El amanecer en el Radio Élfico no llegaba con el estruendo de las forjas humanas ni con la arrogancia cristalina de las torres elementales. Llegaba como un susurro entre hojas, como el paso de un ciervo sobre musgo húmedo, como la primera nota de una sinfonía que duraba siglos. En los viaductos de madera viva que unían las copas de los árboles centenarios —robles que no habían sido talados sino persuadidos, según decían los arquitectos elfos, para crecer en formas de puente y balcón—, la luz se filtraba en tonos esmeralda y ámbar, pintando el aire con una calidad que hacía que los pulmones recordaran lo que significaba respirar antes de que existieran las ciudades. El rocío no caía en el Radio Élfico; ascendía desde las raíces, una neblina perfumada de resina y flor silvestre que envolvía los caminos de corteza pulida y hacía que los pasos de quienes transitaban por allí parecieran bendiciones en vez de perturbaciones.
Pero el Radio Élfico, a diferencia de lo que imaginaban los humanos que jamás cruzaban sus límites por miedo o por prohibición tácita, no era un paraíso de ocio. Era un bastión de cálculo disfrazado de jardín. Cada jardín colgante que purificaba el aire de Draxcan era una moneda de cambio en una economía de favores que nunca se registraba en los pergaminos del Senado. Cada semilla mágica que permitía cosechar trigo en invierno era un argumento en una negociación que no terminaba nunca, porque los elfos habían aprendido hacía mucho, mucho antes de que la losa del vado existiera, que la verdadera influencia no se ejerce desde el trono visible, sino desde la raíz oculta. Y en el centro de esa red de raíces, sentada en un balcón de lianas trenzadas que crecían exactamente una pulgada cada década, estaba Valeris.
Tenía doscientos cuarenta años, lo cual, para los estándares élficos, la situaba en la flor de una madurez que los humanos asociarían con los treinta y cinco. Su cabello, del color de la madera de nogal pulida, caía en una trenza simple que desafiaba las modas intrincadas de su gente; Valeris no tenía tiempo para modas. Sus ojos, de un verdor tan profundo que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla, observaban la ciudad desde su atalaya natural. Desde allí, el Radio Elemen parecía una corona de espinas de cristal que había brotado demasiado deprisa. El Radio Humano, al este, era una mancha gris donde el humo de las chimeneas formaba una nube permanente, como una herida que no cicatrizaba. Y entre ambos, la plaza central, donde el Pacto yacía bajo su cúpula de vidrio, brillando con una ironía que cada día resultaba más insoportable.
—La luz de esta mañana es mentirosa —dijo una voz detrás de ella.
Valeris no se giró. Conocía el paso de Thalorin mejor que el de su propia sombra. El anciano senador élfico, con sus seiscientos setenta años y su espalda que comenzaba a curvarse como rama bajo nieve, se detuvo a su lado apoyándose en un bastón de hueso de ciervo. Thalorin vestía las ropas del Cónclave Antiguo, capas de terciopelo verde oscuro bordadas con hilos de oro que representaban el Árbol Genealógico de los Clanes del Norte, una prenda que en tiempos pasados había significado soberanía absoluta y que ahora, en el Senado de Draxcan, significaba poco más que nostalgia permitida.
—¿Mentirosa? —preguntó Valeris, sin apartar la vista de la plaza.
—Pinta todo de oro y esmeralda —respondió Thalorin, y su voz tenía la cualidad áspera de los elfos que han vivido tanto que el tiempo ha comenzado a erosionar sus cuerdas vocales—. Como si el mundo fuera justo. Como si las cosas crecieran donde deben crecer. Pero nosotros sabemos que la luz no alcanza las raíces, Valeris. Y las raíces es donde estamos nosotros. No en las copas. En la oscuridad húmeda, luchando por nutrientes que otros árboles monopolizan.
Valeris sonrió, una expresión breve y sin humor.
—Hablas en alegorías, Thalorin. Eso es lo que hacen los poetas cuando no pueden cambiar la realidad.
—Y tú hablas en estrategias —replicó el anciano—. Eso es lo que hacen los políticos cuando tampoco pueden cambiarla. La diferencia es que mi poesía dura más que tus tratados.
Antes de que Valeris pudiera responder, una tercera figura emergió de la penumbra del interior. Elara era joven, apenas noventa años, lo que en términos élficos equivalía a una juventud tan reciente que aún olía a savia fresca. Su cabello era plateado, un tono raro incluso entre los elfos, y sus ojos tenían el color del cielo antes de la tormenta, ese gris azulado que anticipa cambios. Vestía túnicas sencillas, casi humildes, y en su cinturón llevaba un cuchillo de hoja curva que no era ornamental: Elara había crecido en la frontera norte, entre comunidades mixtas de elfos y humanos, y sabía lo que costaba un metro de tierra y un día de cosecha.
—La sesión comienza en una hora —dijo Elara, sin saludos innecesarios—. Y he oído rumores. Torvin ha preparado una Orden de Requisición. Quiere que el Radio Élfico suministre sin compensación dos mil sacos de semillas de invierno, quinientas unidades de medicina de corteza de sauce llorón, y trescientas vigas de madera viva para las nuevas fortificaciones del norte.
Valeris cerró los ojos. El peso de la noticia no era inesperado, pero sí el volumen. Dos mil sacos de semillas representaban la mitad de las reservas élficas para la próxima estación. Las vigas de madera viva eran especialmente crueles: no se trataba de madera muerta, sino de árboles que aún respiraban, que aún sentían, cuya extracción equivalía, en la cosmovisión élfica, a una amputación sin anestesia.
—Es una expropiación disfrazada de patriotismo —dijo Thalorin, y por primera vez en la conversación, su voz perdió la cadencia poética para adquirir un filo de acero—. Primero fue la Ley de Expansión. Ahora es esto. Mañana será nuestra tierra. Y pasado mañana, nuestras vidas.
—No exageres —dijo Valeris, aunque sabía que el anciano no exageraba.
—¿No? —Thalorin golpeó el suelo con su bastón—. Cincuenta años, Valeris. Cincuenta años desde que dejamos nuestros bosques para venir a esta... esta construcción de piedra y promesas. Nos dijeron que seríamos socios. Que el Senado sería un consejo de iguales. Y ahora míranos. Tres asientos. Tres entre once. Una minoría que ni siquiera es respetada como oposición. Somos decoración. Somos el follaje que oculta el tronco podrido.