Los Hilos Del Amor

LA VERDAD

Al siguiente día, los dos sobrevivientes llegaron a Tecún Uman, frontera con México.

—Hasta aquí llego —, avisó el conductor, abriendo la puerta del autobús.

—Señor, ¿cómo pasamos a México? —, preguntó Carlos, colocándose el morral en su espalda.

—Lo pueden hacer por el puente internacional o cruzar el río en balsa —, contestó el conductor.

—¿Qué nos recomienda? —, preguntó Hernán.

—Por balsa, ya que por el puente los pueden devolver —.

—Muchas gracias, cruzaremos la frontera en balsa —, comentó Carlos, dándole la mano al conductor.

Pasaron en la balsa a México y solo les quedaba atravesarlo de sur a norte. Mientras ellos llegaban a México, Darly llegaba con su madre a ver al doctor.

—¿Por qué venimos aquí? —, pregunta Darly, un poco asustada.

—Para que el doctor te revise. Solo es un examen médico —, aclaró su madre, entrando a la clínica.

—¡Pero si estoy bien! ¡No quiero hacerme ningún examen! —, reclamó Darly, quedándose parada en la puerta.

—¡Vamos, Darly, es una orden de tu padre! —, exclamó la señora Aurora, tomándola de la mano.

—¡Que no, madre! No voy a entrar —, gritó Darly, oponiendo resistencia, ante la mirada de las enfermeras.

—Darly, tu padre y yo pensamos que estás en embarazo y queremos salir de dudas —.

A Darly se le fueron las lágrimas y confesó: —¡Sí! Estoy en embarazo —.

—¡No, hija! ¡Eso no puede ser verdad! Ven, vamos a ver al doctor —.

—Madre, si estoy en embarazo, me hice un examen y salió positivo —.

—¡Ay, hija! ¿Quién te llevó a hacerte ese examen? —, preguntó la señora Aurora, saliendo de la clínica.

—No importa con quién fui. Ya tengo más de cuatro meses —, confesó Darly, sin parar de llorar.

—No sé qué va a hacer tu padre cuando se entere —, dijo su madre, abrazándola.

—No sé, madre, y no sé qué hacer —, comentó Darly entre lágrimas.

—Hija, ¿por qué no me lo contaste? —.

—¿Para qué?, madre, si tú haces lo que ordena mi padre —.

—No sé qué vamos a hacer ahora —, expresó su madre, parando un taxi.

En el taxi no se dijeron nada hasta llegar a su casa.

—Irma, por favor, hazme una aromática y llévamela al cuarto —.

—Sí, señora —.

—Y tú, Darly, ¡vete a tu cuarto! Hoy hablaremos con tu padre —, ordenó la señora Aurora, subiendo las escaleras.

Darly, por temor a su padre, empacó algo de ropa, algunas cosas, y salió de su casa sin que nadie se diera cuenta. Sin saber a dónde ir, fue a ver a Sandra.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué vienes llorando? —, le preguntó Sandra, abrazando a su amiga.

—Mi madre sabe que estoy en embarazo —.

—¿Y qué dijo tu padre? —.

—Él no lo sabe, pero mi madre hoy se lo dirá, por eso me fui de la casa —, comentó Darly entre llanto.

—Tarde o temprano, se iban a enterar —, dijo Sandra y la volvió a abrazar.

—Ven, hablemos con mi madre para que te deje quedarte en la casa unos días, mientras pensamos qué hacemos —.

—Gracias, no sabía a dónde más ir —.

—Tranquila, ven, vamos —, la consoló Sandra y entraron a la casa.

La madre de Sandra se compadeció de Darly y la dejó quedarse en su casa. Por otra parte, en la casa de Darly, don Manuel llega del trabajo y lo primero que preguntó fue:

—Aurora, ¿qué dijo el doctor? —.

—No lo vimos, no hubo necesidad —.

—¿Qué es lo que pasa, Aurora? ¿Por qué me desobedeces? —, gritó el señor Manuel.

—¡Ay, Manuel! Nuestra hija está en embarazo —.

—¿Qué? ¿Cómo lo sabes? Si no vieron al doctor —.

—Darly me lo confesó —.

—¡Esta jovencita, me va a escuchar! —, exclamó el señor de la casa, subiendo al cuarto de Darly y gritando: —¡Darly, sal de tu cuarto! —.

Al no recibir respuesta, entró y gritó: —¡Aurora! ¿Dónde está Darly? ¡Aquí no hay nadie! —.

—¡Seguro está en el baño! —, gritó la señora Aurora desde el comedor.

—No está. Volvió al cuarto y tomó una nota que había en la cama, y bajó al comedor.

—Se ha ido de la casa. Es lo que dice esta nota —.

—¿A qué hora se fue? ¿Miraste salir a Darly? —, preguntó la señora Aurora a Irma.

—No, señora —.

—¡Que no vuelva a esta casa! —, ordenó el señor Manuel, golpeando la mesa del comedor.

—¿Cómo vas a decir eso? ¡Es nuestra hija! —, reclamó Aurora, disgustada.

—Si se fue de la casa para no escucharme, entonces que aprenda a responder por su vida —.

—¡Iré a buscarla! —, insinuó su madre, tomando su cartera.

—¡No irás a ningún lado! No quiero que preguntes por ella. Darly tomó la decisión de irse de la casa. Entonces, ¡que busque dónde vivir! —, sentenció don Manuel, sentándose en el comedor.

Una verdad salía a la luz en la ciudad de Bogotá y en México: los aventureros toman un autobús a Arriaga.

—Gracias —, agradece Carlos al conductor.

—¿Y ahora, para dónde vamos? —, pregunta Hernán.

—Preguntemos a esas personas —, aconseja Carlos.

—Señor, ¿van a Estados Unidos? —, pregunta Carlos, sentándose cerca de ellos.

—Sí, ¿de dónde vienen? —.

—De Colombia —, responde Hernán, sentándose más atrás.

—¡De Colombia! ¡Si qué les ha tocado duro! —.

—Si le contara… —, comentó Carlos.

—Aún les queda mucho por recorrer. Cuando lleguemos a Arriaga, debemos tomar un tren de carga que nos llevará cerca de la frontera con Estados Unidos —, informó el señor, arreglándose el sombrero.

—¿El tren viene despacio? —, preguntó Hernán, un poco asustado.

—Más o menos. Toca correr y subirse como se pueda —.

—Tengan cuidado o pueden quedarse sin piernas —, advirtió el otro señor.

—Gracias por sus consejos —, agradeció Carlos, sentándose al lado de Hernán.

Al llegar a Arriaga, se sentaron cerca de los señores a esperar el tren de carga.

—¿Crees que debemos comprar cosas para comer? —, aconsejó Hernán.

—Tienes razón. Vamos rápido, que nos deja el tren —.

Compraron varias cosas de comer y botellas de agua para el viaje. Esperaron cuatro horas. Ya estaba oscureciendo cuando alguien gritó: —¡El tren, ya viene el tren! —.




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