En el décimo quinto día del cuarto mes de nuestro autoexilio en las cordilleras se marcó un momento memorable: desde esa fecha, nuestro destino empezó a transformarse de forma descontrolada, llevándonos a caminos insospechados.
Esa mañana, comenzó con la ejecución de una nueva actividad en nuestras clases de pocionismo, ya que pensaba que era hora de comenzar a crear un jardín para pociones.
Con Nuros habíamos estado practicando con las pociones, y me había dado cuenta que él todavía no tenía idea del cultivo de plantas iluminadas.
Por lo que creí necesario crear un plan de estudio sobre este pues este tema era muy importante para un maestro pocionista.
Fue en este día tan inolvidable, que decidí por coincidencias de la vida, comenzar mis clases. Para ello, pensaba dividir la lección en dos temas: la agricultura tradicional y la botánica extraordinaria.
La primera consistía en cultivar plantas comunes, más que todo las que servían para alimentos o eran solo para decoraciones.
En cuanto la segunda, también se refería a cultivo, sin embargo, era mucho más difícil que la anterior, pues consistía en iluminar a las plantas comunes para que estas cultiven su propia energía mágica.
Por lo general, este trabajo tan complejo era manejado por aquellos que practicaban la subclase druida, sin embargo, debido a la limitaciones de nuestra raza, habíamos creados diversos métodos para crear nuestros propios jardines, que se habían transmitido y optimizado de generación en generación.
Sin embargo tales detalles no eran importantes por ahora en la enseñanza de mi estudiante, ya que eran conocimientos que solo se debían adquirir una vez establecida ciertas bases.
Por eso, ese día tan inolvidable, nos limitamos, a la agricultura tradicional para comenzar con el mundo del cultivo, de allí que Nuros, los Karitos y yo nos dirigimos al jardín delantero, para empezar la lección del día.
En una esquina cerca de la barrera construida por Dharai, Nuros quien llevaba puesto el sombrero y la mochila que le había hecho, comenzaba a arar el suelo para preparar la tierra para siembra.
Mientras el pelirrojo trabajaba en la tierra con entusiasmo, yo lo vigilaba mientras le brindaba al mismo tiempo algunos consejos y trucos que aprendí en mi vida pasada, cuando trabajé como profesora en una comunidad indígena.
Ellos me enseñaron muchas cosas, tanto en agricultura como en artesanías, por lo que no fue ningún problema para mí aprender botánica extraordinaria en este nuevo mundo.
Tampoco tenía reserva en enseñarle ese conocimiento a mi estudiante, si eso ayudaba a mejorar su experiencia con el cultivo de plantas.
Los tres polluelos que nos habían seguido a la clase como simple espectadores, pronto se interesaron en las acciones de mi estudiante, por lo que se acercaron con sigilo hacia su ubicación y observaron con curiosidad la tierra suelta por él, para luego proceder a rasguñarla con sus lindas y pequeñas garras.
Su madre no estaba en ese momento para vigilarlos ya que salió a cazar temprano en la mañana y nos encargó con mucha pena el cuidado de sus crías mientras conseguía comida para ellos.
Al principio me ofrecí en darles raciones suficientes para ellos durante su estancia en nuestra casa, los cuales, tenía guardada en mi collar en abundancia, pero ella se negó con firmeza y prefirió salir sola a buscarse su propia comida.
Me sorprendí mucho que dejara sus crías al cuidado de unos desconocidos, supongo, que el Karito tuviera más confianza en mí de lo que yo creía.
Por lo que, conmovida por su confianza, tomé muy en serio su petición y llevaba a Ciros, Zafiro y Pandora a todas partes para vigilarlos con cuidado ya que temía que les pasara algo durante su ausencia.
De allí que se desarrollara la divertida escena de la que ahora estaba siendo testigo: Nuros plantaba las semillas de Hibisco con alegría, mientras que a sus espaldas, los polluelos la desenterraba para comérselas con entusiasmo.
Como profesora, decidí guardar silencio ante sus furtivas acciones, ya que lo consideraba una prueba más que debía superar mi estudiante, pues en la vida real, era muy común que los animales intentaran de diversas formas, algunas muy croaticas, comerse la cosecha de los agricultores por lo que estos debían de estar muy pendientes de sus tácticas astutas.
Así que solo me limité a observar las travesuras de los polluelos, mientras Nuros inconsciente del triste destino de sus semillas, tarareaba una canción al tiempo que seguía con la actividad en el campo.
Sin embargo, su ignorancia no duró mucho tiempo, ya que Pandora, fiel al nombre que le otorgué, fue un poco más valiente que sus hermanos, al hacer un movimiento arriesgado que le salió muy mal: entrar en la mochila del pelirrojo para contrabandear más semillas.
Nuros se dio cuenta de inmediato de sus acciones, y al enterarse de que todas sus semillas habían sido desenterradas por esos tres revoltosos, comenzó una persecución para darles una lección, que se convirtió muy pronto, en un juego de etiqueta, en la que las aves estaban en grave desventaja ya que todavía no podían volar y sus físicos no podían compararse al de un dragón, por más joven que este sea.
Aun así, no quise intervenir para detener su “juego injusto” porque perseguir a los animales para que no se roben la cosecha, era algo que todo pequeño agricultor ha hecho, un evento del que no podían escapar, independientemente de si era Homo sapiens u de otra especie.