No tengo un talento que uno ponga en el currículum con orgullo. “Especialista en destrucción emocional con enfoque estratégico.”
No, definitivamente no queda bien en LinkedIn. Y miren que lo he intentado. He intentado adornarlo con términos modernos como “Consultora de Gestión de Crisis a la Inversa” o “Auditora de Reputación Kármica”, pero la plataforma sigue insistiendo en sugerirme que conecte con "Gurús de la Sinergia" o "Embajadores de la Felicidad Corporativa", porque claramente no está entendiendo a lo que me dedico. Gente que postea sobre cómo llorar en el baño de la oficina los hizo mejores líderes corporativos o cómo levantarse a las cuatro de la mañana a tomar agua con limón es el secreto del éxito financiero según paradigmas empresariales modernos.
Yo no lloro en el baño ni soy una influencer de cómo el agua con limón te hace fuerte, guácala, a mi me da acidez.
Pero, sobre todo, no queda bien en LinkedIn porque la gente prefiere la hipocresía. Prefieren creer que las caídas en desgracia son accidentes del destino o justicia divina, no una agencia que manipula la opinión pública.
Aunque debería ponerlo. Debería estamparlo en letras doradas en la puerta de mi oficina en el piso 42 de este rascacielos de cristal en pleno Midtown Manhattan.
Porque si hay algo que hago mejor que te paguen por elevar a una persona desconocida, es arruinar a la gente que lo tiene merecido.
No físicamente —no soy una psicópata, todavía, y el tráfico de Nueva York ya hace suficiente daño físico por sí solo— sino públicamente. Reputaciones. Imagen. Percepción. Lo que otros, esos mismos gurús de la sinergia, llaman “marca personal”, yo lo llamo “objetivo”.
Y lo destruyo junto a mi equipo de freelancers.
Con una sonrisa.
Con un café en la mano (un latte de leche de avena que me costó nueve dólares en una cafetería donde el barista te mira como si fueras basura por no traer tu propia taza reutilizable).
Y con un nivel de cinismo que haría llorar a cualquier terapeuta del Upper East Side.
Estoy sentada en mi escritorio ergonómico de caoba, mirando la pantalla de mi monitor curvo con la misma expresión con la que otras personas miran a su ex con pareja nueva: una mezcla perfectamente equilibrada de desprecio, análisis clínico y ganas de hacer daño. Afuera, la ciudad de Nueva York está envuelta en esa llovizna gris y melancólica que hace que los taxis toquen bocina con el doble de histeria y que el olor a basura mojada se eleve desde las alcantarillas hasta acariciar el cielo. Me encanta este clima. Va perfecto con mi alma.
—A ver, Chadwick —murmuro, deslizando el dedo por el mouse mientras leo el perfil de mi siguiente víctima, un idiota con un chaleco de algún viaje que hizo por la Patagonia chilena y una sonrisa ensayada—. Empresario, filántropo, inversor en criptomonedas “éticas”, cara de “yo no rompo un plato, solo salvo a las tortugas marinas”… asco. Algo te guardas, Mister Santito.
Siempre es igual.
Hombres perfectos.
Hombres admirados.
Hombres que donan dinero a fundaciones para niños huérfanos, que plantan árboles en la Amazonía desde sus teléfonos, que sonríen con dientes tan blancos y rectos que seguramente reflejan la luz del sol y causan accidentes de tránsito en la Quinta Avenida. Hombres que hablan de “cambiar el mundo” mientras beben kombucha en sus penthouse de Tribeca.
No hay nada que me dé más ganas de vomitar.
Mi trabajo consiste en encontrar la grieta en su perfecta fachada de mármol y vaya que me lo gozo.
Porque siempre hay una.
Siempre. Ningún ser humano que respire el aire tóxico de esta ciudad es un santo.
A veces es una amante escondida en un hotel boutique de Chelsea. A veces es evasión fiscal a través de una ONG que supuestamente rescata pingüinos con ansiedad social. A veces es, simplemente, el hecho de que son seres humanos insoportables, tiranos que le gritan a sus asistentes por no conseguirles la reserva adecuada con una prostituta en el Hilton, y nadie se anima a decirlo en voz alta por miedo a perder sus trabajos.
Ahí entro yo.
Soy aquella que mantiene la voz alta.
Soy el comentario anónimo que nadie se atreve a escribir pero que todos retuitean.
Soy el recibo de Uber Eats a las tres de la mañana que demuestra que no estabas en un retiro espiritual en el Tíbet, sino tomando polvitos mágicos en la cama de la esposa de tu socio.
Soy el incendio forestal en su jardín de rosas artificiales.
Y me pagan ridículamente bien por eso. Lo suficiente como para vivir en Manhattan sin tener que compartir apartamento con tres aspirantes a actores y un roedor del tamaño de un caniche. Es la profesión soñada que costeará pronto mi boda.
Mi celular vibra sobre la mesa de cristal.
Número desconocido. Sin identificador de llamadas.
Contesto igual. Siempre contesto. Las mejores oportunidades en esta ciudad no llegan con una tarjeta de presentación brillante ni con una invitación a un evento de networking en Hudson Yards; suelen venir disfrazadas de llamadas incómodas, hechas desde teléfonos descartables o líneas encriptadas por asistentes ejecutivos al borde de un ataque de nervios.
—¿Sí? —respondo, dándole un sorbo a mi café de nueve dólares. Ya está frío. Trágico.
—¿Hablo con… la persona que destruyó la campaña del ex candidato a gobernador Vance en tres días? —dice una voz masculina al otro lado. Suena distorsionada, contenida. Alguien que no está acostumbrado a pedir este tipo de favores. Alguien que lleva traje a medida, seguro.
Sonrío, recostándome en mi silla.
Ah, sí. Alexander Vance. El “Genio del Real State del Año”, el hombre de familia que lloró a mares en el show de Jimmy Fallon hablando sobre el valor del matrimonio, justo una semana antes de que su esposa descubriera, gracias a un conveniente e-mail anónimo enviado por mí, que él tenía una segunda familia. Y no solo una segunda familia, sino que los tenía viviendo apenas a dos cuadras de su propio apartamento de lujo.