—¡Buenos días, joven! ¿Qué desea? —dijo Irma.
—¡Buenos días! Necesito ver a Darly —respondió Hernán.
—¿Quién es? —se escuchó desde el interior de la casa, era la señora Aurora, que se acercaba a la puerta.
—Es un joven que busca a la señorita Darly —contestó Irma, haciéndose a un lado para que pase la señora.
—¡Ah, eres tú! ¡Ya te dije que mi hija tiene prohibido verse contigo! —.
—¡Por favor, señora! Déjeme hablar con ella —suplicó Hernán.
—¿Qué es lo que no entiendes? ¿Mi hija no se va a comprometer contigo? —interrumpió don Manuel.
Darly, en su habitación, escuchaba la discusión, pero no se atrevía a salir. Se tapó con las cobijas, sin poder contener sus lágrimas.
—¡Su hija me ama! Y yo daría mi vida por ella —.
—¡Muy linda la forma de ver la vida! Ustedes son muy jóvenes y no quiero que mi hija venga un día a decirme que va a ser madre —recriminó don Manuel, furioso.
—¡Ya le dije que Darly va a seguir una carrera! Sé que somos muy jóvenes, pero nos amamos, y eso ustedes no pueden evitar —respondió Hernán.
El padre de Darly se le acercó y le dijo:
—Me conformo con tenerte lejos de ella. ¡Y no vuelvas a mi casa! —y cerró la puerta. Hernán gritó:
—¡Te amo, Darly! —Ella, desde la ventana, lo miró, le sonrió y le mandó un beso, de esos que se envían con un soplido. Hernán sonrió, hizo el gesto de tomarlo y lo acercó a su corazón, para luego marcharse hacia su casa pensando: "Así se opongan a nuestro amor, te juro, Darly, que me casaré contigo."
El noviazgo continuó a escondidas. En las afueras de la ciudad, en una loma, la pareja tenía su lugar preferido para su amor clandestino.
En ese lugar, Hernán abrazaba a Darly, quien se dormía en su pecho, mientras él acariciaba su cabello y le decía:
—Te amo y siempre estaré contigo —.
Darly, con sus ojos todavía soñolientos, sonreía y se acurrucaba más en el pecho de Hernán.
Los días pasaron, y el amor entre ambos creció, pese a que los padres de Darly eran muy estrictos con ella.
Habían encontrado a la cómplice perfecta para su amor: Sandra, a quien doña Aurora estimaba mucho. Sandra se prestó para que los amigos tuvieran sus citas a escondidas. Yo ya no podía aparecer en la casa de Darly, pues cuando se dieron cuenta de sus encuentros secretos, toda la culpa cayó sobre mí, ya que era el gran amigo de Hernán.
A pesar de todo, la relación seguía firme. Hernán no dejaba de pensar en las palabras de don Manuel, y a menudo reflexionaba sobre la propuesta de Beny, esa loca idea del sueño americano. Caminando hacia el colegio, me dijo:
—¿Crees que Darly me esperaría si decido ir a Estados Unidos? —.
—¡No pienses en eso! Es una travesía muy peligrosa —le aconsejé, dándole una palmada en la espalda.
—¡Quiero darle todo lo que ella se merece! —susurró Hernán.
—Primero termina tu bachiller. Verás que si sigues estudiando, sus padres te darán la oportunidad de estar con Darly —recomendé.
—Lo que me dijo ese señor me dolió mucho. Siento que no soy digno de Darly —añadió, con gran tristeza en su rostro. Le contesté:
—¡No digas eso! Solo son palabras de un padre celoso.
—Sabes, voy a hablar con Beny para ver cómo es ese viaje —.
—¡Olvídate de eso! —exclamé, empujándolo suavemente, aunque Hernán estaba decidido a conseguir dinero para ser digno de la familia de Darly.
En la hora del descanso, Hernán salió a ver a su novia y le hizo una pregunta temeraria:
—Darly, ¿esperarías por mí si me fuera de la ciudad? —
—¿De qué me hablas? —preguntó ella, algo confundida.
—Me gustaría irme a otra ciudad a trabajar y conseguir dinero para casarme contigo —le aclaró Hernán, tomándole las manos.
Ella se soltó y exclamó:
—¡¿Acaso no piensas terminar tu bachiller?! —
—Para eso, luego tendré tiempo. Lo importante es conseguir dinero para que tus padres nos permitan seguir con nuestra relación —.
—¡No digas tonterías! Termina de estudiar y después seguimos con nuestras carreras —aconsejó su novia, con lágrimas que tímidamente asomaban en sus ojos.
—¡No llores, mi amor! —le dijo Hernán, y le besó la frente.
Ella apoyó su cabeza en el pecho de él y le susurró:
—Prométeme que nunca te vas a ir. —
Él la miró y sonrió. Darly le dio un beso en los labios y, muy triste, se fue a su salón. Hernán no hizo nada por detenerla.
A veces pensamos que tenemos el amor en nuestras manos y creemos que las personas nos esperarán toda la vida.
Ya en la tarde, preocupada por las palabras de su novio, Darly salió de su casa a escondidas para visitar a Sandra, quien, al verla, le dice:
—¡Hola, Darly! ¿Qué pasa? —
—Sandra, quiero hablar contigo... Es sobre Hernán —.
—¡Sigue! Que mis padres no están —responde Sandra y luego cierra la puerta.
—¿Podemos ir a tu cuarto? —.
—Claro, y me cuentas qué pasa con Hernán. ¡No me digas que se pelearon! —.
—No, ahora te cuento todo —dice Darly, subiendo las escaleras.
Ya sentada en la cama de Sandra, Darly expresa:
—Hernán me dijo que quiere irse a otra ciudad a trabajar. —
—¿Y el colegio? —interrumpe Sandra.
—¡Eso! Le pregunté y dijo que quiere hacer dinero para que mis padres lo acepten. —
—Dile que mejor estudie y siga una carrera —recomienda Sandra, abrazando a su amiga.
—¡Se lo he dicho, pero solo piensa en hacer dinero! —
—Y tú, ¿qué piensas? —pregunta Sandra, dándole un pañuelo para que se seque las lágrimas.
—¡Solo quiero que él no se vaya! Después de los tres meses más hermosos de mi vida —.
—¡Ay, amiga! Eso te lo creo, porque desde que estás con Hernán, te he visto muy feliz. Hasta dejaste de ir al cine con Mauricio y conmigo —.
—Lo sé, pero sabes cuánto amo a mi novio —dejando escapar unas lágrimas.
—¡No llores! —dice Sandra—. Hablaré con él y verás que se olvidará de esa tonta idea.
—¡Te lo agradecería mucho! Sé que tú y Mauricio pueden convencerlo para que no piense en eso. —.
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Editado: 22.02.2026