Eltrix no era un lugar que se pudiera encontrar por accidente. No estaba escondido tras montañas inaccesibles ni protegido por muros de piedra labrada por manos mortales. Su ocultamiento era de una naturaleza más antigua, más íntima, más absoluta: el cráter simplemente no deseaba ser visto. Los viajeros que se aventuraban por las tierras altas del sur, donde la meseta se quebraba en formaciones basálticas negras como los dientes de un gigante petrificado, sentían una inclinación inexplicable a girar hacia el oeste cuando debían seguir hacia el este, a descansar en valles que no aparecían en sus mapas, a convencerse de que habían ya explorado suficiente y era hora de regresar. No era magia, al menos no la magia que los magos de Kharanth practicaban con precios medidos en años de vida. Era voluntad geográfica, una expresión que los Elemens usaban para describir la manera en que el mundo recordaba quién había caminado sobre él primero. Y los Elemens, aunque no fueran los primeros habitantes de la tierra, eran sin duda los que más tiempo llevaban recordando.
El cráter tenía treinta leguas de diámetro, una cicatriz en la piel del mundo que databa de una época anterior a la memoria escrita de cualquier otra raza. En su centro se alzaba la Caldera, una depresión más profunda donde la roca se había vuelto de un color ámbar translúcido, como resina petrificada por el calor de una furia inimaginable. Allí, en las profundidades de la Caldera, dormían los dragones. No todos los dragones, por supuesto. La mayoría de las criaturas de esa especie —si es que se les podía llamar especie, pues cada dragón era único, irrepetible, un universo de escamas y fuego envuelto en piel— habían muerto o desaparecido en los cataclismos que habían modelado el mundo. Pero dos permanecían. Drazco, cuyo nombre en el idioma de los Elemens significaba El Primero que Sopla, y Acnologia, cuyo nombre no tenía traducción porque era un sonido, un rugido convertido en sílabas. Habían luchado en este mismo lugar hacía milenios, y su batalla había excavado Eltrix. Luego, agotados más allá de cualquier medida que los Elemens pudieran comprender, se habían sumergido en la roca fundida y habían cerrado los ojos. No estaban muertos. Los dragones no morían como morían las otras criaturas. Simplemente dormían, y su sueño era tan profundo que se confundía con la geología misma. A veces, en noches de tormenta, los habitantes de Eltrix sentían un temblor que no provenía de ninguna falla tectónica. Era Drazco, girándose en su sueño. A veces, en los solsticios, el aire del cráter se cargaba de un olor a azufre y ozono que hacía llorar a los niños sin que supieran por qué. Era Acnologia, soñando con fuego.
Keltrom estaba en el Borde del Recuerdo cuando la luna matutina —un disco pálido que aún no había decidido si quedarse o ceder su lugar al sol— se asomó por el horizonte oriental del cráter. No era un hombre joven, aunque determinar la edad de un Elemen resultaba tan difícil como determinar la edad de una montaña. Su cabello, que llevaba suelto hasta la cintura, no era blanco ni gris, sino de un color que oscilaba entre el plateado y el azul pálido, como el cielo justo antes de una tormenta de nieve. Su piel tenía la textura de la piedra pulida por siglos de viento, lisa pero con una resistencia táctil que sorprendía a quienes la tocaban por primera vez. Sus ojos eran lo más desconcertante: no tenían un color fijo. Cambiaban según el elemento que dominara su espíritu en cada momento, y en esa mañana eran de un verde profundo, el verde de la tierra recién regada, porque Keltrom había estado meditando sobre el elemento tierra durante tres días consecutivos.
Llevaba el Manto de los Siete Pliegues, una prenda que no se tejía ni se cosía. Se formaba a partir de la condensación de los elementos en equilibrio, un proceso que tomaba décadas y que solo los Elemens que habían dominado al menos cinco de los siete elementos podían sostener sin que la tela se desintegrara. El manto parecía hecho de humo solidificado, de agua contenida, de fuego que no quemaba. En sus pliegues se movían sombras que no eran sombras, reflejos que no tenían origen. Era el único atributo de rango que Keltrom aceptaba portar, y lo hacía no por vanidad, sino por deber. Los Siete Pliegues eran un recordatorio visible de que quien los vestía debía mantener el equilibrio entre todas las fuerzas que gobernaban el mundo. Negligencia con un solo elemento podía hacer que el manto se volviera inestable, y la inestabilidad de un Siete Pliegues no era un accidente doméstico: era un desastre que podía nivelar una ciudad.
Keltrom estaba arrodillado sobre la roca ámbar, con las palmas de las manos apoyadas en la superficie tibia. No rezaba. Los Elemens no rezaban a divinidades, porque no reconocían divinidades en el sentido que las otras razas entendían. Para los Elemens, lo divino era la propia existencia, la interacción de las fuerzas elementales que componían todo lo real. No había un dios del fuego, porque el fuego era dios cuando ardía, y dejaba de serlo cuando se extinguía. No había una diosa del agua, porque el agua era sagrada cuando fluía, y profana cuando estancaba. La espiritualidad de los Elemens era inmanentemente física, tan concreta que los magos la consideraban materialista y los humanos la encontraban incomprensiblemente abstracta.
Lo que Keltrom hacía en el Borde del Recuerdo era escuchar la piedra. No una piedra cualquiera. La roca ámbar de la Caldera contenia, según la doctrina elemental, las eco-resonancias de la batalla entre Drazco y Acnologia. Cada átomo de esa rostra había sido testigo de un choque de fuerzas que habían remodelado continentes. Y en la memoria de esos átomos, grabada no como palabras sino como vibraciones, residían fragmentos de conocimiento que los Elemens consideraban su patrimonio más sagrado. No eran hechizos, no eras profecías. Eran memorias de forma, la comprensión de cómo el mundo había sido antes de que los dragones lo moldearan con su conflicto. Y comprender cómo había sido era, para los Elemens, la única manera de entender cómo debía ser.