La Cámara del Senado no había sido diseñada para la intimidación, pero la intimidación había sido diseñada en ella. Cincuenta años de sesiones, de votos, de gritos contenidos y de silencios estratégicos habían pulido la piedra de sus paredes hasta convertirla en algo más que arquitectura: un monumento al poder que se ejercía allí dentro. El edificio circular que Kaiza y los fundadores habían levantado con barro, sudor y la urgencia de quienes no sabían si vivirían para ver el amanecer, había sido reemplazado —piedra sobre piedra, capa sobre capa— por una estructura de obsidiana y mármol traído de las canteras del norte, financiado por los impuestos que todos pagaban pero que solo unos pocos decidían cómo gastar. La cúpula, que en los primeros años había sido de paja tejida por manos humanas y elfas, ahora era una bóveda de cristal transmutado que Seren había diseñado antes de morir, un material que dejaba pasar la luz pero filtraba el calor, el frío y —según los magos— las intenciones malignas. Cincuenta años. El tiempo suficiente para que una choza se convirtiera en palacio. El tiempo suficiente para que una promesa se oxidara hasta convertirse en cadenas.
El sol de la mañana entraba por la ventana alta, una rendija vertical orientada al este que proyectaba una losa de luz dorada sobre el centro de la cámara. Allí, donde antes había estado la losa del Pacto Preliminar clavada a una estaca de roble, ahora se alzaba un pedestal de mármol negro sobre el cual descansaba el Pacto mismo, protegido por una cúpula de cristal más pequeña. El pergamino original se había preservado, pero sus bordes estaban amarillentos, y la tinta que Xian había usado para escribirlo se había desvanecido en algunos puntos, como si las palabras mismas hubieran decidido que no valía la pena seguir siendo legibles. "Nosotros, representantes de los humanos de los llanos, de los elfos de Lethyrion, de los magos de las Siete Torres, y de los Elemens de Eltrix..." La frase seguía ahí, pero ahora sonaba a epitafio.
Los once asientos fundacionales se disponían en círculo alrededor del pedestal. No eran sillas comunes. Eran tronos tallados en la roca viva del cráter de Eltrix, transportados a Draxcan mediante métodos que los humanos no comprendían y que los magos no podían replicar sin pagar décadas de vida. Cada trono tenía una forma distinta, moldeada por el elemento que el senador fundacional había dominado. El de Keltrom, por ejemplo, era de una piedra ámbar que pulsaba con una luz tenue, como si el asiento mismo respirara. El de Yainiz estaba hecho de obsidiana negra con vetas de fuego cristalizado que brillaban cuando ella se enfurecía. Los tronos de los magos —Eryndor y los dos que le habían sucedido— eran de cristal que cambiaba de opacidad según la luz. Los de los elfos tenían formas orgánicas, como si hubieran crecido de la tierra en lugar de ser tallados. Y los dos que habían pertenecido a los humanos... bueno, uno de ellos, el de Kaiza, había sido reemplazado por una réplica de piedra común que un escultor Elemen había tallado "en honor a la memoria del fundador". La réplica no pulsaba. No brillaba. No respiraba. Era una piedra muerta en un círculo de piedras vivas.
Keltrom llegó primero, como solía hacer desde que la edad —o lo que los Elemens llamaban edad— había comenzado a doblegarle las articulaciones. Tenía ahora seiscientos setenta años, una cifra que lo convertía no solo en el senador más anciano, sino en la criatura viva más longeva que la mayoría de los habitantes de Draxcan habían visto jamás. Su cabello, antes plateado-azulado, ahora era de un blanco puro que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. El Manto de los Siete Pliegues, que en su juventud había ondeado con independencia propia, ahora colgaba de sus hombros con una pesadez que sugería que los elementos mismos estaban cansados de sostenerlo. Caminaba —no flotaba, ya no podía permitirse el lujo de gastar energía elemental en algo tan trivial como evitar la gravedad— con la ayuda de un báculo de cristal resonante que golpeaba el suelo de mármol con un sonido seco, como el de un reloj contando los segundos que le quedaban.
Se sentó en su trono con un suspiro que pareció provenir de las profundidades de la tierra. Colocó sus manos sobre los brazos del asiento, sintiendo la vibración familiar de la piedra ámbar que lo había acompañado durante siglos. Cerró los ojos. No para meditar, como hacía en su juventud, sino simplemente para descansar. Porque en los últimos años, cada sesión del Senado era una batalla, y cada batalla le costaba más que la anterior.
—Llegas temprano —dijo una voz desde la entrada.
Keltrom abrió los ojos. Yainiz estaba en el umbral, con la cinta de la Guardia del Pacto todavía en el brazo izquierdo, aunque hacía décadas que había dejado de patrullar las calles para ocupar su asiento en el Senado. Tenía ciento setenta años, una edad que la convertía en adulta madura para los estándares elementales, pero joven en comparación con Keltrom. Su cabello, antes oscuro y cortado a la altura de los hombros con rudeza de guerrera, ahora llevaba canas que ella no se molestaba en teñir. Su rostro, que había sido duro y angular, se había suavizado con los años, aunque sus ojos verdes oscuros conservaban la misma intensidad que Keltrom recordaba de la joven que había caminado a siete pasos de distancia hacia el Vado del Susurro.
—Llego temprano —respondió Keltrom— porque cada vez me cuesta más levantarme, y prefiero hacerlo antes de que el sol me obligue.
Yainiz cruzó la cámara con paso firme. Su trono de obsidiana negra estaba a la derecha de Keltrom, una posición que no indicaba jerarquía sino alianza. Se sentó, y las vetas de fuego cristalizado en la piedra brillaron brevemente, como si reconocieran a su dueña.
—¿Has leído la propuesta? —preguntó Yainiz.
—¿Cuál de ellas? —Keltrom soltó una risa seca—. En los últimos cincuenta años he leído más propuestas que hojas ha perdido el bosque en otoño.