael parpadeó.

—Eh… sí. Pero no acepto obra social.

Un demonio cayó desde arriba intentando atravesarlo. Rafael giró, lo tocó con dos dedos y el demonio se desarmó como polvo mojado.

—Pero tampoco acepto agresiones —añadió.

Eryom protege a los humanos

Dentro de Gabriel, Eryom se concentró. El Nefilim extendió su conciencia como una red invisible sobre toda la ciudad. Y allí donde un demonio intentaba poseer a un humano algo lo detenía. Los ojos de las personas brillaban brevemente en dorado..Las sombras retrocedían..Los demonios gritaban de frustración.

—¡NO PUEDO ENTRAR!
—¡HAY ALGO QUE BLOQUEA!

Eryom habló dentro de Gabriel, firme, decidido:

Esta ciudad no será un criadero de monstruos.

Gabriel sonrió.

—Eso es, hermano.

Un demonio enorme se lanzó hacia una escuela. Gabriel extendió una mano. El aire se volvió sólido. La criatura se estampó contra una barrera invisible.

—Acá no —dijo Gabriel con calma peligrosa— Acá hay niños.

El demonio explotó en una lluvia de ceniza negra. Desde el patio, un chico gritó:

—¡GRACIAS, SEÑOR ÁNGEL!

Gabriel tragó saliva.

—De nada campeón.

Caos, humor y épica

Las batallas se multiplicaban. Uriel perseguía demonios por los techos como si fuera parkour celestial.

—¡VOLVÉ ACÁ, COSA FEA! —gritaba mientras saltaba entre edificios.

Rafael lanzaba bisturíes de luz con precisión quirúrgica.

—Ese fue al corazón… ese al hígado…
—Uy, ese no tenía órganos, mala mía.

Gabriel descendía como una tormenta controlada, cada golpe suyo derribando grupos enteros de demonios.

—¡NO PASAN! —rugía.

Y la gente miraba. Gritaba. Lloraba. Pero también aplaudía.

—¡VAMOS ÁNGELES!
—¡NO NOS DEJEN!
—¡ESA COSA SE COMIÓ MI AUTO!

Uriel gritó desde el aire:

—¡SEÑOR, LO LAMENTO! ¡EL INFIERNO NO CUBRE SEGUROS!

El mensaje de Asmodeo

De pronto, el cielo volvió a oscurecerse. Una risa profunda resonó sobre la ciudad.

—Interesante —dijo Asmodeo desde ninguna parte y todas— muy interesante.

Los demonios comenzaron a retirarse lentamente. No derrotados. Evaluando. La voz continuó:

—Han elegido bien su fortaleza. Pero recuerden esto…

Las luces de la ciudad parpadearon.

—Esta ciudad es solo el comienzo.

El silencio cayó. Los demonios desaparecieron en grietas oscuras.bLa ciudad seguía en pie. Gabriel bajó lentamente al suelo. Elías aterrizó a su lado, cubierto de hollín y fuego apagado. Rafael se apoyó en un poste, agotado pero sonriente. Eryom susurró dentro:

Vendrán más.

Gabriel alzó la vista al cielo rojo.

—Que vengan —respondió con voz firme—
Ahora saben que aquí.no se toca.




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