Los Hijos Que Le Crie A Mi Esposo

Capítulo 2

POV Adrián

A las dos de la tarde salí de mi oficina para la junta con los de Dallas y lo primero que vi fue el escritorio de Valeria vacío.

Me detuve ahí con los expedientes bajo el brazo, porque Valeria Solís entra a las juntas quince minutos antes que yo, con la tablet cargada y con la lista de todo lo que a mí se me va a olvidar preguntar, y en tres años no me ha faltado un día.

Miré el reloj y entré solo.

Cuatro horas discutiendo una cláusula de once líneas con tres abogados que cobran por hora, y cuando salí ya era de noche y ella seguía sin escribirme. A las once apagué la luz de mi oficina pensando que mañana me lo explicaría, como el imbécil optimista que era yo hace veinticuatro horas.

Llegué a mi casa pasadas las once y media, y encontré a Doña Rosa despierta en la cocina, lavando una taza que ya estaba limpia.

—Buenas noches, señor Adrián.

—¿Y usted por qué no se ha acostado?

Cerró la llave, se secó las manos en el delantal y se tardó demasiado en darse la vuelta.

—Lo estaba esperando. —Me miró de frente—. La señora se fue esta tarde, señor.

—¿Se fue a dónde?

—Se fue. Vinieron dos muchachos con un camión, sacaron todo lo del ala este y ella se fue con ellos.

Dejé el maletín en la mesa de la cocina y me aflojé la corbata, porque de repente la corbata me estorbaba mucho.

—¿Y las niñas?

—Dormidas, señor, están bien.

—Le pregunto si las vio.

Doña Rosa se tomó su tiempo, y ese silencio suyo fue peor que lo del camión.

—Julia estaba armando el rompecabezas en la sala cuando la señora bajó con la última caja —dijo por fin—, y la niña se le fue detrás diciéndole mami, mami, ven a ver. La señora le dijo que tenía prisa y que se portara bien, y salió.

—¿Eso fue todo?

—Eso fue todo. Dejó esta carpeta para usted.

Me la entregó y se quedó ahí, con las manos juntas, esperando a ver si yo me caía o algo.

—Váyase a dormir, Doña Rosa.

—Señor…

—Mañana hablamos, se lo prometo. Váyase a dormir.

Me serví un whisky doble antes de entrar al despacho.

En la carpeta venían los papeles del divorcio firmados ante notario, con renuncia a la custodia, a la pensión y a cada dólar del patrimonio, y una carta con esa letra suya que parece de revista.

Adrián, te dejo libre. La custodia es tuya. No la voy a pelear. Ya conoces el motivo. No me busques. Diles a las niñas que mami se fue de viaje largo. Estarán mejor sin mí. Sofía.

Me terminé el whisky de un trago.

Que se fuera yo lo entendía, porque ese matrimonio hacía años que era un contrato con dos firmas y dos alas de la misma casa. Lo que no me cabía era que una mujer bajara una caja por la escalera, viera a su hija de cinco años levantarse del piso para mostrarle un rompecabezas y le contestara que se portara bien.

Con todo lo que le pagué para que estuviera contenta, lo único que le pedía a cambio era que esas dos niñas le importaran, aunque fuera un poco.

Estaba buscando el número de Matías, porque a medianoche uno solo tiene dos opciones, llamar al abogado o llamar al mejor amigo, y a mi mejor amigo pensaba llamarlo al día siguiente con la cabeza fría, cuando el teléfono me vibró en la mano.

Número desconocido, sin texto, tres fotos.

La primera era la terminal internacional del aeropuerto de Houston, mi esposa con las dos manos en la cara de un hombre, besándolo contra una columna como no me besaba a mí desde antes de que nacieran las niñas, y la maleta que le regalé en nuestro aniversario tirada en el piso entre los dos.

Me tardé un segundo entero en reconocerlo, porque mi cabeza no lo quería poner ahí.

Rafael.

Me eché para atrás en la silla.

—No.

Lo dije en voz alta, solo, en un despacho vacío, y me levanté y caminé hasta la ventana y volví, y la foto seguía ahí.

En la segunda estaban los dos pasando migración tomados de la mano, él riéndose de algo que ella acababa de decirle, y yo conozco esa risa porque me he reído con ella en veinte cumpleaños y en la sala de espera de la clínica el día que nacieron mis hijas, cuando él estaba conmigo porque yo no aguantaba estar solo.

Llevaba puesta la chaqueta que le regalé.

Amplié la imagen sin saber para qué, supongo que, para hacerme más daño, y ahí estaba el reloj que le mandé grabar por sus cuarenta años, ese que dicté por teléfono desde esta misma silla, deletreándolo dos veces para que no se equivocaran.

Hermanos para siempre.

La tercera foto eran dos boletos de primera clase, Houston-París, con la fecha de esa misma tarde, y abajo, en letra chica, la fecha de compra.

Diecisiete de abril.

Bajé el teléfono y me quedé mirando la pared, porque el sábado siguiente al diecisiete de abril ese hombre estuvo en mi casa, se comió dos platos de lo que preparó Doña Rosa, cargó a Julieta en los hombros por todo el jardín y me preguntó si ya había pensado en cambiarle el colegio a las niñas, con los boletos ya comprados.

Marqué su número y me salió el buzón, marqué otra vez y le hablé al buzón, y no pienso repetir lo que le dije, y a la tercera se me fue el teléfono contra la pared antes de terminar de marcar.

Recogí el aparato del piso, le limpié el vidrio con la manga de la camisa y volví a leer la carta.

Ya conoces el motivo.

Ahí estaba lo mejor de todo: se largó convencida de que yo sabía y de que me hacía el idiota por conveniencia.

Y yo mandando a grabar relojes.

Subí a las dos de la mañana sin recordar haber decidido subir.

En el cuarto de mis hijas hay dos camas, pero ellas duermen en una sola cuando yo llego tarde, Julia con el pulgar en la boca y Julieta agarrada del cabello de su hermana, y en la sala, cuando pasé, el rompecabezas seguía a medio armar en el piso.

Me senté entre las dos camas con la camisa de la junta todavía puesta y apoyé la cabeza contra el colchón. Julieta se removió y abrió un ojo.




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