Los Hilos Del Amor

LAGRIMAS Y LUCHA

Mi amigo iba tan ilusionado y se arreglaba su traje una y otra vez. Algunas muchachas le quedaban mirando. Nunca pensó que se encontraría con Sandra, quien le dice:

—¡Hola, Hernán! ¿Para dónde vas tan guapo? —

—Voy a una cena con mis suegros —le contesta, luego de saludarla con un beso en la mejilla.

—Pareces un príncipe de cuento de hadas —.

—Ja, ja, ja, no empieces. ¡Mejor me voy! —responde Hernán.

—Ja, ja, ja, es por molestar. Espero que te vaya bien y suerte, que la vas a necesitar.

—¡Gracias, Sandra! Nos vemos en el colegio y te cuento lo que pasó.

—Ja, ja, ja, mañana me lo contará tu novia. Tú, encárgate de contárselo a Mauricio.

Después de despedirse de su amiga, Hernán siguió su camino. El día, la hora y el lugar habían llegado: era el momento de formalizar su noviazgo con Darly.

Hernán se detuvo en la puerta de la casa de su novia. Se llenó de nervios. Tres veces intentó apretar el timbre, pero se arrepintió; tomó valor y lo hizo. Esperó un momento y, para su alivio, salió su novia, quien le dio un beso y, cautelosamente, tomó su mano y lo llevó a la sala, donde le dijo:

—Mis padres ya deben estar bajando. —

Hernán, un poco nervioso, frotó sus manos y comentó:

—¡Estoy tan nervioso! Se me olvidó entregarte este ramo de rosas. —

—¡Gracias, mi amor! Pensé que eran para mi madre —dice Darly, sintiendo el aroma de las rosas.

—¿Crees que debía traerle rosas a tu madre? —

—Hubiera sido bueno, para que te ganes su aprobación —sugiere Darly.

—¡es verdad ¡—exclamo Hernán, tratando de quitarle el ramo.

—¡Qué te pasa! Este ramo es mío. ¡Ve y cómprale otro a mi madre! —exclama ella

—¡Tranquila! Dime, ¿cómo me veo? —

—Estás muy guapo —alaba Darly, dándole otro beso en la boca.

—¡Ya! Que tus padres nos pueden ver —le dice Hernán.

—¡Ay, y qué! ¿Somos novios o no? —

—¡Sí! Pero tus padres nos pueden ver y pensar que no estamos respetando su casa.

—Ja, ja, ja. ¡No es para tanto! —contesta su novia, dándole otro beso.

—¡Ya, Darly! No quiero tener problemas con tus padres —ordenó Hernán, limpiándose los labios.

—¡Está bien, joven! Ya no lo molesto —comentó ella, cruzándose de brazos.

—¡Ja, ja, ja! Luego nos damos los besos que quieras, pero no te enojes —.

—¡No estoy enojada! Solo quiero que todo salga bien esta noche —responde Darly, tomando distancia de su novio.

—¡No te enojes! —le suplica Hernán, acercándose a ella.

—¡No te me acerques! Respeta la casa de mis padres —.

—¡Ya, perdóname! No quiero que te enojes conmigo —ruega, el nervioso Hernán, mientras mira bajar a los padres de su novia y queda asombrado por tanta elegancia en ellos.

Los novios se levantaron del sofá y, cuando sus padres entraron en la sala, Darly comentó:

—¡Padres, les presento a mi novio! —

—¡Buenas noches! Mi nombre es Hernán y he querido hace tiempo conocerlos y formalizar mi relación con su hija —expresó mi amigo, saludando de mano a sus suegros.

—¡Buenas noches, joven! En mis tiempos, primero se conocía a los padres para poder formalizar una relación —explica don Manuel.

—¡Buenas noches, Hernán! —interrumpe la señora Aurora—. Vamos hacia el comedor, cortando ese incómodo comentario de su esposo.

La señora hizo una señal a una joven llamada Irma para que sirviera la cena. Hernán quedó asombrado al mirar las comodidades en las que vivía su novia. Se sintió un poco incómodo y, de pronto, escuchó:

—¡Hernán! ¿No piensas que son muy jóvenes para iniciar un noviazgo? —

—¡Madre, deja tranquilo a Hernán! —exclamó Darly, por lo que su padre, con tono autoritario, recriminó a su hija:

—¡Deja que conteste! Para eso lo invitamos a cenar. Queremos saber cuáles son sus intenciones contigo. —

Mi amigo, con voz temblorosa, respondió:

—Amo a su hija. Estoy dispuesto a todo para hacerla feliz. —

—¿Y en qué trabajan tus padres? —preguntó don Manuel, mientras Irma servía la sopa.

—Mi madre hace pasteles para algunas tiendas del barrio, y a mi padre no lo conozco. —

—¿Qué pasó con tu padre? —exclamó la señora de la casa.

—¡Ya, madre! Esta es una cena, no un interrogatorio. —

—¡Contesta la pregunta! —reclamó don Manuel, mirando a Hernán a los ojos.

—Mi padre se fue cuando tenía cinco años. No tengo recuerdos de él. —

—Mi hija me ha acompañado a fiestas de nuestros amigos. Le he presentado a jóvenes de muy buenas familias, y no quiero que sea novia de alguien como tú —exclamó el señor de la casa, dando una palmada en la mesa.

—¡Lo siento, señor! —dijo Hernán—. Estoy estudiando, acabaré mi bachiller y luego seguiré una carrera. —

—También quiero que mi hija sea una profesional y ¡no quiero que nadie acabe con sus sueños! —

—¡Por favor, padre! Mi relación con Hernán no arruinará mis sueños. —

—¡Es verdad, señor! Queremos terminar nuestro bachillerato y empezar una carrera juntos. —

—¡Ay, hijo! Todo es muy lindo, pero al final terminan siendo padres muy jóvenes —insinuó la señora Aurora.

—¡Hernán! No quiero que interfieras con los sueños de mi hija. No creo que disponga de suficiente dinero para que entres a una buena universidad —añadió don Manuel, en tono severo.

La situación estaba tensa. Mi amigo no había probado la sopa.

—¡Ya, padre! ¡Déjanos cenar tranquilos! —rogó Darly.

—¡Es por tu bien, hija! Y un día me lo agradecerás —consoló su padre.

—¡Amo a Hernán y él me ama! ¡Déjennos vivir nuestro amor! —imploró Darly, con lágrimas en las mejillas.

—Hija, solo queremos que no cometas un error y no logres tus sueños —comentó su madre.

—¡Señora, amo a su hija y no quiero hacerle daño! —

—¡Muchacho! Lo mejor que puedes hacer por Darly es alejarte de ella. Debes entender que, mi hija, no está a tu nivel —le ofendió don Manuel.

Darly se levantó, tomó de la mano a su novio y, furiosa, exclamó:




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