los jefes de la banda

la pena

El sol cae sobre el estadio, pero el calor no se compara con la energía que se siente en las gradas. Miles de hinchas cantan sin parar. Banderas, camisetas y lágrimas de emoción lo llenan todo. En el banco de suplentes, Matías Almeyda ya no viste de jugador: lleva traje, pero la intensidad en sus ojos es la misma de siempre.

Es el último partido de la temporada. River Plate está a minutos de lograr el ascenso. En la línea de banda, Almeyda no puede quedarse quieto. Da indicaciones, aplaude, grita, vive cada jugada como si estuviera dentro del campo.

El árbitro mira el reloj.

El pitido final rompe el aire.

Por un segundo, hay silencio… y luego, una explosión. El estadio estalla en un grito que parece no tener fin. River Plate vuelve a Primera.

Almeyda se queda inmóvil. Sus ojos se llenan de lágrimas otra vez, pero esta vez son distintas. No hay dolor, hay alivio, orgullo, justicia. Se lleva las manos al rostro, respira profundo… y finalmente sonríe.

Los jugadores corren hacia él. Lo abrazan, lo levantan en el aire. Él grita, aprieta los puños, mira al cielo. Es el mismo hombre que meses atrás lloraba en ese mismo club, pero ahora ha cambiado la historia.

En las gradas, los hinchas corean su nombre.

Almeyda no dice nada. Solo observa. Sabe que no es solo un triunfo deportivo: es una herida que empieza a cerrarse.

Y mientras el estadio vibra, queda claro que ese momento no es solo un ascenso… es una revancha.



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En el texto hay: viva el sevilla

Editado: 24.03.2026

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