Los Inicios de Draxcan: Las Raices de la Unión

Capítulo II: Las Torres de los Magos

El desierto de Kharanth no era desierto por falta de agua, aunque el agua escaseaba. Era desierto por exceso de conocimiento. Los magos lo llamaban el Silencio Mineral, una extensión de mesetas y cañones donde la tierra había absorbido tantos hechizos a lo largo de los siglos que la vegetación había renunciado, no por sequía, sino por respeto. Los árboles no crecían en Kharanth porque la tierra ya estaba ocupada albergando ecosistemas de ecuaciones arcanas, de fórmulas que pulsaban bajo la superficie como raíces invisibles. Un campesino humano que cruzara aquellas tierras vería solo roca, arena y el ocasional cactus retorcido. Pero un mago, un verdadero mago, vería el paisaje como era: un palimpsesto de energía, donde cada grano de arena conservaba la memoria de un hechizo lanzado hacía cientos de años.

Siete torres se alzaban en Kharanth, dispersas como dedos de una mano enterrada que se negara a morir completamente. No habían sido construidas con piedra ni ladrillo, al menos no en el sentido que cualquier otro artesano entendería. Cada torre había sido transmutada de la roca viva del desierto por un arquimago del pasado, un acto que había costado a esos fundadores no solo décadas de preparación, sino lustros de vida. Porque esa era la primera ley de la magia en el mundo que los magos habitaban, una ley que no admitía excepciones ni buscaba compensaciones: el poder tenía un precio, y el precio era el tiempo. No el tiempo que se invertía estudiando, aunque ese también era considerable. El precio real, el que se pagaba en el momento exacto de la conjuración, eran años de vida. Un hechizo menor, el encendido de una llama o la levitación de una pluma, costaba meses. Un hechizo mayor, la transformación de la roca en una torre habitable, costaba décadas. Y los hechizos que trascendían lo material, aquellos que alteraban el curso de la naturaleza o la mente, costaban siglos.

Maelon tenía trescientos cuarenta y siete años, pero no los parecía. No porque la magia otorgara juventud —esa era una mentira que los magos no se cansaban de desmentir entre ellos, aunque alimentaban entre los profanos—, sino porque el tiempo que le habían robado sus hechizos no se había llevado solo años de su vida, sino también algo más difícil de definir. Su cuerpo tenía la apariencia de un hombre de sesenta, quizás setenta años, con el cabello completamente blanco y una barba que había dejado de afeitarse hacía dos décadas, cuando se dio cuenta de que el acto de afeitarse le consumía una mañana cada semana y prefería invertir ese tiempo en la destilación de esencias. Pero sus ojos, de un ámbar tan claro que parecían casi dorados, contenían la fatiga de quien ha vivido demasiado en demasiado poco tiempo. Eran ojos que habían visto la muerte no como evento futuro, sino como transacción cotidiana.

Estaba en el nivel trece de la Torre de la Quintaesencia, la más alta de las siete, aunque "alta" era un concepto relativo cuando se hablaba de estructuras que cambiaban de forma según la fase lunar. La torre no tenía escaleras. Los magos no usaban escaleras, al menos no los magos que sabían lo que hacían. Las escaleras eran para quienes aceptaban la gravedad como dada, y los magos, por definición, no aceptaban nada como dado. En su lugar, la torre disponía de corrientes de aire encantadas, columnas de viento que ascendían por huecos verticales con la regularidad de un latido. Maelon se elevaba por una de esas columnas ahora, flotando con la indolencia de quien ha realizado ese viaje miles de veces, mientras en su mano izquierda sostenía un matraz de cristal que contenían un líquido del color del crepúsculo.

El líquido se llamaba, en el registro formal de la torre, Essentia Mortis Volatilis, la Esencia Volátil de la Muerte. En la jerga de los alquimistas, simplemente se llamaba "el Suspiro". Era una sustancia que Maelon había estado refinando durante doce años, un proceso que no admitía prisa ni descuido. Cada gota representaba aproximadamente tres meses de vida extraídos de materiales que Maelon prefería no nombrar en voz alta, incluso cuando estaba solo. No era magia negra, al menos no según la taxonomía que los magos habían desarrollado para mantenerse cuerdos. Era magia gris, la categoría más peligrosa de todas, porque no era ni aprobada ni prohibida. Simplemente era... necesaria.

Maelon emergió de la columna de aire en el nivel trece, donde el viento depositó suavemente sus pies sobre un suelo de obsidiana pulida. El nivel trece no tenía paredes en el sentido convencional. En su lugar, la torre se abría en una cúpula de cristal que no había sido fabricado, sino convencido de existir. El cristal, en la teoría mágica de Maelon, no era una sustancia sino un estado de ánimo de la sílice. Si uno sabía hablarle correctamente —y el hablar correctamente implicaba sacrificar aproximadamente un año de vida por cada metro cúbico— la sílice accedía a convertirse en algo transparente, duro y hermoso. El resultado era una cámara circular donde el cielo del desierto se mostraba en toda su brutalidad desnuda, sin intermediarios.

El cielo de Kharanth a mediodía no era azul. Era un blanco plateado, casi metálico, como si el firmamento hubiera sido pulido por siglos de viento abrasivo. El sol no brillaba; golpeaba. Su luz no se filtraba a través de las ventanas; se estrellaba contra ellas con una violencia que cualquier otro material habría cedido hacía tiempo. Pero el cristal convencido no cedía. Simplemente permitía que la luz pasara, con la condescendencia de quien concede un favor que sabe que no puede negar.

Maelon dejó el matraz sobre una mesa que tampoco había sido construida en el sentido tradicional. La mesa era una losa de basalto que había decidido, tras décadas de persuasión alquímica, mantenerse horizontal y estable. Sobre ella descansaban instrumentos que ningún herrero podría forjar: retortas que enfriaban sustancias por debajo del cero absoluto sin congelarse, morteros que molidan materiales a nivel molecular, pipetas que medían no volúmenes sino intenciones. La alquimia de Maelon no era la alquimia de los charlatanes que vendían oro falsificado a reyes estúpidos. Era la alquimia de la transmutación esencial, el arte de convertir no plomo en oro, sino vida en conocimiento, y viceversa.




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