Los Juegos del Odio

2

Miro mi reflejo en el monitor apagado de mi segunda pantalla. Llevo un labial rojo sangre que sugiere a provocación y un traje sastre negro que me gusta porque impone respeto en mi imaginario, sugiere a una personalidad fuerte que me esfuerzo por transmitir, aunque la persona al otro lado de la línea telefónica no me pueda ver.

—Entonces ya me encontró—le digo—, efectivamente ha dado con la mejor. Felicidades, ha llegado al final del arcoíris y no hay un duende, solo yo. Hable.

Otra pausa.

Más larga esta vez. Se escucha de fondo el murmullo ahogado del tráfico neoyorquino, tal vez el sonido de la lluvia golpeando contra el cristal de un auto blindado.

Le gusta el drama.

A mí me gusta más.

—Mi encargo es un objetivo complicado —continúa el hombre, bajando el tono de voz como si estuviéramos en una película de espías—. Muy expuesto. Muy protegido. Un pilar de la comunidad.

Pongo los ojos en blanco.

—Todos caen —respondo, tamborileando mis uñas pintadas de negro sobre la madera del escritorio—. Los pilares de la comunidad, los santos benefactores, los emprendedores iluminados. Todos tienen un muerto en el armario, en varios casos literalmente lo tienen, a veces más de uno.

—Este… este puede parecer muy difícil. Es casi inmune.

Ah.

La palabra mágica. Inmune.

Eso cambia todo. La palabra "inmune" en mi vocabulario es sinónimo de "desafío". Es el canto de sirena para mi cinismo.

Me acomodo en la silla, cruzando las piernas. La apatía desaparece, reemplazada por la chispa fría y calculadora del depredador.

—Explíquese —ordeno.

—Queremos que lo destruya. No que lo rasguñe. No que le cause una crisis de relaciones públicas de un fin de semana que pueda solucionar con un video de disculpas llorando en Instagram. Queremos que lo borre del mapa corporativo y social de Nueva York, del país completo, del mundo y jamás ni en diez generaciones consiga levantarse una vez más.

Silencio.

De mi parte, claro. No por sorpresa. Por absoluto, puritano y retorcido placer.

—Siga hablando —murmuro, sintiendo cómo se me acelera ligeramente el pulso.

—Es una figura pública intocable —prosigue la voz, ganando intensidad—. Imagen impecable. Influencia masiva en Wall Street y en los círculos políticos del estado. Si cae, arrastra mucho más que su reputación. Arrastra a sus inversores, a sus fundaciones, a su imperio. Necesitamos que ese imperio cambie de manos, y para eso, él debe convertirse en radiactivo.

Paso la lengua por mis dientes, saboreando que “inmune”, “Wall Street”, “círculos políticos” y “radioactivo” vayan referidos a la misma persona. Un trabajo grande. Un trabajo masivo. De esos que te permiten retirarte a los treinta y cinco años a una isla privada donde el sol brille todo el año y donde esté prohibido el ingreso a cualquier hombre que use mocasines sin calcetines.

—¿Nombre? —pregunto, directa. Aunque ya hay varios que han comenzado a aparecer en mi radar mental.

Otra pausa. El hombre al otro lado traga saliva. Lo escucho.

Me encanta esto.

—Donovan Cash.

Y ahí…

Ahí es cuando la profesionalidad se me escapa por la ventana del piso 42.

Ahí me río.

Pero me río de verdad. De esa risa que no es elegante, ni medida, ni apropiada para una reunión de negocios. Es una carcajada suelta, casi indecente, que resuena en las paredes de mi oficina vacía y hace temblar las hojas de mi ficus moribundo.

—¿Donovan Cash? —pregunto, secándome una lágrima imaginaria con el dedo meñique para no arruinarme el delineador—. ¿El heredero de la dinastía Cash? ¿El Santo Patrono de Manhattan? ¿El hombre que salva perritos de tres patas, dirige empresas ecológicas multimillonarias y cede su asiento en el metro, aunque probablemente jamás haya pisado el metro en su vida?

—Ese mismo —responde la voz, sin un ápice de humor.

—¿Me están pagando para bajar del altar al mismísimo Donovan Cash? ¿El tipo que fue nombrado 'Hombre del Año' por la revista Time y 'El Soltero Más Codiciado Que Jamás Te Romperá El Corazón' por Vogue?

—Sí. Queremos que el príncipe de Nueva York bese el barro.

Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, pensando en el numerazo que podría cobrar por encarar esta labor.

El mismísimo señor Cash… El hombre cuya mandíbula parece haber sido tallada por un escultor renacentista en un día de excelente humor. El hombre que, según los rumores, huele a sándalo, éxito y responsabilidad afectiva. El tipo no tiene escándalos. No sale con modelos de diecinueve años; sale con abogadas de derechos humanos de su misma edad, y cuando terminan, lo hacen en tan buenos términos que ellas fundan clubes de lectura en su honor.

Es repugnante. Es antinatural. Nadie es tan perfecto.

—¿Cuánto? —pregunto, mi voz ahora desprovista de cualquier burla. Fría. Calculadora.

Me dicen la cifra.

Y por primera vez en años… por primera vez desde que llegué a esta ciudad con una maleta llena de deudas y un corazón lo suficientemente roto como para no volver a usarlo nunca más…

Me quedo en silencio.

No porque dude. Oh, no.

Sino porque estoy calculando mentalmente los impuestos, y luego, decidiendo si debería fingir un poco de dignidad profesional, hacerme la difícil, decir "es un trabajo demasiado riesgoso, necesito consultar mi agenda", o simplemente aceptar inmediatamente como el buitre capitalista que soy.

Spoiler: no finjo nada. Mi dignidad tiene un precio y ellos acaban de multiplicarlo por tres.

—Acepto —digo, sintiendo una sonrisa afilada abrirse paso en mis labios.

—Hay condiciones —advierte el hombre, sonando aliviado.

—Siempre las hay en esta ciudad, cariño.

—No puede fallar. Este tipo es inteligente. Su equipo de relaciones públicas es un ejército de tiburones. Si él sospecha que alguien está fabricando su caída, los destruirá a ustedes antes de que publiquen un solo tuit. No puede haber margen de error. Tiene que encontrar algo real. Tiene que ser su culpa.



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 03.04.2026

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