Al día siguiente después de una enseñanza intensiva, decidí concentrarme en la educación de cierto chico pelirrojo, porque tenía la seguridad de que las aves ya no necesitaban mi ayuda para desenvolverse con destreza en el maravilloso mundo del parchís.
Por eso, lo primero que hice esa mañana, después de un satisfactorio desayuno, fue revisar las tareas que le había dejado para comprobar su fundamento teórico, mientras vigilaba a Nuros quien se encontraba en el patio preparando el campo con varias pociones, todo con el fin de tener la tierra en perfectas condiciones para comenzar el sembrado de las semillas cuyas formas parecían muchas cosas en vez de su verdadera naturaleza.
Sin embargo, la siembra solo se llevaría a cabo al día siguiente ya que la tierra necesitaba tiempo para absorber las propiedades mágicas de las pociones y yo también tenía que cerciorarme bien que mi estudiante comprendía todos los fundamentos necesarios para emprender esa ardua tarea.
Después de todo, a los dragones se nos hacía muy difícil cuidar de las plantas iluminadas, o ellas intentaban matarnos, o nosotros a ellas pero sin querer.
Como no podíamos practicar la subclase druida, la agricultura mágica se convertía para nosotros, en toda una pericia, que no tenía nada que envidiar a los asedios de esos juegos en que las plantas se enfrentaban a muertos vivientes.
Por ese motivo, no quería arriesgarme con su primer cultivo, ya bastante problemas teníamos entre manos como para agregar algo más. Así que elegí una de las plantas más seguras que existía entre las razas de iluminados: la flor de seda, parecida al lazo de amor en mi vida anterior, esta era una de las plantas más predecibles que podías encontrar.
Hacer que mutaran era casi imposible, además que su carácter apacible la hacía la planta perfecta para un principiante.
Nada podría salir mal con ella, o eso era lo creía en ese momento. Mi yo ingenuo del pasado no sabría del incidente que causaría Nuros y sus dos compañeros, ni que su error se convertiría en un elemento esencial para nuestros futuros planes.
Pero eso era una cuestión para un futuro lejano. Por ahora, lo único en lo que mi mente estaba absorta era en descubrir si las respuestas perfectas y reflexivas de mi estudiante a los escenarios hipotéticos que había planteado eran el resultado de su arduo esfuerzo o si, de alguna manera, había hecho trampa.
Al final, me incliné más por la primera, ya que el pensamiento crítico era difícil de copiar en nuestras circunstancias, sobre todo cuando lo más cercano a la inteligencia artificial que teníamos era mi collar y este no se había apartado de mi cuello en ningún momento, además de ser una entidad de pocas palabras.
Luego, de la revisión y el arado, volvimos de nuevo a la casa con la intención de relajarnos en tiempo libre que nos queda. No obstante, mis planes no pudieron cumplirse debido al ataque de ternura que recibí una vez entre por la puerta.
Que podía decir, cómo podía resistirme a tres polluelos adorables que suplicaban mi atención con tanta dulzura.
Ciertamente mi corazón no podía.
Así que me la pase el resto de la mañana contando historias que sabía de mi vida anterior adaptada para los niños y al sentido común de este mundo.
No fue hasta que Dharai nos llamó para anunciarnos que el almuerzo estaba listo, que pude salir del aprieto en el que yo misma me había metido.
Y es que durante dos horas mi garganta no tuvo descanso, gracias a las suaves peticiones de los polluelos que parecían encantados con mis historias.
Incluso Nuros se unió al coro de peticiones cuando descubrió que mis relatos eran divertidos.
Por lo que el llamado de la guerrera se sintió para mí como mi salvación, por eso no perdí el tiempo para llevar a todos al comedor para disfrutar de la comida.
Solo cuando terminé de lavar los platos con mi estudiante, fue que pude tener un momento para mí y disfrutar de mi lectura.
Los niños habían tomado el parchis y estaban demasiados entretenidos con su partida como para causar problemas o prestarme atención, por lo disfrute esta rara paz con todo mi ser mientras la guerrera los vigilaba por mí.
Esta tranquilidad hasta que la alarma de la barrera nos indicó la llegada de nuestros habituales invitados.
Como faltaba solo unos pocos minutos para que estos llegaran y el tiempo era demasiado corto, Dharai y Nuros se ofrecieron a ayudarme a organizar las sillas, las mesas y los bocadillos que tenía planeado para la reunión, con el fin de recibir a nuestro visitantes con la máxima cortesía y comodidad.
Por suerte para mí, pude organizar todo antes de que Sylion y Kaelun entraran por la barrera para iniciar sus habituales saludos.
Estos, ya no eran un solo una forma más de cortesía, sino que contenían un tono cálido e íntimo, lo que indicaba el éxito de mi plan para estrechar lazos con ellos.
Esta diferencia de trato era marcada con el lobo, ya que él solía ser tacaño con sus palabras y ahora hablaba un poco más con nosotros.
Incluso Nuros dejó de lado la extraña “timidez” del principio y sus interacciones se volvieron mucho más espontáneas, retomando su habitual carácter risueño y extrovertido.