Los Hijos Que Le Crie A Mi Esposo

Capitulo 5

—No se mueva de ahí —le dije—. Voy para allá.

Colgué, le dejé a Adrián un mensaje en el chat interno para cuando prendiera el teléfono, agarré el bolso y bajé con los tacones en la mano.

Llegué en quince minutos.

Encontré a Doña Rosa en un pasillo de urgencias con Julia en brazos y Julieta agarrada de su falda, llorando las dos, la mujer despeinada y con cara de no haber dormido.

—Ay, señora, bendito sea Dios.

Me agaché a la altura de las niñas. A esas dos las había visto cuatro o cinco veces en la oficina, en los almuerzos, cuando su papá no tenía con quién dejarlas.

—Hola, Julieta. —Le puse la mano en la espalda—. ¿Te duele la garganta?

La niña asintió con la cara hecha un mar de lágrimas y los mocos hasta la barbilla.

—A mí también me dolía así cuando era chiquita, y mi mamá me daba helado. —Le limpié la cara con el pulgar—. Vamos a conseguirte uno apenas el doctor diga que sí. Pero hay un problema.

Dejó de llorar lo suficiente para mirarme.

—¿Cuál?

—Que aquí solo dejan comer helado a las princesas guerreras, y yo no sé si tú eres una.

—Sí soy.

—¿Y tu hermana?

—También.

—Entonces siéntate conmigo, que te voy a contar lo que hizo la última princesa guerrera que conocí, que también tenía una hermana y las dos peleaban con un dragón que tenía la garganta roja.

Me la senté en las piernas en una silla de plástico y me inventé un cuento que no tenía ni pies ni cabeza, con dos princesas que se llamaban igual que ellas, mientras Doña Rosa me miraba con la boca abierta.

Julieta se durmió antes de que yo llegara al dragón.

Nos pasaron a una habitación de pediatría a las doce, la 620. Infección de garganta, fuerte, pero nada grave, antibiótico y líquidos. Cuando por fin les bajó la fiebre a las dos las acosté en la cama, y Julia me agarró el brazo con las dos manos y no me lo soltó.

—No te vayas.

—No me voy.

Me recosté encima del cobertor, Julieta se me metió en el hueco del cuello, y me quedé dormida con dos niñas ajenas encima después de la peor noche de mi vida.

Me despertó la voz de Doña Rosa hablando bajito en el pasillo.

Era la una menos cuarto y Adrián estaba parado en la puerta con el saco en la mano.

Me levanté de un salto, les acomodé las sábanas a las dos, primero a Julia y después a Julieta, y me puse el blazer.

—Señor Castellanos, casi me mata del susto.

—No era la intención.

—Ya las revisó el pediatra, las dan de alta esta tarde con antibiótico. —Ya tenía la tablet en la mano—. Ahora que usted está aquí me voy a la oficina, hay que mover sus reuniones de hoy y las de mañana.

—Valeria, siéntese cinco minutos.

—Estoy bien, señor.

—No le pregunté cómo está.

Le sostuve la mirada dos segundos y no le di ni uno más.

—Es mi trabajo, señor.

Salí de la habitación y él salió detrás de mí, y yo caminé hacia el ascensor con la tablet contra el pecho, y en ese momento se abrió la puerta de la escalera del fondo, la que conecta pediatría con el piso de abajo.

Salió Camila con un vaso de café en cada mano.

Y ahí me acordé, con una claridad que me dio náuseas, de que Mateo estaba internado un piso más abajo desde la tarde anterior, recuperándose de un trasplante que le pagó mi marido con su propia médula.

De todos los hospitales de esta ciudad, yo había tenido que venir justo a este.

Camila se quedó clavada en la mitad del corredor.

—Hermana.

—No —le dije.

Puso los dos vasos en la repisa de las revistas y vino hacia mí con los ojos ya llenos de lágrimas, porque a esa mujer el llanto le sale cuando lo llama.

—Valeria, escúchame, por favor. Anoche te fuiste sin dejarme hablar.

—Quítate de mi camino.

—Yo nunca quise que pasara esto, te lo juro por mis hijos. —Se le quebró la voz en la palabra hijos—. Diego quería ser papá y tú no podías dárselo, y una noche pasó, una sola noche, y después ya no supe cómo decírtelo…

Una enfermera se detuvo con la bandeja a media altura. Un señor levantó la cabeza del celular. Las dos mujeres de la sala de espera dejaron de hablar a la mitad de la frase.

—Una noche —le dije.

—Una noche, hermana, te lo juro.

—Tres hijos, Camila. Once años. —Sentí que se me subía algo por el pecho y no hice nada por bajarlo—. Yo te limpiaba los mocos cuando mamá trabajaba de noche. Yo te pagué la universidad. Yo te metí en mi casa, te construí un techo en mi jardín y te acompañé a una estación de policía a poner una denuncia por una violación que tú te inventaste.

—Baja la voz, por favor.

—Y tú te sentabas a desayunar conmigo todas las mañanas, once años, con mi café en la mano, mirándome a la cara.

—Yo también he sufrido, tú no tienes ni idea de lo que es vivir así…

Y esa fue la que no le aguanté.

Me le fui encima de dos pasos y le solté una cachetada que sonó en ese pasillo como un disparo.

Camila trastabilló hacia atrás con la mano en la mejilla, y se quedó mirándome con los ojos redondos, porque yo en treinta y siete años de vida nunca le había puesto un dedo encima a nadie.

—Eso es por la denuncia —le dije, acomodándome el pelo—. Lo demás te lo va a cobrar la vida, que tiene más paciencia que yo.

—Hermana…

—Y desaparécete antes de que se me olvide que esto es un hospital.

Camila levantó la cara y miró por encima de mi hombro, un segundo, con esa expresión de la que acaba de encontrar testigo.

Y ahí se me heló la sangre.

Porque yo había salido de esa habitación con él pisándome los talones, y en algún punto de esos cuatro minutos se me olvidó por completo que iba caminando detrás de mí.

Me di la vuelta despacio.

Adrián estaba a dos metros, con el saco en la mano, exactamente donde yo lo había dejado al salir.

Llevaba ahí desde el principio.




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