—¡TÚ NO TIENES DERECHO! —rugió—
—¡EL PADRE NOS ABANDONÓ A TODOS!
Su poder se desató en una explosión de sombras que habría consumido continentes enteros. Miguel no retrocedió. Clavó los pies en la nada y alzó la espada del Juicio. La luz que brotó de ella no fue cegadora: fue inevitable.
—El Padre no abandona —respondió con voz serena y terrible— Somos nosotros quienes elegimos caer.
Asmodeo lanzó cadenas de oscuridad, tentáculos de deseo, recuerdos corruptos destinados a quebrar la voluntad del arcángel más poderoso. Miguel los recibió
y no cedió. Cada tentación se deshizo al tocar su esencia.
—No me hablas a mí —dijo Miguel, avanzando— Hablas a tu culpa.
Con un movimiento preciso, cortó. No carne.
No alas.nCortó el vínculo de Asmodeo con la Tierra. El príncipe de la oscuridad gritó por primera vez sin burla.
—¡NO! ¡AÚN NO!
Miguel desplegó sus alas completas. El firmamento se ordenó alrededor de él.
—Basta.
El último golpe no fue un tajo. Fue un veredicto. Asmodeo cayó, arrastrado por un vórtice de luz inversa, devuelto al inframundo más profundo, sellado en una prisión idéntica a la de Astaroth: sin influencia, sin voz, sin poder sobre la creación.
—Por siglos —declaró Miguel— Hasta que el equilibrio lo permita si es que lo permite.
El abismo se cerró. El cielo sanó. Y en el mismo instante….
El silencio tras la tormentaEn la Tierra, los demonios inferiores se desvanecieron. No huyeron. No lucharon.
Simplemente dejaron de existir. Las grietas se cerraron como cicatrices antiguas. El fuego se apagó. Las sombras retrocedieron.
Las personas cayeron de rodillas, llorando, abrazándose, sin comprender del todo… pero sabiendo. La ciudad respiró. Gabriel descendió lentamente, las alas aún abiertas. Uriel aterrizó a su lado. Rafael llegó desde la costa, empapado, exhausto pero sonriendo. Dentro de Gabriel, Eryom sentía algo nuevo: paz.
—Se acabó —murmuró Elías— Al menos por ahora.
Gabriel asintió, mirando el cielo que volvía a ser azul.
—Ganamos.
La voz del PadreEl mundo se aquietó..No hubo trueno. No hubo relámpago. Solo una presencia que envolvió a los cinco como un manto tibio. La voz del Padre resonó en lo más profundo de sus esencias. No era autoridad. Era orgullo.
—Miguel, guardián del equilibrio. Rafael, sanador de lo que incluso los cielos temían tocar. Uriel, fuego que purifica sin destruir.
Gabriel, amor que eligió proteger incluso cuando dolía. Eryom, hijo del error y de la redención.
Los cinco inclinaron la cabeza.
—Habéis defendido mi creación —continuó la voz— No por obediencia sino por compasión.
La presencia se volvió más suave.
—El infierno ha sido sellado. La Tierra vivirá.
Un silencio reverente los envolvió.
—Descansad —concluyó el Padre— Habéis triunfado.
La voz se retiró. Las alas se replegaron. Elías soltó el aire que llevaba conteniendo.
—Bueno —dijo, mirando a Adrián— ¿Helado?
Gabriel rió, cansado, humano otra vez.
—Helado.
Rafael negó con la cabeza, sonriendo.
—Después de todo esto sí, por favor.
Dentro, Eryom cerró los ojos.
— Gracias — susurró.
Y por primera vez desde que el mundo comenzó a temblar la noche fue tranquila.