Rafael se mantuvo de pie sobre el agua, las manos abiertas, los ojos cerrados. Su poder no era luz que cegaba ni fuego que arrasaba: era comprensión. Penetró en la mente de las sirenas como una marea tibia, desenredando nudos antiguos, rompiendo cadenas invisibles.
—No es su voz —susurró— Nunca lo fue.
Las sirenas comenzaron a emerger una a una. Ya no cantaban. Temblaban. Sus ojos, antes vacíos y dominados, recuperaron matices: miedo, vergüenza, dolor. Una de ellas, la más grande, se acercó con cautela. Su cola golpeó suavemente el agua, como pidiendo permiso.
—Nos usó —dijo con voz quebrada— Nos prometió protección y nos convirtió en armas.
Rafael se arrodilló frente a ellas, sin espada, sin escudo.
—Lo sé —respondió— Y por eso están libres.
Las sirenas inclinaron la cabeza. El mar se aquietó por completo.
—Perdón —murmuraron— Por los hombres. Por la sangre.
Rafael cerró los ojos un instante.
—Regresen a lo profundo —dijo con dulzura—
—Sanen. El océano también merece descanso.
Las criaturas del mar se sumergieron lentamente, desapareciendo entre remolinos suaves. El agua recuperó su azul limpio. Por primera vez desde que comenzó la invasión, la costa quedó en silencio. Rafael respiró hondo.
—Una herida menos —murmuró— Mil por cerrar.
El silencio duró poco. En la ciudad, los demonios rugían.
—¡Gabriel! —gritó Elías desde lo alto de un edificio— ¡A tu izquierda!
Adrián giró justo a tiempo para ver a una criatura de cuatro brazos lanzarse contra él. No retrocedió. Alzó una mano y el aire se plegó como metal caliente. El demonio chocó contra una pared invisible y quedó aplastado como una sombra mal dibujada.
—Gracias —respondió Gabriel, sin mirar— Te debo una.
—Me debés un café —gritó Uriel mientras descendía envuelto en fuego— ¡Y esta vez pago yo!
Uriel cayó entre tres demonios y el impacto levantó una onda de choque que hizo temblar ventanas a varias cuadras. El fuego purificador se extendió como un abanico, limpiando la calle sin tocar a un solo humano. Un demonio intentó arrastrarse fuera del círculo. Uriel lo miró con severidad y cansancio.
—No es personal —dijo— Pero hoy no tengo paciencia.
Lo desintegró con un chasquido. Adrián avanzó por la avenida principal. Cada paso suyo hacía vibrar las farolas. Las luces seguían el ritmo de su corazón: firme, decidido. Eryom, dentro de él, estaba alerta.
Dos más en los techos.
—Los veo.
Gabriel extendió las alas. No voló: saltó. Aterrizó en un techo y giró sobre sí mismo, creando una ráfaga de presión que lanzó a los demonios por los aires. Uno intentó morderle el ala. Mala idea. Gabriel lo sujetó del cuello y lo miró a los ojos.
—Esta ciudad —dijo con voz que no admitía réplica— está bajo mi custodia.
El demonio se deshizo en ceniza antes de tocar el suelo. Desde abajo, un grupo de personas aplaudió entre gritos nerviosos.
—¡Es el ángel!
—¡El de la sombra gigante!
Gabriel miró un segundo hacia ellos. Sonrió apenas.
—Entren a sus casas —pidió— Ya pasó lo peor.
No era verdad. Pero necesitaban creerlo. Elías se movía como una llamarada inteligente. Saltaba, giraba, aterrizaba en lugares imposibles. Cada demonio que intentaba flanquear a Gabriel encontraba fuego.
—¡Eh! —gritó Uriel a uno que se ocultaba detrás de un colectivo volcado— ¡Eso no es cobertura!
El demonio chilló cuando el fuego lo envolvió. Uriel aterrizó junto a Gabriel, espalda con espalda.
—¿Cansado?
—Un poco —admitió Adrián— Pero no hoy.
—Perfecto —sonrió Elías— Porque yo tampoco.
Un grupo entero de demonios cargó contra ellos. Uriel alzó ambas manos.
—¿Listo?
Gabriel asintió. El fuego y la luz se fusionaron en un estallido controlado que recorrió la calle como una ola limpia. Cuando el resplandor se disipó, no quedaba nada salvo asfalto intacto y silencio.
Mientras tanto, Eryom mantenía su red extendida. Cada humano estaba cubierto por un velo dorado imperceptible. Los demonios, frustrados, chocaban contra una barrera que no entendían.
— No pasarán — pensó Eryom, con una determinación nueva.
Gabriel sintió ese pensamiento y sonrió.
—Estás creciendo —le dijo en voz baja.
— Porque me quedé — respondió Eryom— Y porque elegiste salvarme.
Un demonio enorme, cubierto de espinas, logró romper una pared y avanzó hacia un refugio improvisado. Gabriel se adelantó.
—No.
Clavó los pies en el suelo y extendió las alas. La sombra gigantesca cubrió toda la calle. El demonio se detuvo, dudó y retrocedió.
—Eso creí —murmuró Gabriel.
Desde el cielo, una risa apagada resonó. No era Asmodeo. Era algo más frío. Gabriel alzó la vista. Uriel frunció el ceño.
—¿Sentís eso?
Eryom se tensó dentro.
No terminó.
A lo lejos, en la línea del horizonte, el aire comenzó a plegarse de nuevo. Y esta vez no venía solo el infierno.