Los Inicios de Draxcan: Las Raices de la Unión

Capítulo V: La Chispa del Conflicto

El amanecer en la frontera no era un amanecer, sino una tregua negociada entre dos mundos que se odiaban en silencio. Al este, los llanos se extendían en ondulaciones pardas donde la hierba crecía rala y reseca, como el pelo de un enfermo. Al oeste, el bosque de Lethyrion comenzaba sin aviso ni transición amable: un muro de troncos y sombras que los humanos habían aprendido a no mirar directamente, por la misma razón que no se mira al sol. Entre ambos territorios existía una franja de nadie, un espacio de aproximadamente doscientos metros donde la tierra parecía confundida sobre a qué reino pertenecía. Allí crecían arbustos retorcidos que ni los elfos consideraban dignos de su bosque ni los humanos útiles para sus campos. Allí se acumulaban piedras demasiado grandes para arar pero demasiado pequeñas para construir. Era un lugar de desechos geográficos, y por lo tanto, era el lugar perfecto para que estallara una guerra.

Ren tenía diecisiete años, una edad que en los llanos significaba que ya llevaba cinco años trabajando como un hombre, tres entrenando con la lanza, y dos fingiendo que no le asustaba el bosque. Era sobrino de Kaiza —hijo de Borin, el panadero— y había heredado de su padre la complexión robusta y de su madre, muerta de fiebre dos inviernos atrás, una curiosidad que los demás consideraban imprudente. Esa mañana, mientras clavaba una estaca de roble endurecido en la tierra pedregosa, no dejaba de mirar el límite del bosque. No porque esperara ver algo, sino porque no podía evitarlo. El bosque lo llamaba, aunque no con una voz amable. Lo llamaba como un pozo llama a la piedra que se deja caer sobre él.

—Deja de mirar, muchacho —gruñó el hombre a su lado, un veterano de cuarenta años llamado Vork que había perdido dos dedos en una escaramuza con el clan Durnan y que ahora consideraba esos dedos el precio de su sabiduría—. Los elfos no aparecen porque los mires. Aparecen cuando dejan de importarte. Y cuando aparecen, no los ves de todos modos.

—No estoy mirando por los elfos —mentía Ren, golpeando la estaca con un mazo de piedra—. Estoy mirando porque esta tierra huele raro.

Vork dejó de clavar su propia estaca y olfateó el aire. Tenía razón. Había algo en la brisa matutina, una dulzura subyacente bajo el olor habitual de polvo y hierba seca. Era el perfume de las hojas del bosque, llevado por un viento que raramente soplaba de oeste a este. Un viento que venía de los árboles hacia los llanos, como si el bosque exhalara.

—Viento cambiado —murmuró Vork, y por primera vez esa mañana, su tono perdió la seguridad del veterano cansado—. No es bueno.

El grupo era de doce hombres, enviados por orden de Gorran, no de Kaiza. Esa distinción, que en el campamento Rokhara parecía técnica, resultaba en la frontera una sentencia de muerte. Gorran había decidido, sin consultar al consejo completo, que la mejor defensa era una frontera física. No una línea imaginaria que los elfos pudieran mover con sus interpretaciones mágicas, sino una barrera real: estacas, fosos, y si era posible, fuego controlado que eliminara la vegetación que servía de puente entre el bosque y los llanos. Los doce hombres llevaban desde antes del alba clavando estacas y cortando matorrales, preparando el terreno para una quema que Gorran había programado para la tarde siguiente.

Ren clavó su estaca hasta que quedó firme, y se enderezó para masajearse la espalda. El sol apenas asomaba por el horizonte oriental, una línea rojiza que no proporcionaba calor, solo luz suficiente para distinguir la forma de las cosas. Fue entonces cuando vio el movimiento.

No fue un sonido. Los elfos no hacían ruido cuando no querían. Fue una ausencia de sonido, un hueco en el canto de los pájaros matutinos que Ren no había notado hasta que se hizo evidente. Los grillos de los llanos, que cantaban con una insistencia mecánica desde que llegaron, callaron de golpe. El viento que traía el perfume del bosque se detuvo. Y en el borde de los árboles, donde la sombra era tan densa que parecía un muro de tinta, algo se movió con una fluidez que no pertenecía al mundo de los humanos.

—Vork —susurró Ren, y su voz salió como un graznido.

Vork ya lo había visto. Ya había soltado el mazo. Ya tenía la mano en la daga del cinto, una hoja de hierro que había matado a un hombre del clan Durnan y que ahora, frente a lo que emergía del bosque, parecía un juguete.

Los Guerreros de la Espina salieron de la sombra como si la sombra los pariera. No eran muchos —ocho, quizás diez—, pero parecían más porque se movían con una sincronía que multiplicaba su presencia. Llevaban armaduras de corteza endurecida, pintadas con tintas que absorbían la luz, de modo que sus siluetas parecían fragmentos de oscuridad ambulante. Sus rostros estaban cubiertos con máscaras de madera tallada que representaban rostros de árboles en expresiones de furia contenida. Y en sus manos, llevaban espadas largas, delgadas, de un material que no era metal sino algo más pálido, más frío. Cristal de roca, el mismo material de la espada de Thandril.

Thandril iba al frente, y aunque su máscara ocultaba su rostro, sus ojos —visibles a través de rendijas— brillaban con una determinación que Ren, a sus diecisiete años, reconoció instintivamente como la mirada de un hombre que ya ha tomado una decisión irrevocable.

—Esta tierra no es vuestra —dijo Thandril, y su voz no era fuerte, pero llegó a los doce hombres con una claridad que parecía física, como si las palabras se hubieran materializado junto a sus oídos.

Vork fue el primero en reaccionar. No con sensatez, sino con el instinto de los llanos.

—¡Armas! —gritó, desenvainando su daga.

Fue lo último que dijo.

Thandril se movió. No corrió. No saltó. Se deslizó, una distancia de quince metros en el tiempo que a Ren le tomó parpadear. La espada de cristal de roca trazó un arco que no brilló porque no había luz suficiente para reflejar. Vork se detuvo en medio de su grito, con la daga alzada, y durante un segundo pareció confundido. Luego su cabeza se separó del cuello con una precisión quirúrgica, cayendo al suelo antes de que la sangre comenzara a brotar del muñón. El cuerpo se quedó de pie un instante más, como si la muerte tardara en notificarle a la carne que el alma se había ido. Luego colapsó.




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