—Te sostienes por el ruido —dijo Miguel— Cuando calla, te caes.
Asmodeo se limpió la sangre de sombra del pecho y rió.
—Y tú te sostienes por reglas. ¿Sabes qué pasa cuando se rompen?
El príncipe de la oscuridad abrió las alas. El cielo se ennegreció un grado más. Del agua surgieron tentáculos de sombra que intentaron atar a Miguel por las piernas. Miguel no cortó: pisó. El mar obedeció y se endureció bajo sus pies, rompiendo las sombras como vidrio mojado.
—No te acerques a la costa —ordenó Miguel.
Asmodeo alzó una mano y el canto volvió, más grave, más obediente. Las sirenas respondieron desde lo profundo, moviéndose como un solo cuerpo.
—La costa ya es mía —susurró— Y la ciudad pronto.
Miguel se lanzó. Esta vez no buscó herir: encerró. Dibujó un círculo de luz con la espada y el aire se cerró alrededor de Asmodeo como una prisión momentánea. El demonio gruñó, forzó las paredes, y sonrió al sentir el costo.
—Te pesa salvarlos —repitió— A mí no me pesa destruirlos.
Miguel apretó los dientes. El círculo cedió. Mientras tanto, en la ciudad, la noche no terminaba de caer. Demonios inferiores seguían brotando de grietas, ahora más coordinados, más agresivos.
—¡Dos a la derecha! —gritó Elías.
Uriel descendió en espiral dorada y limpió una calle entera con fuego purificador. Un demonio intentó escabullirse entre autos.
—¡No! —Uriel lo señaló— ¡Eso es un semáforo nuevo!
El demonio explotó. El semáforo quedó intacto. Un vecino aplaudió desde un balcón.
—¡Bien ahí, rubio!
Gabriel aterrizó frente a un grupo que intentaba trepar un edificio.
—Chicos —dijo con voz peligrosa— Bajen.
No bajaron. Gabriel parpadeó y el aire se volvió pared. Los demonios se estrellaron, se deslizaron y cayeron en un montón humeante.
—Gracias por cooperar —añadió.
Eryom, dentro, expandió su red. Cada intento de posesión se apagaba como una chispa bajo la lluvia. Los humanos sentían un calor breve en el pecho y volvían en sí.
—Respiren —susurró Eryom— Están a salvo.
Una niña lo escuchó. Sonrió y le hizo un saludo torpe con la mano. Gabriel tragó saliva.
—Sigo sin acostumbrarme a eso —murmuró.
En la costa, Rafael llegó corriendo sobre el agua. No volaba: apresuraba al mar para que lo sostuviera. A su alrededor, hombres eran arrastrados por sirenas obedientes al canto de Asmodeo.
—¡Hey! —gritó Rafael— ¡Eso no es consentido!
Extendió las manos y el canto se afinó… pero para sanar. Los oídos humanos dejaron de sangrar; las mentes se despejaron. Un hombre cayó de rodillas en la orilla, temblando.
—¿Qué… qué pasó?
—Una mala canción —respondió Rafael— Ya pasó.
Una sirena emergió, furiosa, colmillos fuera. Rafael suspiró.
—Mirá, no tengo nada contra vos, pero hoy no.
La tocó en la frente. La criatura recuperó la conciencia un segundo, suficiente para llorar antes de desmayarse. Rafael la empujó con cuidado hacia aguas menos profundas.
—Que alguien la ate —pidió— Con sogas. Y con respeto.
Un pescador obedeció, boquiabierto.
—¿Usted quién es?
Rafael sonrió.
—El que no quiere más funerales.
De vuelta al combate principal, Asmodeo forzó el control. El océano se alzó en una ola imposible, lista para caer sobre la ciudad.
Miguel alzó la espada y clavó la punta en el aire. El viento cambió de dueño. La ola se detuvo, tembló… y se desplomó mar adentro como si hubiera recordado su lugar.
—No uses la creación como arma —dijo Miguel— No es tuya.
Asmodeo gruñó, retrocediendo un paso.
—Te crees su guardián —escupió— Pero hoy eliges a quién salvar y a quién dejar morir.
Miguel sintió el golpe. Lo sostuvo.
—Elijo detenerte.
Se lanzó con un tajo que partió el agua en dos y alcanzó a Asmodeo de costado. El demonio cayó al mar, levantando una explosión de espuma negra. Por primera vez, Asmodeo no rió.
La respuesta no tardó. En la ciudad, las grietas se multiplicaron. Demonios más grandes, más rápidos, surgieron como si hubieran estado esperando.
—Subieron la apuesta —dijo Uriel, respirando hondo.
—Entonces igualamos —respondió Gabriel.
Gabriel alzó ambas manos. Las luces de la ciudad palpitaron al unísono. Los postes se encendieron como estrellas domésticas; los vidrios vibraron, firmes, no rompiéndose. El clima se estabilizó.
—¡Atrás! —ordenó.
Los demonios chocaron contra un muro de voluntad. Uriel cruzó por detrás, fuego en arcos precisos, sin tocar un solo humano.
—¿Te das cuenta? —gritó Uriel, riendo pese al caos— ¡Nos están mirando!
—Que miren —respondió Gabriel — Que sepan.
Eryom reforzó la red. Los demonios comenzaron a fallar: ataques que no conectaban, sombras que no obedecían.
—Se están cansando —dijo Eryom— Y nosotros no.
Rafael corta el cantoEn la costa, Rafael levantó la voz, clara, sanadora. El canto de las sirenas se rompió en notas sueltas, sin dirección. Las criaturas se desorientaron, algunas huyeron, otras quedaron inmóviles.
—Ahora —dijo Rafael— Al mar profundo. A dormir.
El océano obedeció. Las sirenas fueron arrastradas hacia abajo, lejos de la costa, desconectadas del control. Rafael miró al cielo.
—Miguel —susurró— Aguantá.
El mar explotó en espuma negra cuando Asmodeo emergió de nuevo, furioso, alas abiertas, ojos encendidos.
—Esto no termina acá —rugió— Ni hoy.
Miguel levantó la espada, firme, cansado pero entero.
—Hoy empieza —respondió.
A kilómetros, la ciudad seguía en pie, iluminada por una voluntad compartida. Gabriel, Uriel y Rafael resistían. Eryom sostenía a los humanos..En lo profundo del océano, algo antiguo abrió un ojo.