La felicidad se le notaba en los ojos de mi amigo, quien le dice a su madre, al entrar a la casa: —¡Madre, estoy feliz! —
—¿Feliz de qué? ¿De andar en la calle como un pendejo? —
—Jaja, no, salí al cine con unos amigos, con una hermosa chica de la cual estoy enamorado—.
—¡Ay, Dios! Dedícate a estudiar y luego busca una novia —le aconseja su madre, y le pega con el limpión en la espalda—.
—Madre, es que ella me gusta mucho—.
—Solo te digo que no me vayas a traer a un muchachito para que lo cuide—.
—No digas esas cosas, aún no pienso ser padre —aclara Hernán, y abraza a su madre.
—Jaja, jaja, todos dicen lo mismo y luego terminan arrepentidos de meter las patas —comenta doña Leticia—.
—¡La bendición! Mejor me voy a mi cuarto—.
—¡Que Dios te bendiga! Y deja de pensar en novias—.
Aquella noche, el joven enamorado no pudo dormir pensando en Darly, y cuando amaneció, empezó a contar los minutos para volver a verla. Aquella eternidad terminó y volvió a la rutina...
—¡Hernán, Mauricio te está esperando! —exclama doña Leticia—.
—¡La bendición, madre! —.
—¡Vaya! Por fin, te vas temprano al colegio. ¡Que Dios te bendiga—!
—Hola, Mauricio. ¡Vamos rápido al colegio! —.
—¡Espera! Vas a tener toda la mañana para ver a Darly —le digo, tomándolo del buzo—.
—¡Está bien! Solo amanecí un poco alegre—.
—¿Un poco? Diría que ya no puedes aguantar las ganas de ver a tu ilusión—.
—Ya, deja de molestar con eso. No estoy ilusionado con nadie —niega mi amigo, y luego me da un empujón.
Nunca había visto caminar tan rápido a mi amigo, lo veía tan ilusionado con mi amiga.
—Hola, profe Norma —saluda Hernán a la más guapa profesora—.
—Buenos días, profesora. Aunque se demore un poquito —le aconseja, moviendo su cabello de un lado a otro—.
—Buenos días, profe. Es que mi amigo es bien confiado —comento, y me río—.
—¡Y eso! Que llegan temprano —exclama, mi amor platónico—.
—El amor, profe. Mi amigo está enamorado—.
—¡Ah, sí! ¿Y quién es la afortunada, Hernán? —
—Nadie, profe. No le crea a Mauricio; ya me tiene cansado con sus bromas—.
—Pero no tiene nada de malo que te enamores. Pero primero, termina tus estudios —aconseja la hermosa profesora, y se va—.
—Mira, Mauricio, ¡ya deja de molestar con eso! —.
—Ahí viene Darly con Sandra —le advierto al enamorado—.
—¿Estoy bien peinado? —
—Jaja, qué te está pasando, mi amigo—.
—No lo sé. Solo dime: ¿estoy bien peinado? —
—¡Sí! Hasta pareces Superman —le digo—.
—Hola, muchachos —interrumpe Darly—.
—Hola, Hernán. Hola, Mau —dice Sandra—.
—Hola, muchachas. Nos vemos en el descanso, que ya sonó el timbre—.
—¡Adiós, Darly! —exclama Hernán, y Sandra le reclama: —Y de mí, ¿no te vas a despedir? —
—Adiós, Sandra. Luego nos vemos —se despide el enamorado—.
Las miradas disimuladas entre Hernán y Darly evidenciaban la atracción que hay entre ellos, y con Sandra solo nos miramos y sonreímos al ver a la pareja de enamorados.
En clase, mi amigo sigue en otro mundo, por lo cual el profe de historia le pregunta: —¿Quién fue el general Aníbal? —.
—Lo siento, profe. No escuché la pregunta —responde el despistado.
—¡Qué va a escuchar lo que uno le dice! Le has estado dibujando corazones en media clase —le regaña el profe—.
—No son corazones, son manzanas rojas—.
—Jaja, jaja. El amor, profe, el amor —exclamo, y toda la clase empieza a reír—.
—¡Silencio! Y tú, Hernán, pon atención a la clase —ordena el profe, borrando lo que había en el pizarrón.
—¡Sí, profe! —responde mi amigo, cerrando el cuaderno de corazones—.
Pasaron las horas y llegó el descanso. Salimos de clase y allí estaba, la razón de la alegría de mi amigo.
—Mau, ¿me compras unas papas fritas? —dice Sandra, tomándome del brazo—.
—¡Está bien! Y que Hernán se las compre a Darly—.
—¿Quieres papas? —pregunta mi amigo, buscando unas monedas en sus bolsillos—.
—Claro, Hernán —responde Darly, tomándolo de brazo—.
Si hubieran visto la cara de mi amigo, sabrían que el amor tiene rostro.
Luego de comprar las papas, Sandra me dice: —Acompáñame al curso, que se me olvidó algo—.
Sabía que mi amiga quería dejar solos a la pareja. Sin decir una palabra, la acompañé y, lejos de nuestros amigos, le pregunté: —¿Se te olvidó algo o solo querías dejarlos solos a nuestros amigos? —
A lo que ella comenta: —Creo que está naciendo un amor en el colegio—.
—Jaja, si miraras cómo se está comportando Hernán —le digo—, y entramos en su salón—.
—Creo que hacen una buena pareja —comenta Sandra, y se sienta en su pupitre—.
Me acerqué y le pregunté mi preocupación: —¿Crees que sus padres aceptarán su relación? —.
—No lo sé, pero Darly está ilusionada con él—.
—Lo digo por su padre. Es una persona muy conservadora—.
—Lo sé, Mau. Además, son una familia muy acomodada, y Hernán es una persona humilde—.
—Sí. Darly es la única que tiene teléfono, de nosotros —le comenté, y nos reímos—.
Mientras tanto, en el patio, la pareja se sienta en las gradas del primer piso, y Hernán le pregunta: —Mauricio, dice que tienes teléfono. ¿Me podrías dar el número? —.
Darly sacó un papel y un lapicero de su bolsillo, escribió su número, se lo entregó y le dijo: —Toma, y no lo botes—.
—¿Cuándo te puedo llamar? —.
—Cualquier día, pero antes de las nueve de la noche. Mi papá es muy estricto y a esa hora me manda a dormir —sugiere Darly, y le sonríe. Él la queda mirando, y en ese momento suena el timbre.
—Ya nos vemos —dice Darly, y se va a su salón, mientras Hernán feliz guarda el papel en su bolsillo trasero del pantalón.
Entrando al curso, mi amigo me grita: —¡Mauricio, espera! —.
Un poco asustado, le contesto: —¿Qué pasó? —.
—Me dio su número de teléfono—.
—Y a mí, casi me da un paro cardíaco—.
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Editado: 22.02.2026