Llegué a mi casa y mi madre me esperaba con un delicioso sancocho que me haría olvidar, por un momento, lo que mi amiga estaba pasando.
—¡Hijo! Llegas a buena hora, ve al comedor que ya te sirvo la cena—.
—¡Gracias, madre! Vengo con un hambre que me comería un pollo entero—.
—¡Ja, ja, ja! ¡No exageres tanto! — me dice mi madre, dirigiéndose a la cocina.
Mientras disfrutaba la cena, Hernán ya se encontraba en Medellín y Beny le decía: —Bueno, muchachos, estamos en Medellín. Mañana nos dirigimos al tapón del Darién y de ahí ya no hay vuelta atrás—.
—Ahora ya no hay reversa, a todo o nada—, comenta Javier, quien es el más débil del grupo.
—¡Lo vamos a lograr! ¡Mi hermano lo hizo y me dio muy buenos consejos! — anima Beny, ayudando a colocarse el bolso a Carlos, quien comenta: —¿Ahora qué hacemos? —.
Beny toma su bolso, saca un papel y responde: —Pasaremos la noche en un hotel o donde sea, y mañana emprendemos el viaje hacia la selva—.
Hasta ese momento, todo marchaba bien para estos aventureros, en contraste con el sufrimiento de Darly, quien toda la noche deja deslizar sus lágrimas por sus mejillas. Tenía consigo el primer peluche que le regaló Hernán.
Era casi imposible no pensar en mi amigo y en los peligros que debía afrontar para llegar a EE.UU.
Temprano en la mañana, alguien golpea la puerta y salgo a abrir antes de que mi madre me lo ordene. ¿Y adivinen quién es? Sandra, quien me dice: —¡Hola, Mau! ¡Ven, vamos a ver a Darly! —, jalándome del brazo.
—¡Espera, no ves que estoy en pantaloneta! —
—¡Ve a cambiarte y vamos! — me ordena y me empuja hacia dentro de la casa.
—¡Espera, primero me voy a bañar! —
—¡Ve! Te espero en el parque—, dijo y se fue.
Ya en el parque, la encuentro conversando con sus amigos y le grito: —¡Sandra, vamos a donde Darly! —
Se me acerca y me reclama: —¿Por qué te demoraste tanto? —
—Tuve que ayudar a mi madre con unas cajas, debí haberme quedado ayudándola—.
—Sabes cómo debe estar nuestra amiga, necesita de nuestra compañía—.
—Eso le dije: a mi madre y me dio permiso—.
—Ya estamos cerca, ¿cómo crees que le estará yendo a Hernán? — pregunta Sandra.
—¡No lo sé! Solo esperemos que se comunique con Darly. ¡Creo que la llamará! —
—Esperemos que lo haga—, comenta Sandra, antes de tocar el timbre.
—¡Buenos días! — saluda Irma.
—¡Buenos días! — respondemos al unísono y luego comento: —Venimos a ver a Darly—.
—¡Sigan! Ya les llamo a la señora—.
Luego de unos minutos, la señora Aurora exclama: —¡Hola, muchachos! Gracias por venir a visitar a mi hija. Ella sigue llorando. ¿Creen que sea por ese joven llamado Hernán? —
—No sé, señora. No nos hemos comunicado con él, pero seguro que Darly nos dirá por qué está así—, le respondo, mirando a Sandra, quien dice: —¡Ya le averiguo lo que le pasa a mi amiga! —
—¡Gracias a los dos! Sigan al cuarto de mi hija, ya les mando un cafecito—.
—¡Muchas gracias! — le contesto, subiendo por las gradas.
Golpeamos la puerta, pero Darly no nos abre. Tal vez está dormida.
—¡Darly! — exclama Sandra, pero no responde.
—¡Darly, somos Sandra y Mauricio! Queremos hablar contigo—.
—¡Sigan! La puerta está sin seguro—.
Entramos y Sandra exclama: —¡Qué susto que nos diste! Pensamos que te habías muerto—.
—¡No exageres! — le reclamo y le pego un pellizco.
—¡Lo siento! Si me asusté, ¿yo qué hago? —
—¡Ya no peleen! Tomen asiento junto a mí. Parece que fueran novios—, interrumpe Darly.
—¡Ja, ja, ja! No me quiero complicar la vida con esta loca—.
—¡Qué te pasa, Darly! Sería el último hombre en el que me fijaría—, reclama Sandra, dándome un puño en el pecho, haciéndose a un lado para sentarse cerca de su amiga.
—¡Pide permiso, Sandra! — exclamó y me siento al otro lado de Darly.
—¿Qué les pasa? ¿Acaso son novios y no me lo han contado? — pregunta la dueña del cuarto.
—¡Nada! Solo son peleas de amigos—, comenta Sandra, me mira y sonríe.
—Bueno, olvidemos todo. ¿Cómo estás, Darly? — le pregunto.
—No he dormido en toda la noche y, cuando logro dormir, ustedes me despiertan—, comenta la princesa durmiente.
—¡Ja, ja, ja! Todo por culpa de Mauricio, que fue a buscarme para que viniéramos a verte— miente Sandra, por lo cual le respondo: —Y aunque no quería venir, la traje a la fuerza—.
—¡Ja, ja, ja! Mentiras. Yo lo fui a buscar—, exclama Sandra para no quedar mal.
—¿Te ha llamado Hernán? — pregunto. Darly se cobija más y responde: —¡No! ¿Cómo estará? ¿Por qué se fue? — y comienza a llorar.
Al mismo tiempo, Hernán le dice a Beny: —Iré a buscar una cabina telefónica. Quiero llamar a mi novia—.
—¡Ve a recepción! Ahí debe haber un teléfono—.
—Sí, ahí vi un teléfono—, afirma Javier, empacando cosas en su bolso, pensando en su amada y logrando comunicarse con suerte.
—¡Hola, buenos días! ¿A quién necesita? — responde la señora Aurora.
Hernán se queda en silencio un momento y suplica: —¡Señora, buenos días! Por favor, ¿puedo hablar con Darly? —
—¡Mira, Hernán! Mi esposo le tiene prohibido a mi hija hablar contigo—.
—¡Señora, por favor! Solo quiero saber cómo está—.
—¿Qué le hiciste a mi hija? ¡Lleva un día llorando y llorando! —
—¡Nada, señora! Solo quiero despedirme de ella—, suplica Hernán, dejando caer unas lágrimas.
—¡Mira, muchacho! Espero que te vayas y no vuelvas. ¡Adiós! — exclamó la señora Aurora y colgó el teléfono.
Mi amigo, con una gran herida en el alma y la impotencia de no hablar con su novia, volvió a su cuarto con los ojos brillosos.
—¿Qué te pasa? — pregunta Beny.
—Su madre no me deja hablar con ella—, responde y se sienta en su cama.
—¡Lo siento! Pero puedes llamarla otro día—, le alienta Javier, dándole una palmada en el hombro.
—Sandra y Mauricio no tienen teléfono. Esta era mi última oportunidad de hablar con ella—, comenta Hernán muy triste.
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Editado: 22.02.2026