— Valeria
Salí de esa habitación sin mirar atrás y sin llorar, porque esa gente no se merecía una lágrima mía en un pasillo público.
Aguanté hasta el estacionamiento. Me metí al carro, puse las manos en el volante y me quedé un rato mirando la pared de concreto que tenía enfrente, esperando a que se me pasara el temblor de las piernas para poder manejar.
Arranqué hacia mi casa por costumbre, porque uno siempre maneja para su casa.
A tres cuadras me orillé.
Si yo llegaba, tenía que estacionar frente al jardín, y desde ahí se ve la ventana de la cocina del anexo. A esa hora Camila les estaría sirviendo la cena a Isabella y a Valentina, y yo las iba a ver adentro, a Isabella con el pelo mojado de la ducha y a Valentina peleando por no comerse algo, como todas las noches de los últimos años. Me iba a bajar del carro y les iba a decir hola, mis amores, porque llevo once años diciéndoles así, y ellas iban a salir corriendo a abrazarme las piernas.
Y ahí me quebraba.
Delante de esas niñas me quebraba, y eso sí que no se los iba a dar.
Manejé sin rumbo un par de horas, me estacioné en un lugar de comida rápida que ni siquiera recuerdo, y a las once y media terminé en la Castellanos Tower, que era el único techo que me quedaba en esta ciudad.
El vigilante de la noche me dejó pasar sin preguntarme nada, porque lleva tres años viéndome entrar a horas absurdas. Subí al treinta y ocho. Todo estaba apagado, con las luces de emergencia puestas y el despacho de Adrián cerrado con llave, así que él ya se había ido hacía rato.
Abrí con mi llave maestra y me metí a la salita privada donde él tiene un sofá cama y dos camitas plegables para cuando le toca traerse a las gemelas.
Sobre la mesa estaba el portarretrato de siempre. Él, su esposa y las niñas en la playa, los cuatro sonriendo.
Lo levanté y lo estuve mirando un rato largo.
—Por lo menos alguien todavía es feliz —le dije al vidrio, y lo volví a poner en su sitio.
Me quité los tacones, me acosté vestida en ese sofá y ahí sí, con la puerta cerrada y nadie mirándome, me rompí. Lloré mordiendo el cojín para que no me oyera el vigilante, como no lloré ni el día que el médico me dijo que yo nunca iba a poder tener hijos.
Me dormí pasadas las tres.
A las seis y media me despertaron las aspiradoras del personal de limpieza. Me levanté con la boca seca y la espalda hecha un nudo, saqué del clóset la ropa de emergencia que guardo ahí desde hace años, me lavé la cara en el baño de servicio y me senté en el borde del sofá a maquillarme con el espejito del bolso.
Iba por el segundo ojo cuando se abrió la puerta.
—Perdón. —Adrián se quedó con la mano en la manija—. Pensé que no había nadie.
Me levanté tan rápido que se me cayó el delineador al piso.
Ahí estaba yo, en medias, con el blazer sin abotonar, media cara pintada y la otra media con la hinchazón de tres horas de llanto, y mi jefe en la puerta con la misma camisa del día anterior.
—Señor Castellanos, yo… —Me agaché por el delineador y lo metí al bolso—. Discúlpeme. Se me hizo tardísimo con los pendientes del consorcio y preferí no manejar a esa hora, debí avisarle.
Él miró el sofá deshecho, los tacones puestos uno al lado del otro en el piso, el portarretrato corrido de su sitio.
—Yo me fui de aquí a las once —dijo despacio—. Y no la vi.
—Llegué después, señor.
—¿Después de las once?
—Tenía que dejar cerrado lo del consorcio. —Me abotoné el blazer sin mirarlo—. ¿Le sirvo el café aquí o en la sala de juntas?
Se quedó callado el tiempo justo para que yo supiera que no me había creído ni media palabra.
—En la sala —dijo, y señaló la puerta con la cabeza—. Tómese su tiempo. Yo espero afuera.
Cerró.
Me senté otra vez en ese sofá con las manos temblándome y me terminé de pintar el otro ojo respirando por la boca, porque si algo he aprendido en esta vida es que nada se arregla llorando en el baño de una oficina, y menos con los ojos así.
A las ocho en punto toqué su puerta con la tablet contra el pecho.
—Buenos días, señor Castellanos. El señor García está subiendo, avisaron de recepción. Le dejé el resumen del consorcio en la carpeta azul y el acta de ayer marcada en los puntos que le interesan.
Me miró un segundo más de la cuenta.
—¿Está todo bien, Valeria?
—Todo bien, señor.
Se encerró con el señor García en la sala de juntas, y yo me senté en mi escritorio a hacer lo único que me estaba salvando: trabajar. Cancelé, moví, contesté correos, reorganicé una agenda entera. Tenía el teléfono boca abajo al lado del teclado, con treinta y tantas llamadas perdidas de Diego, dos mensajes de mi madre y uno de Camila que no abrí.
A las diez y media salieron los dos con los sacos puestos.
—Valeria, me voy con Matías al bufete —me dijo Adrián, ya caminando hacia el ascensor—. Firma de documentos con los abogados del consorcio. Es en el piso de bóvedas, ahí abajo no entra señal y nos recogen los teléfonos en la entrada.
—¿Hasta qué hora, señor?
—Ni idea. Dos horas, tres. Lo que se demoren en leerlo todo en voz alta.
—Perfecto, señor. Yo le sostengo la agenda.
Se cerró el ascensor y me quedé ahí parada con la tablet en la mano, pensando en lo cómodo que debe ser que a uno le apaguen el mundo tres horas.
El teléfono fijo sonó a las once y veinte.
—¿Señora Valeria? —Era Doña Rosa, con la voz temblorosa y ruido de gente detrás—. Soy Rosa, de la casa del señor Castellanos. Estoy en urgencias del Methodist con las niñas, las dos amanecieron con fiebre y a Julia se le subió a cuarenta. Le he marcado al señor como quince veces y me manda directo al buzón.
—Está en una firma, Doña Rosa, le quitaron el teléfono. ¿Qué dicen los médicos?
—Todavía nada, seguimos esperando turno, y Julieta no para de llorar desde que salimos de la casa. —Se le quebró la voz—. Yo aquí sola no sé qué hacer, señora, yo no sé de estas cosas.
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Editado: 06.10.2026