La costa despertó con un canto. No era música. Era promesa.
Los pescadores fueron los primeros en oírlo: una melodía suave, envolvente, que se colaba entre pensamientos como un recuerdo querido. Dejaron caer redes, motores, nombres. Caminaron hacia el agua con sonrisas tranquilas. Desde los acantilados, las sirenas emergieron.
No eran belleza frágil: eran depredación perfecta. Piel iridiscente, ojos sin pupila, bocas que se abrían más de lo que un rostro debía permitir. Sus colas golpeaban la superficie y el mar respondía, alzándose como un animal entrenado. Un hombre se detuvo al borde, dudó un segundo.
—Volvé —gritó alguien detrás— ¡VOLVÉ!
La sirena inclinó la cabeza y cantó su nombre. El hombre dio un paso más y el agua lo tragó..Abajo, la luz se apagó. Arriba, el canto continuó. Las sirenas devoraban sin prisa. Dientes finos como agujas, manos que sujetaban con ternura mortal. El mar se tiñó de rojo y luego volvió a ser azul, obediente, cómplice.
En los puertos, familias gritaban. En los barcos, tripulaciones enteras desaparecían. Las olas devolvían restos como advertencia.
—El mar es nuestro —susurraron las sirenas al unísono— Y los hombres son el alimento.
La respuesta del cieloEl viento cambió. No sopló: ordenó. Desde el cielo abierto, una sombra atravesó las nubes como una flecha de juicio. Miguel descendió sin tocar el agua; el mar se aplanó bajo su presencia, humillado..Las sirenas levantaron la mirada. El canto titubeó. Miguel no habló. Alzó la espada.
El primer golpe no fue contra carne, sino contra el canto. La melodía se quebró como vidrio y los hombres que aún caminaban hacia el agua cayeron de rodillas, aturdidos pero vivos. Las sirenas gritaron. El mar se alzó en columnas para aplastarlo. Miguel avanzó. Cada paso partía una ola. Cada gesto imponía silencio.
—Regresen a las profundidades —dijo por fin— O no regresarán.
Tres sirenas se lanzaron juntas. Miguel giró la muñeca y la espada dibujó un arco limpio: dos se desintegraron en espuma negra; la tercera cayó, convulsionando, y el mar la rehuyó. El mensaje fue claro. Pero entonces el cielo se oscureció.
Asmodeo llega
La risa precedió al fuego.
—Ah —retumbó la voz— El mar se asusta cuando camina el juez.
El océano hirvió. Del horizonte emergió una figura colosal, coronada de cuernos y sombras: Asmodeo. Sus alas eran tormentas, su aliento quemaba sal y aire.
—Te estaba esperando, Miguel —dijo—Siempre llegas cuando el mundo ya sangra.
Miguel no retrocedió.
—Te irás.
Asmodeo sonrió.
—¿Otra vez? Me encanta cuando finges que decides.
El mar se alzó como muralla. Sirenas supervivientes se agruparon detrás del príncipe, recuperando el canto, ahora más bajo, más venenoso.
Primera embestidaMiguel atacó primero. La espada descendió con una línea de luz que partió el cielo y abrió un tajo en el océano. Asmodeo bloqueó con un ala y el impacto sacudió continentes. Barcos se volcaron a kilómetros; aves cayeron del aire.
—Sigues siendo rápido —rió Asmodeo— Pero el mundo es más frágil ahora.
Asmodeo contraatacó con un golpe de sombra que habría arrasado la costa. Miguel lo absorbió con el cuerpo y devolvió la energía en un estallido dirigido hacia el mar abierto. El agua se evaporó en un radio inmenso, dejando al descubierto el lecho marino por un latido eterno. Sirenas quedaron expuestas, chillando, vulnerables.
—¡Atrás! —ordenó Asmodeo, molesto— Esto es mío.
Miguel avanzó entre vapor y ceniza.
—No juegues con mares ajenos —dijo— Ni con vidas que no te pertenecen.
El precio de cada golpeAsmodeo cambió de táctica. No atacó a Miguel. Atacó la costa. Un gesto suyo y el canto regresó, apuntando a un barrio entero. Gente salió de casas, hipnotizada, caminando hacia el agua.
Miguel se dividió en reflejos de luz, cada uno cortando el hechizo a su paso. Aun así, el esfuerzo se notó: sus alas vibraron, la espada pesó. Asmodeo lo observó con placer.
—Eso es —susurró— Salvarlos te cansa. Matarme sería más fácil.
Miguel apretó la empuñadura.
—Siempre fue más fácil —respondió— Nunca fue correcto.
Se lanzó de nuevo. El choque siguiente rompió el horizonte. Cielo y mar se plegaron como papel. Un relámpago blanco atravesó a Asmodeo de hombro a costado; el demonio rugió, retrocediendo por primera vez. La costa quedó en silencio. Las sirenas se sumergieron, heridas. Asmodeo sonrió, sangrando sombra.
—Bien —dijo—Entonces hagámoslo a tu manera, juez.
A lo lejos, algo enorme se movió bajo el océano, despertado por el combate. Miguel levantó la espada.
—No hoy —sentenció.
El mar respondió con un rugido profundo.