Mis ambiciones estaban acabadas.
O eso era lo que yo pensaba a estas alturas.
Intenté ser optimista, me esforcé y lo di todo de mí, pero nada había funcionado.
Ya habían pasado dos días desde aquel vergonzoso incidente y aún seguía reinando entre nosotros la incomodidad y la falta de comunicación, dando como resultados pocas conversaciones durante las visitas, aparte de las cortesías básicas.
Lo que impedía que mi plan se llevara a cabo.
Sabía que no debía se impaciente, las relaciones no se forjaban de un día para otro, se necesitaba tiempo, sobre todo porque esta estaba basada en el interés y no en sentimientos sinceros.
Nadie parecía colaborar: Nuros que siempre hablaba hasta por los codos, de repente, se había convertido en un apasionado de la lectura silencioso y para mi frustración, esa actitud solo ocurría cuando nuestros dos invitados estaban presentes.
Ni siquiera me atrevía a motivarlo a ser más abierto por miedo a que se emocionara demasiado y sus acciones tuvieran consecuencias inesperadas.
Todavía tenía cierto trauma con lo sucedido debido a su broma de mal gusto, ya había aprendido por las malas que en este mundo, no se debía subestimar las repercusiones que podrían traer esas acciones de mal gusto.
Dharai, por otro lado, no le dirigía la palabra a nadie durante esos encuentros, y Sylion ya no tomaba la iniciativa: se limitaba a observarnos, quizás para evitar cometer más errores y generar malentendidos entre nosotros.
¡Incluso Kaelun y los Karitos no hacían nada para interactuar entre ellos! Solo se dedicaban a tomar el sol y acicalarse las plumas o el pelaje.
Tenía la sensación de acababa de recibir esos conocimiento de forma casi gratuita, solo teníamos que relajarnos y hacer nuestras cosas durante esas breves visitas.
Normalmente, una atmósfera así me resultaría satisfactoria —sobre todo si ya había recibido el pago por adelantado—, sin embargo, para esta ocasión ese tipo de interacciones no era algo que me beneficiara, mi ambición no estaba satisfecha después de probar los beneficios que traía esta alianza.
Al menos, como mínimo debería poder obtener más información específica del mundo exterior: cuántos soberanos tiene cada imperio, sus ideologías, sus grupos de poder, entre otras cosas.
Después de todo, una oportunidad de interactuar de forma segura con otras razas era algo que solo se veía una vez en la vida para los dragones, y sentía con profunda frustración que no estaba aprovechándola como debería.
Era como ver un tesoro sin un dueño frente a mí y no poder reclamarlo.
La impotencia de no obtener lo que quería, dominaban mi estado de ánimo durante estos dos largos días.
Y no sabía cómo solucionar este estancamiento pues la diplomacia no era mi punto fuerte.
Sí, era capaz de enfrentarme a estudiantes imprudentes y a padres condescendientes con mucha maestría, pero esas habilidades no servían de mucho cuando se trataba de interactuar con otras razas.
Eso ya iba más allá de mis habilidades sobre todo cuando era de naturaleza más introvertida que extrovertida.
Sin embargo, lo peor de todo esta situación era que no podía conversar con mis compañeros sobre mis frustraciones con el fin de encontrar juntos una solución a este problema, ya que tendría que revelarles a todos mis preocupaciones fatalistas sobre el futuro de los dragones y no quería que estas afectaran nuestra relación en un ambiente tan incierto.
Ya que lo más probable Dharai desestime mis preocupaciones, pues ella parecía ser de la línea tradicional y ellos eran famosos por tener una confianza ciega hacia el consejo de ancianos.
En cuanto a Nuros, él quedaba descartado con seguridad, era demasiado joven e impulsivo como para involucrarlo en estas pesadas cuestiones, sobre todo si teníamos en cuenta su historial delictivo.
Aun así, al ver que al tercer día de nuestro encuentro, todo seguía igual, mi paciencia no podía aguantar más y estaba considerando con seriedad en arriesgarme y compartir con Dharai mis preocupaciones sobre todo el asunto, no sin antes ligarlas con unas cuantas mentiras inocentes, para evitar algunas preguntas incomodas.
Contra todo pronóstico, justo cuando iba a rendirme e implementar mi plan, encontré una solución de una forma un poco inesperada.
Todo comenzó cuando, queriendo liberarme un poco del estrés que estaba teniendo en estos últimos días, tomé la decisión de trasladarme al jardín a leer un libro de romance con una trama simple, con la esperanza que el paisajismo del jardín ayudara a estabilizar mi estado de ánimo.
Al salir, observé que Nuros y los polluelos también estaban en el jardín jugando algún tipo de juego, por lo que, de forma casi inconsciente, me senté cerca de ellos, para poder vigilarlos mejor mientras leía el libro, un hábito que ya estaba arraigado en mí, gracias a mi profesión.
Al principio, no les prestaba mucha atención a lo que hacían, más allá de asegurarme de que no intentaran algo peligroso, ya que mi concentración estaba casi por completo captada por la lectura.
Pero cuando esta se interrumpió de repente por un chirrido de victoria por parte de Ciros quien movía su alas con emoción, dejé el libro en mi regazo y comencé a prestarle un poco más de atención a su juego para confirmar la razón de tanto alboroto y decidir si era necesario alejarme un poco de ellos pues si sus gritos seguían constantes, estos no me dejaría leer con tranquilidad.