los jefes de la banda

la pena

El estadio está lleno. Más de sesenta mil personas contienen la respiración. Es un silencio extraño, pesado, como si todos presintieran lo que está por suceder. En el campo, Matías Almeyda camina lentamente, con la mirada fija en el césped. Lleva la camiseta de River Plate empapada en sudor, pero no es solo el cansancio físico: es el peso de la historia lo que lo agobia.

El partido termina. El marcador confirma lo impensado: River Plate desciende por primera vez en su historia. Durante unos segundos, nadie se mueve. Luego, el ruido estalla, una mezcla de incredulidad, tristeza y desesperación.

Almeyda se lleva las manos a la cabeza. Sus ojos se llenan de lágrimas. No es solo un jugador más: es un hincha dentro del campo, alguien que ama profundamente al club. Se arrodilla sobre el césped, golpea el suelo con impotencia y llora. A su alrededor, algunos compañeros también caen, otros miran al vacío.

El estadio ya no es solo un lugar de fútbol, es un escenario de dolor colectivo.

Sin embargo, en medio de ese caos emocional, algo cambia en él. Mientras se levanta lentamente, con el rostro aún marcado por las lágrimas, su expresión se endurece. No hay resignación, hay decisión.

Días después, cuando muchos esperaban que se alejara, Almeyda toma una determinación inesperada: quedarse. No como jugador, sino como entrenador. Decide enfrentar la reconstrucción desde adentro, cargar con la responsabilidad y liderar el regreso.

Esa escena, marcada por la caída, se convierte también en el inicio de su transformación. Porque para Matías Almeyda, ese no fue el final… fue el comienzo de una nueva historia.

Enero de 2026, estadio Ramón Sánchez-Pizjuán lleno, el Sevilla recibe al Levante, entonces colista de LaLiga. La presión es enorme: el equipo de Almeyda no gana desde hace cinco jornadas, y los rumores sobre su despido crecen.
El marcador va 0-2 al minuto 85. Almeyda, visiblemente desencajado, camina de un lado a otro de la zona técnica mientras la grada canta con rabia. Un penalti a favor parece la última oportunidad. Isaac Romero, el delantero joven en quien el técnico ha confiado, toma el balón. Falla. El estadio estalla en silbidos. Almeyda se lleva las manos a la cabeza, luego mira al suelo, inmóvil, sabiendo lo que viene.

Tras el pitido final, los jugadores bajan al vestuario sin mirarse. En rueda de prensa, “el Pelado” intenta mantener la calma: su voz se quiebra al reconocer que el grupo “ha perdido confianza” y que “el 0-1 fue un golpe psicológico del que no pudimos levantarnos”

Esa noche, el 0-3 ante el Levante se convierte en el símbolo del colapso de su etapa al frente del Sevilla. Días después, la directiva decide cesarlo, tras una reunión en la que el propio Almeyda admite estar “agotado mentalmente y sin fuerzas para revertir la situación”

Ese episodio marcó su punto más bajo en el club: un vestuario roto, presión desbordante y un público que pasó de la esperanza al desencanto en una sola noche.

Terquedad Táctica: Se le criticó una rigidez excesiva. Intentó implementar un sistema de marcas personales y una intensidad física que la plantilla no logró asimilar. En lugar de adaptarse a las características de los jugadores que tenía, forzó un estilo que terminó por romper físicamente al equipo antes de tiempo.Gestión de Vestuario y Rotaciones: Generó malestar por decisiones que parecieron caprichosas, como relegar a figuras con jerarquía en el club para priorizar a jugadores de su confianza que no estaban rindiendo. Esto provocó que el vestuario se dividiera y se perdiera la cohesión interna.Temperamento Descontrolado: Su imagen quedó muy dañada por sus constantes enfrentamientos con el estamento arbitral. En un club que ya vivía una situación institucional tensa, sus expulsiones y protestas aireadas fueron vistas como una falta de profesionalismo que dejaba al equipo "huérfano" en el banquillo durante partidos clave.Discurso de "Víctima": Tras su salida, su tendencia a señalar conspiraciones internas o falta de apoyo directivo en lugar de asumir errores propios molestó a la afición, que sintió que el técnico ponía su orgullo por encima del escudo.Falta de Liderazgo: A pesar de llegar con aura de gran capitán desde Argentina, en el Sevilla se le vio como un jugador sobrepasado por la presión de la liga española. No fue el caudillo que el equipo necesitaba para evitar el desastre del descenso.Desconexión con la Grada: Nunca se llegó a forjar ese vínculo de "garra" que suele tener con sus equipos. Se le percibió como un futbolista de paso, cuya mente estaba más en su siguiente salto a Italia que en la angustiosa situación que vivía el conjunto de Nervión en aquel entonces.Rendimiento Irregular: Se le recuerda más por las tarjetas amarillas y las interrupciones de juego que por su capacidad para organizar el mediocampo, dejando una sensación de que el esfuerzo económico realizado por su fichaje no fue devuelto en el campo.

¿Te gustaría que analizáramos cómo afectó su relación con la prensa local durante estas crisis?

Tras su salida de River, Almeyda llegó a Europa como una estrella, pero su paso por el Sevilla y la Lazio estuvo marcado por una intensidad que a menudo se transformaba en indisciplina.

El estigma de la agresividad: Se le criticó frecuentemente por su juego brusco. Sus expulsiones en momentos clave dejaron a sus equipos en desventaja.

Inestabilidad emocional: Almeyda ha confesado que en su etapa en el Inter de Milán comenzó a sentir el peso de una presión que no sabía gestionar, lo que afectaba su rendimiento constante en la élite.

Uno de los puntos más difíciles de su vida fue su primer retiro.



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En el texto hay: viva el sevilla

Editado: 04.05.2026

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