Los Inicios de Draxcan: El Senado de los Once

Capítulo II: La Mayoría Elemens

El amanecer en Draxcan no era un amanecer igual para todos. En el Radio Elemen, donde las torres de cristal resonante se alzaban sobre edificios de piedra pulida por la magia geológica, la luz del sol se filtraba en armonías que calmaban el espíritu y sanaban el insomnio. Los balcones de los senadores elementales estaban orientados para capturar la primera luz dorada, y sus jardines colgantes, alimentados por agua canalizada desde el río Morvain mediante acueductos diseñados por ingenieros humanos pero pagados por fondos elementales, florecían en invierno con colores que los humanos de los llanos no habrían creído posibles. Pero en el Radio Humano, al este de la plaza central, el amanecer llegaba diferente. Llegaba entre chimeneas de talleres que vomitaban humo negro, entre calles de barro que la helada nocturna había convertido en superficies de piedra afilada, entre chozas donde familias de siete personas compartían una sola habitación porque el alquiler de una segunda había sido fijado por administradores elementales que nunca habían dormido en el frío. El sol mismo, cuando finalmente superaba los tejados bajos del barrio humano, parecía más pálido, más cansado, como si también él hubiera decidido que no valía la pena esforzarse demasiado por quienes no podían pagar por su luz.

Esta dualidad no había sido planificada. Al menos, no en los documentos fundacionales. Los Once Originales, reunidos en la losa del vado cincuenta años atrás, habían soñado con una ciudad donde los cuatro radios convergieran en igualdad, donde el pan se compartiera y la tierra no tuviera dueño. Pero los sueños, como los ríos, cambian de curso cuando encuentran obstáculos. Y el obstáculo, en este caso, había sido el tiempo. El tiempo, que para los Elemens era una sustancia lenta y manejable, como el barro entre los dedos de un alfarero. Y para los humanos, era una guadaña que segaba generaciones enteras antes de que un elfo terminara de tejer un manto.

La transformación del Senado había comenzado con una muerte. La muerte de Kaiza, veinte años atrás, no había sido espectacular. No murió en batalla, como habría preferido, ni en el centro de la plaza proclamando la igualdad de las razas. Murió en su cama, en una choza del Radio Humano que se negó a abandonar incluso cuando los senadores le ofrecieron residencias en el centro. Murió de pulmón agrietado, una enfermedad de los humos de los llanos que ni la magia elfica ni la alquimia maga pudieron curar por completo. Tenía sesenta y tres años. Para los humanos, una edad respetable. Para los elfos, un suspiro. Para los Elemens, un parpadeo. Cuando su cuerpo fue enterrado en la plaza central, junto a la losa del Pacto, los senadores Elemens que entonces controlaban cinco de los once asientos fundacionales —ya una mayoría— votaron por llenar su vacante con un Elemen. "Por continuidad", argumentaron. "Por estabilidad". "Porque los humanos pueden elegir representantes consultivos, pero los asientos fundacionales requieren longevidad". Borin, que aún vivía, protestó. Pero Borin era panadero, no guerrero. Y cuando murió quince años después, también de enfermedad humana, su asiento fundacional —sí, le habían otorgado uno a cambio de su apoyo inicial— fue "reintegrado" a la mayoría elemental. Uno a uno, los asientos humanos habían caído. Uno a uno, los Elemens los habían ocupado. No por conspiración, al menos no en el sentido de tramas oscuras en habitaciones sin ventanas. Sino por la lógica implacable de la demografía. Los humanos morían. Los Elemens no. Y una democracia donde los votantes mueren pero los escaños permanecen, tarde o temprano, se convierte en aristocracia.

Torvin lo entendía perfectamente. No porque lo hubiera planeado —tenía apenas doscientos cincuenta años cuando Kaiza murió, demasiado joven para ser el arquitecto de una estrategia secular—, sino porque lo había heredado. Había crecido viendo cómo sus predecesores, senadores elementales de mentalidad conservadora, justificaban cada sustitución con argumentos de pragmatismo. Y ahora, con trescientos años y el control absoluto de nueve asientos fundacionales, Torvin era el beneficiario de un sistema que no había creado pero que había perfeccionado. La mayoría Elemens no era solo un hecho numérico. Era una filosofía de gobierno.

Estaba en su estudio privado, en la torre más alta del Radio Elemen, cuando el sol de la mañana tocó el cristal de su ventana. La habitación era circular, con paredes de obsidiana pulida que reflejaban su imagen desde todos los ángulos, creando la ilusión de que estaba rodeado de sí mismo. Un truco psicológico que le había enseñado un mago de la Torre del Eco: si te ves a ti mismo desde fuera, nunca olvidas quién eres. Y Torvin no quería olvidar quién era. Era el líder del Senado. El verdadero gobernante de Draxcan. El hombre —el elemental— que había convertido una alianza de cuatro razas en un reino gobernado por una.

—Han pasado veinticuatro horas —dijo una voz desde la sombra.

El senador Veyron emergió de un rincón donde la luz no llegaba. Era un Elemen de doscientos ochenta años, alto y delgado, con la piel de un tono grisáceo que indicaba dominio avanzado del elemento tierra. Llevaba el manto de los Cinco Pliegues —no los siete, nunca había alcanzado la maestría completa— y en su mano sostenía un pergamino que goteaba cera de sello.

—¿Y? —preguntó Torvin, sin girarse.

—El Ejército se moviliza —dijo Veyron—. Kaida ha emitido las órdenes. Los primeros mil soldados partirán hacia el norte en tres días. Los otros dos mil seguirán en quince.

—¿Lealmente?

—Eso es lo interesante —Veyron se acercó, dejando el pergamino sobre la mesa de obsidiana—. Kaida obedece. Pero no calla. En el cuartel general, se ha reunido con sus oficiales durante seis horas. Las puertas estaban cerradas. Mis informantes no pudieron escuchar el contenido, pero sí el tono. No era el tono de un general motivado. Era el de un hombre dando órdenes que odia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.