Como amigo de Hernán y Darly, vengo a contar su historia; llena de altibajos, alegrías y tristezas. Todo comenzó en la adolescencia, por allá en 1989, en aquellos tiempos difíciles, donde muchos colombianos intentaban huir del país. Para la mayoría, era seguro con su vida.
Mis amigos y yo cursábamos quinto de bachiller, y aunque Hernán negaba lo que sentía por Darly, lo podía ver en sus ojos cada vez que nos encontrábamos con ella. Pero nunca me pidió que se la presentara.
—¡Hernán, date prisa! Que tu amigo te está esperando —grita doña Leticia.
—Madre, dile que me espere un par de minutos —contestó mi amigo, colocándose el saco azul del colegio.
Su madre se acerca a la puerta de la habitación y le recrimina en voz baja: —Deja de ver televisión hasta la madrugada, allí está esperando. Yo no le digo nada.
—Madre, mejor dicho, doña Leticia, ¿por qué eres tan dura conmigo? —
—¡No pierdas el tiempo y ve, que vas a perder tus clases! —exclamó su madre, enojada.
—La bendición, madre, y me guarda el desayuno —dijo Hernán.
—Dios te bendiga, hijo. ¡Apúrate que vas a llegar tarde! —gritó doña Lucrecia, mientras Hernán cerraba la puerta de su casa.
—Por poco no sales, seguro te estabas arreglando para Darly —comenté.
—¡Cállate, Mauricio! Sabes que no siento nada por ella —contestó furioso, y me dio un puñetazo en la espalda.
—Te iba a decir algo, pero mejor no. Más bien, te invito a cine. Voy con Darly y Sandra —le propuse.
—No te creo. Además, Sandra no saldría contigo —.
—No me creas. ¡Corre, que ya van a cerrar! —le grité, y empezamos a correr.
—Ya ves, Hernán, por arreglarte para Darly, casi llegamos tarde —.
—¡Cállate! Ahí está ella —me contestó, en voz baja, y se sonrojó.
—Iré a saludarla. ¿Quieres que le diga algo? —pregunté.
—Mira, Mauricio, deja de molestarme con Darly —me advirtió, mirando a su ilusión.
Era evidente que Hernán estaba enamorado de mi amiga, creo que ella también lo sabe.
Luego de saludar a Darly, me dirigí al salón, que ya estaba cerrado. Golpeé la puerta y el profesor, enojado, respondió: —Sigue, Mauricio. Como siempre, llegas tarde.
Es como si tuviera una especie de clarividencia, el profesor.
—Lo siento, me detuve a hablar con el profesor de Matemáticas —me excusé, y me senté en mi pupitre.
—Saca tu libro de historia y ve a la página 55 —me indicó.
—Está bien, profe —.
Hago lo que dice el profesor, pero no pierdo la oportunidad de molestar a mi amigo.
—Hernán, Darly te manda saludos —le dije.
—¡Cállate! Déjame tranquilo —.
—Le dije a Darly que el sábado llevaría a un amigo al cine —.
—¿Y qué te dijo? —preguntó.
—Jaja, parece que te interesa —.
—¿Qué pasa ahí? —gritó el profe, mirando con enojo a Hernán.
—Nada, profe, solo le decía la página que nos toca leer en el libro —.
—Página 55, La guerra del Peloponeso —recordó el profesor.
Al terminar las clases, de camino a casa, Hernán me preguntó: —¿Es verdad que irás al cine con Darly y Sandra? —
—Todos los sábados vamos al cine —le respondí.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —me reclamó, cruzando la calle.
—Como dices: que Darly no te interesa —.
—¡Está bien! Ella me gusta, y nada más —confesó, pateando una piedra.
—Para mí, estás enamorado de ella —le molesto, me hago a un lado para que no me dé un puño.
—¡Qué te importa! Si estoy enamorado de ella, solo dime si me llevarás contigo al cine —.
—Lo siento, pero tenemos la costumbre de ir solo los tres —.
—¿Y no le habías dicho que llevarías a un amigo? —preguntó, molesto.
—Sí, pero me dijeron que no —mentí, viendo su rostro enojado.
—¿Puedes llevarme? —.
—¿Qué te dije, Hernán? ¡Ellas dijeron que no! —
—¡No importa! Solo llévame —me suplicó.
—¡Está bien! Pero si ellas se enojan, te quedas afuera del cine —.
Mi amigo se quedó pensando un momento y luego dijo: —Bueno, me regreso a casa.
—Nos vemos mañana en el colegio —le dije, despidiéndome.
—¡No te olvides del sábado! —me gritó desde su casa, y le respondí: —¡Cálmate, que apenas es miércoles! —
—¡Lo sé! Pero ya quiero que sea sábado —.
—Jaja, y luego dices que no la amas —le grité, sonriendo, y me fui a mi casa.
El día tan esperado por Hernán había llegado. Parecía emocionado y nervioso.
—Hola, Hernán, solo vamos al cine, no a tu matrimonio —.
—No empieces con tus comentarios inapropiados —.
—Ellas no saben que vas conmigo, así que soporta lo que pasé —le dije, dándole una palmada en el hombro.
—Solo llévame y ¡cállate! —me respondió.
Luego de media hora de camino, llegamos a donde nos esperaban mis amigas.
La emoción de Hernán era evidente. Darly estaba hermosa, con ojos cafés claros, llenos de alegría, y Sandra, con su figura de modelo, llamaba la atención de muchos adolescentes.
—Hola, Mauricio —dijo Darly, y me dio un beso en la mejilla.
—Hola, Darly. Traje a un amigo —le respondí.
Sandra nos miró y dijo: —Acabaste de arruinar nuestra tradición. Solo los tres, es casi una ley —.
—Jaja, no le hagas caso. Hola, soy Darly —.
—¡Contesta! —le grité a Hernán.
—Hola, me llamo Hernán. Un gusto conocerte —contestó, con voz temblorosa, y sus nervios hicieron que sostuviera la mano de Darly más de lo habitual.
—¡Ya, suéltala! —exclamó Sandra, separándolos.
—¡Lo siento! —se disculpó Hernán, ruborizado.
—Y tú, Sandra, ¿no vas a saludar a mi amigo? —le pregunté, dándole un beso en la mejilla.
—¿Para qué? Para que nunca suelte mi mano —respondió ella.
—Sandra, saluda a Hernán —ordenó Darly.
—¡Está bien! Hola, Hernán, pero sin darme la mano —dijo Sandra, a mi amigo, aún sonrojada por lo ocurrido con Darly.
—Hola —respondió Hernán.
Aunque ella me miraba con Hernán, nunca me preguntó por él. Sin embargo, noté cierta atracción entre los dos. Quizás, el amor se comporta así.
#14435 en Novela romántica
#7905 en Otros
#1308 en Humor
ilusion, amor desilusion encuentros inesperados, romance a escondidas amor celos
Editado: 22.02.2026