Los Hilos Del Amor

SUEÑOS

—¡Claro, señor! ¿Qué favor? —le respondo, un poco nervioso.

—¡No quiero que vengan a ver a mi hija para traerle mensajes de ese muchacho! —exclama don Manuel, enfurecido.

—Solo venimos a visitar a su hija —expresa Sandra, sin mirar a don Manuel.

—Por lo que me contó mi mujer, ¡ustedes saben por qué mi hija está triste! Seguro vienen con noticias de ese muchacho —. Enfurecido, exclama don Manuel.

—No sabíamos que Hernán se había ido de Bogotá —le digo, evitando su mirada, mientras Darly se apretaba más a Sandra—.

—Mauricio, siempre has sido amigo de ese muchacho. ¿Me vas a decir que no sabías nada de esto? —.

—Solo sabía que se iba a ir, pero no cuándo. Hoy nos enteramos de su partida —, digo, y quedo mirando a Sandra, quien replica: —¡Es verdad, don Manuel! —.

Nos mira a cada uno y exclama: —¡No me importa si lo sabían o no! Solo quiero saber: ¿para dónde se fue? —

—¡Se fue para EE. UU., padre! —responde Darly, comenzando a llorar.

—¡No me vengan a ver la cara de tonto! ¿Con qué dinero se va a EE. UU.? —.

—¡Se fue como migrante! —comenta Sandra.

—Jaja, jaja. ¡Lo sabía! Solo espero que ya no vuelva —fue lo último que dijo, y cerró la puerta.

Ese día, esperamos a que don Manuel se fuera. No queríamos encontrarnos con él. Desde ese momento, todo empezaría a complicarse para Darly.

Lo de Hernán nos había sacado de lugar y de tiempo; ni siquiera habíamos puesto atención a las luces navideñas que había en la ciudad. Va a ser una Navidad muy triste para los allegados a Hernán.

Mientras tanto, en la ciudad de Medellín, Hernán y sus amigos se preparan para salir hacia la selva del Darién.

—¡Listo, muchachos! ¡Llegó el día y la hora! —exclama Beny, animado.

—¡Haber, Hernán! Es hora de olvidarse de Darly y concentrarse en el viaje —aconseja Javier, mientras Carlos le da una palmada en la espalda, diciendo: —Bueno, todavía es muy temprano para empezar a molestar—.

—Ya hablando en serio, una vez que lleguemos al tapón del Darién, no hay vuelta atrás — advierte Beny, mientras se coloca unos tenis—.

—¡Estamos listos para lo que sea, sí o no, Hernán! — exclama Carlos, tirándole una almohada.

—Tremendo viaje el que nos espera — comenta Javier, acomodándose la mochila.

—¡Ojalá lleguemos todos vivos! — replica Carlos.

—¡Vamos, ¡qué pasa con ese pesimismo! Llegaremos juntos a EE. UU. — anima Beny, colocándose un buzo.

—¡Sí, muchachos! Pónganle fe, para que nos vaya bien — anima Hernán, mirando a través de la ventana la ciudad de Medellín.

Como decía Beny, el día y la hora habían llegado. Comenzaba la aventura, donde se jugaban la vida.

Ahora que los padres de Darly estaban enterados de la partida de Hernán, dejaron que Darly saliera en compañía de nosotros. Lo primero que hizo fue llevarnos a la casa de la madre de Hernán. La madre de nuestro amigo nos abrió con un rostro lleno de tristeza y nos dijo: —¡Hola, muchachos! Mauricio, ¿sabes algo de mi hijo? —

—No, señora Leticia. Veníamos a ver si se había comunicado con usted —.

—¡Buenas tardes! —exclaman las chicas.

Doña Leticia sonríe y nos hace entrar a la sala.

—Respondiendo a tu pregunta, Mauricio, no sé nada de mi hijo. No he podido dormir en estas noches —.

Darly se levanta y se sienta al lado de la madre de Hernán, y le ruega: —¡Por favor, perdóneme! Creo que Hernán se fue a esa aventura por mi culpa —.

—¡Tranquila, hija! Sé cuánto estás sufriendo —.

—¡No sabes cuánto he llorado! —le responde Darly, y juntas dejan caer sus lágrimas por sus mejillas.

—¡Ya no lloren más! O vamos a terminar llorando todos — comenta Sandra.

—Sí, mejor enviémosles buenos deseos y que la Virgen los acompañe — abrazo a Darly, y Sandra hace lo mismo con la señora Leticia.

—¡Gracias, muchachos! No saben la alegría que siento por su visita —, agradece la madre de Hernán, secándose las lágrimas.

Nos quedamos allí hasta que empezó a oscurecer. Nos despedimos de la señora y fuimos a dejar a Darly a su casa, antes de que llegara su padre.

En mi casa, en algunos momentos, me quedaba pensando en la suerte de mi amigo. Por eso, mi madre me dice: —¡Otra vez pensando en tu amigo! —.

—Sí, madre. Espero que todo le salga bien y vuelva de esa aventura —.

—¡Ay, hijo! Ese viaje es muy peligroso. Ya viste lo que le pasó al hijo de don Marcos —.

—¿Qué le pasó? —interrumpo, preocupado.

—Pues que se fue a la misma aventura con otros amigos. Después de cinco años, volvió uno de los aventureros, con la mala noticia de que el hijo de don Marcos había muerto en la selva del Darién. Don Marcos no superó esa noticia y en unos meses murió —.

—¡Madre! ¿Cómo me vas a contar eso? —le digo, preocupado—. Debemos rezar por ellos todos los días —.

—¡Sí, hijo! Es lo mejor que podemos hacer —.

—Si me hubieras contado esto antes, habría traído a Hernán para que hablara contigo y pensara en su madre —.

—Ahora solo nos queda rezar para que lleguen con vida y puedan volver a casa —, aconseja mi madre.

El día martes 19 de diciembre, en la mañana, la selva estaba frente a los aventureros.

—No me imaginé que esta selva fuera tan espesa. No puedo ver qué hay al frente —, comenta Beny, abriéndose paso con un machete.

—¡Cómo que vamos a llegar en diez años a EE. UU.! — exclama Javier.

—¡Calla, Javier! —le ordena Carlos—, y sigue avanzando—.

—¡Qué calor hace! Me voy a quitar el buzo —, dice Hernán.

—¡Tengan cuidado con las serpientes y las arañas! Aquí son venenosas —, advierte Beny.

—¡Y hasta ahora no lo cuentas! —recrimina Javier—, un poco más y me lo cuentas en el hospital —.

—Jaja, jaja. ¡Eso es verdad, Javier! — exclama Hernán, espantando a los mosquitos—.

Luego de horas, abriéndose paso por la densa selva, Carlos exclama: —¿Escucharon eso? —

—Sí, fue como un rugido —, contesta Javier, mirando a todos lados.




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