Los Inicios de Draxcan: Las Raices de la Unión

Capítulo VI: El Primer Encuentro

El Vado del Susurro no había sido diseñado para la diplomacia. Era un accidente geográfico, un lugar donde el río Morvain —que los elfos llamaban Syl en sus mapas secretos y sus cantos nocturnos— se volvía tan superficial que un niño podía cruzarlo sin mojarse más allá de las rodillas. La corriente, agotada de su viaje desde las montañas del norte, se dispersaba en cientos de brazuelos que serpenteaban entre guijarros redondeados por siglos de agua paciente. En verano, el vado era una extensión de piedras blancas que brillaban bajo el sol como huesos descarnados. En invierno, una planicie helada donde el viento convertía los guijarros en proyectiles invisibles. Pero en esa mañana particular, en el limbo entre el otoño y el invierno que los humanos de los llanos llamaban la Quincena de las Sombras, el vado era algo más peligroso que huesos o hielo: era una ilusión de neutralidad.

La niebla se había levantado del río antes del amanecer, no como una cortina que se abre, sino como un fantasma que se niega a ser exorcizado. Colgaba sobre el agua en densidades variables, creando islotes de visibilidad en medio de un océano de vapor gris. Los árboles del bosque de Lethyrion detenían su avance a cincuenta metros del margen occidental, como si la tierra misma hubiera decidido que allí terminaba su jurisdicción. Los llanos, por su parte, comenzaban en el margen oriental con una suavidad engañosa, una pendiente de hierba amarillenta que parecía invitar al paso pero que ocultaba ciénagas donde el barro podía tragarse un hombre en cuestión de minutos. El vado era, en su esencia, una trampa disfrazada de puente. Y esa mañana, cuatro personas iban a cruzarla.

Kaiza llegó primero, aunque no por impaciencia. Había partido del campamento Rokhara cuatro horas antes del alba, caminando con la determinación de quien va a un entierro que aún no ha terminado. Llevaba su lanza, pero no en posición de combate. La asta descansaba contra su hombro con la punta apuntando hacia el cielo, un gesto que en los llanos significaba vengo a hablar, no a matar, aunque la distinción, en tiempos recientes, había perdido claridad. A su lado caminaba Xian, el diplomático del clan, un hombre de treinta y ocho años que había aprendido a negociar no en mercados sino en treguas, en intercambios de prisioneros, en los momentos precarios después de una batalla donde ambos bandos están demasiado exhaustos para seguir matándose. Xian era bajo, de complexión casi delicada para los estándares de los llanos, con manos largas y delgadas que gesticulaban cuando hablaba como si estuviera tejiendo argumentos en el aire. Su rostro, afeitado con una precisión que sugería acceso a agua abundante, era su principal herramienta: una máscara de serenidad que había engañado a enemigos más astutos que los que ahora esperaban al otro lado del río.

Detrás de ellos, a una distancia que Kaiza había insistido en mantener, se alzaba el campamento provisional de los Rokhara. Veinte hombres, los mínimos que Gorran había logrado imponer pese a la orden de Kaiza de venir solo. No eran soldados de élite. Eran agricultores, pastores, un herrero y dos cazadores que habían matado a hombres antes pero que preferían no volver a hacerlo. Estaban allí no como escolta, sino como testigos. Kaiza había insistido en ese punto: si moría en el vado, quería que veinte de los suyos vieran cómo y por qué. Quería que la memoria de su muerte, si llegaba, no fuera deformada por los rumores.

—La niebla es espesa —murmuró Xian, ajustándose la capa de lana gruesa contra la humedad que penetraba hasta los huesos—. No veremos a los elfos hasta que estén encima de nosotros.

—Los veremos —respondió Kaiza, sin detenerse—. La pregunta es si ellos querrán ser vistos.

Cruzaron el vado con el agua helada mordiéndoles los tobillos. Kaiza no aceleró el paso. Había decidido, durante la noche sin sueño que pasó junto al cuerpo de Ren, que no mostraría prisa ni temor. Cada paso sobre los guijarros resbaladizos era una declaración: estoy aquí, estoy firme, no huyo. Cuando llegaron al centro del río, donde el agua apenas cubría las suelas de sus botas, Kaiza se detuvo. Miró hacia el oeste, hacia la niebla que se alzaba como un muro vivo desde el bosque.

—Vienen —dijo Xian, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro que competía con el murmullo del agua.

La niebla se agitó. No por el viento, que en esa hora era inexistente, sino por algo que se movía dentro de ella con una fluidez que no pertenecía al mundo de los humanos. Primero fueron las sombras, alargadas y distorsionadas por el vapor. Luego, las formas. Aelindra emergió del manto gris como quien emerge de un sueño, sin romper la superficie sino simplemente apareciendo. Llevaba el manto de Tejedora de Raíces, que en la penumbra matutina parecía absorber la escasa luz en lugar de reflejarla. Sus ojos, del color del musgo de los ríos profundos, encontraron los de Kaiza a través de la distancia, y en esa mirada no hubo sorpresa, ni reconocimiento, ni la calidez de un saludo. Hubo evaluación. Una evaluación mutua, como la de dos depredadores que se encuentran en un territorio compartido y deben decidir si luchar o compartir la presa.

Detrás de Aelindra, a una distancia respetuosa de doce pasos exactos, se mantenían los Guardianes del Silencio. No cruzaron el río. Se quedaron en el margen occidental, capuchas bajas, inmóviles como estatuas de corteza. Su función no era proteger a Aelindra de una emboscada —eso habría sido insultante, una implicación de que el encuentro era una trampa—, sino asegurar que nada del bosque interrumpiera el diálogo. Eran un límite, no una escolta.

Aelindra caminó hacia el centro del vado, donde una losa plana de piedra emergía del agua como una mesa natural. Se detuvo a tres metros de Kaiza, una distancia que no era casual. Era el espacio que un elfo necesitaba para reaccionar si un humano atacaba, y el espacio que un humano necesitaba para no sentirse acorralado por la presencia élfica. Xian, con el instinto diplomático que lo había mantenido vivo en docenas de negociaciones, tomó un paso lateral, colocándose ligeramente detrás de Kaiza, en una posición que indicaba subordinación sin sumisión.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.