La notificación de desalojo pegada en la puerta del apartamento parecía una mancha de
sangre sobre la madera gastada. Me quedé inmóvil, observando el sello rojo oficial mientras el
frío de la mañana se me colaba por la tela fina de la chaqueta. Las palabras lanzamiento y
fuerza pública bailaban frente a mis ojos con una crueldad metódica. Cuarenta y ocho horas.
Eso era todo lo que me quedaba del único refugio que había conocido desde los dos años.
Tragué saliva, arranqué el papel con un movimiento seco, lo doblé hasta convertirlo en un
cuadrado diminuto y me lo guardé en el bolsillo. No había tiempo para paralizarse. La
desesperación tiene una forma muy particular de afilar los sentidos: o te dejas aplastar por ella,
o la conviertes en la fuerza que te mueve las piernas.
Apreté las cintas de mi bolso raído y salí a la calle. Iba a buscar trabajo. Tenía que conseguir
dinero antes de que el plazo se agotara.
Recorrí la zona comercial del barrio durante más de cuatro horas. Entré en restaurantes de
comida rápida, en lavanderías, en pequeñas papelerías, en panaderías donde el olor al pan
recién horneado me revolvía el estómago de hambre. La respuesta siempre era la misma: una
mirada rápida a mi ropa descolorida, un gesto de desdén y la misma frase repetida como un
eco hueco: «No estamos contratando», «Buscamos a alguien con experiencia», «Eres menor
de edad, no quiero problemas con la inspección del trabajo».
A mediodía, con los pies ampollados y las manos frías, regresé al edificio con la intención de
enfrentar la única opción que me quedaba: negociar.
El señor Morales estaba en el pasillo del primer piso, revisando los medidores de agua con una
linterna entre los dientes. Era un hombre bajo, de vientre prominente y calva grasienta, que
siempre olía a cigarrillo barato y detergente industrial.
—Señor Morales... —dije, tratando de mantener la voz firme.
El hombre apagó la linterna, se giró despacio y me miró por encima de sus gafas de lectura.
—Valeria. Supongo que ya viste la notificación en tu puerta. No digas que no te lo advertí.
Fueron tres meses de paciencia, y la paciencia no paga los impuestos del edificio.
—Por favor, escúcheme cinco minutos —le supliqué, dando un paso hacia él y sacando de mi
bolso la hoja de papel con los resultados del colegio—. Mire esto. Tuve las mejores
calificaciones en las pruebas finales del colegio en toda la región. Presento la prueba de
acceso a la universidad la próxima semana. Puedo trabajar en lo que sea. Limpiaré las
escaleras de todo el edificio, arreglaré los patios, haré las cuentas de los alquileres... Denme un
mes. Dos semanas. Les iré pagando la deuda en cuotas semanales con lo que gane, pero no
me ponga en la calle.
Morales miró la hoja de calificaciones con una mezcla de apatía y fastidio. Ni siquiera se
molestó en tomarla en sus manos.
—Las notas no pagan la factura de la luz, muchacha —dijo con una frialdad que me congeló la
sangre—. El talento sin dinero no sirve para nada en este mundo. Ya tengo a una pareja de
estudiantes dispuestos a mudarse este mismo fin de semana. Me van a pagar seis meses por
adelantado y en efectivo. ¿Tú puedes hacer eso?
—Señor Morales, mi madre acaba de morir...
—Y lo lamento, de verdad. Elena era una buena mujer —interrumpió, alzando la mano para
frenar mis palabras—. Pero esto es un negocio, no una fundación de caridad. Tienes hasta el
sábado por la mañana. Si a las ocho no has sacado tus cosas, vendrán los agentes de la
policía y sacaremos las cajas a la acera. Estás avisada.
Se dio la vuelta, metió las llaves en el bolsillo de su pantalón y caminó hacia la salida sin volver
a mirarme.
Me quedé sola en la penumbra del pasillo, sintiendo una punzada de rabia en el centro del
pecho. Apreté las hojas del colegio en mi mano hasta arrugarlas. El talento sin dinero no sirve
para nada en este mundo. Las palabras de Morales resonaron en mi cabeza con el peso de
una condena, pero también como una lección que jamás olvidaría.
Salí de nuevo a la calle, movida por un último impulso de supervivencia. Caminé más allá de
los límites del barrio, adentrándome en la zona de depósitos y distribuidoras mayoristas cerca
de la avenida principal.
En una esquina gris y ruidosa, entre camiones descargando bultos de harina y cajas de aceite,
vi un letrero escrito a mano con marcador negro sobre cartón: Comercializadora y Distribuidora
Los Andes. Se busca auxiliar.
Entré sin dudarlo. El lugar era un almacén enorme, lleno de hileras de estantes de madera
cargados de granos, conservas y abarrotes. Al fondo, tras una reja de hierro, un hombre de
unos cincuenta años, en mangas de camisa y con una visera de plástico verde, discutía
acaloradamente frente a una calculadora de bobina de papel que no paraba de emitir un
chasquido metálico.
—¡No me cuadran quince millones de pesos, carajo! —gritaba el hombre hacia un empleado
asustado que sostenía una rila de facturas—. ¡Alguien metió las patas en las retenciones del
último trimestre o la oficina de impuestos me va a cerrar el negocio la otra semana!
—Disculpe —dije acercándome a la reja.
El hombre me miró con fastidio, secándose el sudor de la frente con un pañuelo sucio.
—Ahora no estoy atendiendo al detal, niña. Vuelve más tarde o ve a la tienda de la esquina.
—Vi el letrero de afuera —dije firmemente, señalando la calle—. Sé contabilidad básica y
análisis de estados financieros. Si me deja revisar esos libros, le encontraré el error en diez
minutos.
El dueño soltó una carcajada amarga, llena de escepticismo.
—¿Tú? Si apenas pareces una colegiala que no ha comido en tres días.
Editado: 10.09.2026