Los Hilos Del Amor

SUEÑOS Y REALIDAD

—¡Darly, lleva este pedido a la mesa ocho! —, ordena Martina, mesera del negocio.

—Alista lo demás, ya vuelvo —, responde Darly, recibiendo la bandeja.

—Por fin un descanso. Hoy ha venido bastante gente —, comenta Andrea, la administradora.

—¡Qué cansancio! Me sentaré un momento —, expresa Darly, tomando una silla.

Leonel se le acerca y le propone: —¿Salimos el domingo? —

Ella, con un gesto de asombro, responde: —Claro, pero salimos con mi hija—.

—La invitación es para las dos. Iré por ti a las tres de la tarde —.

—Está bien. Llegaron otros clientes —, avisa Darly.

—¡Ja, ja, ja! Ni descansar se puede —, comenta Andrea.

Darly tiene una cita que alejaría a Hernán de su corazón. Él, con la ilusión de volver a ver a su amada, sigue trabajando.

—¡Hernán! Dile a Margoth que se dé prisa. Los acerco a la estación —, exclama Saúl desde su auto.

—¡Ahí viene! —, contesta Hernán, abriendo la puerta para que se suba Margoth, quien dice: —Gracias, eres un caballero —.

Ya rumbo a la estación, Saúl comenta: —Bastantes clientes tuvimos hoy —.

—Estoy cansada. Creo que llegaré a casa y me voy a dormir —.

—Todos terminamos cansados —, expresa Hernán.

—Bueno, ya llegamos —, avisa Saúl, deteniendo el auto.

Hernán terminó otro día de trabajo. El tiempo era su enemigo y el día de la cita de Darly llegó.

—¡A ver, Aurora! Déjate colocar la camisa —.

—¡Ja, ja, ja! Entonces, te quedas en la casa —.

—No te rías, pequeña traviesa —.

—¡Ja, ja, ja! Y eso, que no se deja vestir la princesa —, interrumpe mi madre.

—¡Ja, ja, ja! Señora Amalia, ayúdeme a vestir a esta traviesa —, pide ayuda Darly, entregándole la camisa a mi madre.

—A ver, Aurora. Vamos a meter esta manito por aquí... y la otra por allá... ¡listo! —.

—El saco, por favor —.

—¿Esta manito? Por aquí y la otra por allá... ¡listo! —.

—¡Ja, ja, ja! De usted sí se deja. Muchas gracias —.

—Las dos están hermosas —.

—Voy a salir con Leonel. Ya debe estar por llegar —.

—Me cae bien ese muchacho. Hacen una linda pareja —, comenta mi madre, arreglando la chaqueta a Darly.

—Solo somos amigos. Ya hemos salido otras veces —.

—Yo lo veo muy interesado en ti —.

—No creo. Solo somos amigos —, respondió Darly, y se acercó a mirar por la ventana.

—¡Ahí está! Ya vuelvo, señora Amalia —, exclamó ella, cargó a su hija y salió a la cita.

—¡Que les vaya bien! —, gritó mi madre, y miró cómo la joven pareja se iba hacia el parque.

Leonel, impresionado por la belleza de Darly y su hija, les dijo: —¡Están hermosas! —.

—Gracias, la hermosa es Aurora —, agradeció ella, dándole un beso en la mejilla a su hija.

—Las dos están hermosas. Si alguien las mira, voy a sentir celos —.

—¡Ja, ja, ja! No exageres —.

—¡Ja, ja, ja! Ven, sentémonos en esa banca —, manifestó Leonel, ayudando a Darly a sentarse.

—Gracias, hay bastante gente —.

—Sí, por lo menos nos dejaron una banca —.

—¡Ja, ja, ja! Aurora está dormida. Parece La Bella Durmiente —, dice Darly, tapándola con una ruana pequeña.

—Darly, creo que te has dado cuenta de lo que siento por ti —, le insinuó Leonel, sentándose a su lado. Ella se sonrojó, dejó pasar unos segundos para responder: —Sí, también siento cosas por ti —.

Él le tomó la mano y le dio un beso. Ella lo recibió y luego sonrió.

Leonel le sonrió y preguntó: —¿Quieres ser mi novia? —.

Darly volvió a sonreír y dijo que sí, y ambos se volvieron a besar.

El amor que un día se juraron Hernán y Darly llegó a su final.

Mi amigo sigue en su trabajo, día tras día, hasta que decidió seguir su camino.

—Qué lástima que te vayas. Estoy muy contento con tu trabajo —, comenta Saúl en su escritorio.

—Quiero seguir hasta Miami —.

—Aquí está el dinero que me pediste que te guardara. Ten mucho cuidado, que son bastantes dólares —.

—Lo haré. Gracias por guardar mis ahorros —.

—Toma, es una carta de recomendación. Te servirá para conseguir trabajo —.

—Gracias, me será de mucha ayuda —.

—Hernán, te deseo la mejor de las suertes. Espero que vuelvas a tu casa y seas feliz con tu novia —.

—Eso espero. Gracias por todo, joven Saúl. Me despediré de mis amigos y seguiré mi camino —.

Saúl le estrechó la mano y le dijo: —Gracias por tu trabajo —.

Hernán salió de la oficina, se despidió de sus amigos y le comentó a Margoth: —Hasta aquí llegamos —.

—¡Ja, ja, ja! Sí, hasta aquí llegamos. Te voy a extrañar —.

—Yo también. Espero que alguien te acompañe a la estación —.

—Ojalá, que el joven Saúl me siga llevando —.

—Aprovecha y conquístalo —.

—¡Ja, ja, ja! Él ya tiene novia —.

—Bueno, Margoth, lo último que nos queda es darnos un abrazo —.

—Perdón que llore. Tú te has convertido en un hermano para mí —.

—Lo mismo pienso. Eres esa hermana que nunca tuve —, y se dieron un largo abrazo.

Fue a la posada por sus cosas y le dijo a la señora Ester: —Muchas gracias por ser como una madre para mí —.

—¡Ay, hijo! Como me gustaría que te quedaras —.

—Gracias por sus consejos, por la comida. Cada plato era delicioso —.

—Cociné con mucho cariño para ti —.

—Lo sé. Por eso siempre estaré agradecido con usted —.

—Bueno, hijo. Que te vaya bien y acuérdate de esta vieja —.

—Siempre lo haré —, susurró Hernán, y sus lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

Lo mismo pasa en el rostro de Ester.

Salió rumbo al terminal para seguir hacia Miami.

Esta vez, llegó a Mobile, Alabama. Se bajó del autobús y empezó a preguntar: —Señora, ¿dónde encuentro un lugar donde hospedarme? —

—I don’t speak Spanish —.

—Lo siento —.

—Señora, ¿habla español? —.

—Sí, joven. ¿Qué desea? —.

—Busco un lugar donde hospedarme —.

—Tienes que caminar unas dos cuadras en esa dirección. Por ahí, encontrarás dónde hospedarte —.




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